Adrián llamó inmediatamente al banco.
—Bloqueen esa transferencia.
—Señor, la solicitud fue autorizada desde un dispositivo registrado —respondió la ejecutiva—. Necesitamos investigar.
Adrián sintió un frío en el pecho.
Solo tres personas conocían la existencia de aquella cuenta.
Él.
Su padre.
Y doña Estela.
Veinte minutos después estaba en casa de sus padres.
Fernanda desayunaba tranquilamente.
—¿Usaste el fondo de Emiliano para pagar tu boda?
Su hermana ni siquiera fingió sorpresa.
—Te lo iba a devolver.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Cómo conseguiste mi firma?
Fernanda miró a su madre.
Ese gesto bastó.
Adrián giró lentamente.
—Mamá.
Doña Estela comenzó a ponerse nerviosa.
—Tu hermana necesita ese dinero ahora. Tú tienes años para volver a ahorrar para Emiliano.
Adrián no podía creerlo.
—Ese dinero es para la universidad de mi hijo.
Fernanda soltó la taza.
—Son 250 mil pesos, Adrián. Deja de actuar como si fuera una fortuna.
—Entonces págala tú.
—Mi boda es en tres semanas.
—No es problema de Emiliano.
Doña Estela golpeó la mesa.
—¡Es tu hermana!
Adrián la miró fijamente.
—Y Emiliano es mi hijo.
Por primera vez nadie respondió.
Sacó el teléfono.
—La transferencia está bloqueada. También reporté la firma como no autorizada.
Fernanda perdió la sonrisa.
—¿Qué hiciste?
—Lo que escuchaste.
—¡Voy a perder el salón!
—Entonces tendrás que buscar otro.
Fernanda se levantó furiosa.
—¡Ya pagué proveedores contando con ese dinero!
—Otra mala decisión tuya.
Ella intentó arrebatarle el teléfono.
Adrián retrocedió.
—No vuelvas a tocar nada que pertenezca a mi hijo.
Entonces don Rubén habló desde la puerta.
—Estela, dile la verdad.
Su esposa palideció.
—Rubén, cállate.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
Su padre dejó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había estados de cuenta.
Adrián comenzó a leer.
Y sintió que el estómago se le hundía.
No era el primer intento de sacar dinero.
Durante casi dos años aparecían pequeñas transferencias desde una cuenta que él había abierto para Emiliano cuando nació.
Uniformes de Fernanda.
El anticipo del fotógrafo.
Su vestido.
Incluso parte del viaje de luna de miel.
—¿Cuánto? —preguntó Adrián.
Su padre bajó la cabeza.
—Casi ciento ochenta mil pesos antes de estos 250 mil.
Adrián miró a su madre.
—¿Le robaron más de cuatrocientos mil pesos a mi hijo?
—¡No fue robar! —gritó Fernanda—. Ese dinero también viene de la familia.
Adrián soltó una risa incrédula.
Entonces entendió algo.
—Por eso tiraste su pastel.
Fernanda se quedó callada.
—No estabas castigando a Emiliano.
Se acercó un paso.
—Estabas enojada porque ayer te dije que no podía ayudarte con más gastos de la boda.
El silencio la delató.
Adrián tomó la carpeta.
—Se acabó.
Doña Estela se levantó.
—¿Qué vas a hacer?
—Proteger a mi hijo.
—Adrián, somos familia.
Él abrió la puerta.
—Ayer mi hijo me preguntó si merecía celebrar su cumpleaños.
Miró a Fernanda.
—Hoy descubrí que mientras él pensaba que no merecía un pastel, ustedes llevaban años gastándose su futuro.
Fernanda palideció cuando el teléfono de Adrián sonó.
Era la administradora del salón.
Adrián contestó.
Escuchó unos segundos.
Después miró a su hermana.
—Entiendo. Cancélelo.
Fernanda corrió hacia él.
—¡NO!
Adrián colgó.
—Tu boda de 250 mil pesos ya no existe.
Fernanda comenzó a llorar.
Pero Adrián todavía no había terminado.
Porque al revisar la última página de los movimientos encontró algo que ninguno de ellos había mencionado.
Una transferencia mucho mayor.
600.000 pesos.
Realizada cuatro años atrás.
El beneficiario tenía un nombre que Adrián conocía demasiado bien.
Mariana Torres.
La madre de Emiliano.
La mujer que supuestamente había abandonado a su hijo sin mirar atrás.

Adrián levantó lentamente la vista hacia sus padres.
—¿Por qué le dieron seiscientos mil pesos a Mariana la semana antes de que desapareciera?
Doña Estela dejó de respirar.
Y entonces Adrián comprendió que quizá la madre de su hijo nunca los había abandonado.
Quizá alguien le había pagado para desaparecer.