Marcos regresó a casa una hora después.
No entró solo.
Teresa y Lorena venían detrás de él.
La puerta se cerró con fuerza.
—Sofía —dijo Teresa—, necesitamos hablar.
—Hablen.
Lorena arrojó mi tarjeta sobre la mesa.
—¡Me humillaste delante de todos!
La miré.
—No fui yo quien intentó comprar un Rolls-Royce con dinero ajeno.
—¡Era dinero de la familia!
—No.
Mi voz salió tranquila.
—Era mi tarjeta.
—¡Estás casada con mi hermano!
—Eso no convierte mis bienes en propiedad pública.
Marcos apretó la mandíbula.
—Ya basta.
Se volvió hacia mí.
—¿Dónde están los tres millones?
Silencio.
Sonreí.
—Así que finalmente admites que sabías la cantidad.
Su expresión cambió.
Teresa reaccionó demasiado tarde.
—Tu madre lo comentó…
—Mi madre nunca les dijo nada.
Los tres quedaron quietos.
—Entonces alguien revisó documentos que no debía.
Marcos desvió la mirada.
Ahí estaba la respuesta.
—¿Entraste a mi caja fuerte?
—No.
—¿Mi despacho?
—Solo buscaba unos papeles.
Me reí.
—Primero mi tarjeta.
Ahora mis documentos.
¿Algo más que quieras confesar?
Lorena golpeó la mesa.
—¡Deja de actuar como si fueras millonaria! Mi hermano pagó la boda.
—Y mi familia pagó esta casa.
Teresa se puso rígida.
—Esta es la casa de Marcos.
—No.
Saqué una carpeta del cajón.
—Está registrada únicamente a mi nombre.
La abrí.
Escritura.
Fecha.
Firma.
Todo anterior al matrimonio.
Marcos leyó la primera página.
Su rostro se volvió blanco.
—Nunca me dijiste esto.
—Nunca preguntaste.
—Me dejaste creer que era nuestra.
—Tú decidiste creerlo.
Lorena soltó una risa nerviosa.
—¿Y qué? Siguen casados.
Entonces saqué otro documento.
—Por ahora.
Marcos levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Que esta mañana hablé con una abogada.
Teresa dio un paso hacia mí.
—¿Por una tarjeta?
—No.
La miré.
—Por un esposo que dijo que no necesitaba mi permiso para tomar mi dinero.
El salón quedó en silencio.
Marcos cambió de tono inmediatamente.
—Sofía, me equivoqué.
—Sí.
—Pero fue por Lorena.
—Eso lo empeora.
—Solo quería ayudarla.
—Con mis cosas.
—Pensaba devolverlo.
—¿Con qué dinero?
No respondió.
Saqué mi teléfono.
—Revisé nuestras cuentas.
Su expresión cambió otra vez.
—¿Qué revisaste?
—Todo.
Durante los últimos meses había transferencias a Teresa.
Pagos de tarjetas de Lorena.
Préstamos.
Compras.
Y una cantidad especialmente curiosa.
—Doscientos mil yuanes enviados tres días antes de nuestra boda.
Miré a Marcos.
—¿Para qué fueron?
Teresa intervino.
—Gastos familiares.
—No.
Abrí el comprobante.
—El destinatario fue un concesionario.
Lorena dejó de respirar.
Marcos cerró los ojos.
—¿Ya habían intentado comprarle un coche antes de casarnos?
Nadie respondió.
Entonces entendí algo.
Mi boda no había cambiado a esa familia.
Solo les había dado acceso a una nueva fuente de dinero.
O eso creían.
Me levanté.
—Quiero que se vayan.
Teresa me miró como si la hubiera insultado.
—Soy tu suegra.
—Y esta sigue siendo mi casa.
Lorena señaló la caja fuerte.
—¿El oro está ahí?
Marcos giró bruscamente.
Demasiado tarde.
La habitación quedó completamente quieta.
La miré.
—¿Cómo sabes que hay oro?
Lorena palideció.
Teresa la agarró del brazo.
—Cállate.
Pero ya lo había dicho.
Me volví lentamente hacia Marcos.
—Tú también lo sabías.
Él no respondió.
—¿Desde cuándo?
Silencio.
—Marcos.
Finalmente habló.
—Vi una factura.
—¿Dónde?
—En tu bolso.
Mentía.
Yo jamás había guardado aquella factura allí.
Entonces recordé algo.
El comerciante que había ayudado a mi madre.
Un hombre al que solo ella y yo conocíamos.
Saqué el teléfono.
Llamé.
Contestó casi inmediatamente.
—Señor Chen, necesito preguntarle algo.
Marcos dio un paso hacia mí.
—Sofía, no.
Eso confirmó que debía continuar.
—¿Alguien ha preguntado por mi compra?
Silencio al otro lado.
Después:
—Sí.
—¿Quién?
—Su esposo vino hace dos días.
Sentí frío.
—¿Qué quería saber?
—Cuánto oro había comprado y dónde pensaba guardarlo.
Colgué.
Marcos comenzó a hablar.
—Solo tenía curiosidad.
—No.
Lo miré directamente.
—Estabas buscando los tres millones antes de robar mi tarjeta.
Esa noche se marcharon.
Marcos se quedó en un hotel.
A la mañana siguiente cambié las cerraduras.
También trasladé los lingotes a una caja de seguridad bancaria.
Pensé que eso sería suficiente.
Hasta que mi abogada llamó.
—Sofía, encontramos algo.
—¿Qué?
—Tu esposo consultó hace una semana si podía pedir un préstamo utilizando la vivienda como garantía.
Me quedé inmóvil.
—No puede. La casa está a mi nombre.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo pensaba hacerlo?
Hubo una pausa.
—Presentó una copia de una autorización firmada por ti.
Sentí que se me helaban las manos.
—Yo nunca firmé nada.
—Eso imaginaba.
Me envió el documento.
Abrí el archivo.
Mi nombre aparecía debajo.
La firma se parecía a la mía.
Muchísimo.
Pero no era mía.
Debajo figuraba un testigo.
Leí el nombre.
Teresa Wang.
Mi suegra.

Y en ese instante comprendí que el Rolls-Royce nunca había sido el verdadero problema.
La tarjeta robada solo había sido la primera vez que los había atrapado con las manos sobre algo mío.
Ellos llevaban tiempo preparándose para quedarse con mucho más.