PARTE 2: EL DIAMANTE DE MI MADRE

Sophia llegó a las diez de la mañana.

Llevaba el anillo puesto.

Alexander abrió la puerta y, al verlo en su mano, cerró los ojos como si acabara de comprender que ya no podía salvarse.

—Siéntense —dije.

Sophia intentó sonreír.

—Señora Quinn, creo que existe un malentendido.

—Quítate el anillo.

Su sonrisa desapareció.

—Alexander me lo regaló.

—Lo sé.

Saqué una pequeña caja de terciopelo del cajón.

Estaba vacía.

—Pero el diamante era mío.

Alexander palideció.

Sophia lo miró.

—Me dijiste que lo compraste.

—Victoria, puedo explicarlo.

—Perfecto. Empieza.

Dejé sobre la mesa el certificado de la joya que mi madre me había heredado.

Número de identificación.

Peso.

Características.

Todo coincidía.

Sophia se quitó lentamente el anillo.

—Alexander…

Él se pasó una mano por el rostro.

—Necesitaba el diamante temporalmente.

Me reí.

—¿Temporalmente?

—Pensaba reemplazarlo antes de que lo notaras.

—Robaste la última joya de mi madre para pedir matrimonio a tu amante y pensabas devolverme una copia.

No respondió.

Sophia se levantó.

—Yo no sabía nada de esto.

—Quizá no del diamante.

La miré directamente.

—Pero sabías que estaba casado.

Ella guardó silencio.

Respuesta suficiente.

Alexander golpeó la mesa.

—¡Esto es entre Victoria y yo!

—No —dije—. Desde que organizaste una propuesta pública mientras tus amigos distraían a sus esposas, convertiste tu infidelidad en un proyecto de grupo.

Entonces puse otra carpeta sobre la mesa.

Esta vez Alexander dejó de fingir calma.

—¿Qué es eso?

—Las cuentas de la empresa.

Durante la madrugada había llamado al antiguo abogado de mi padre.

La familia Quinn contaba una historia preciosa sobre Alexander construyendo su imperio desde cero.

La realidad era menos romántica.

Cuando nadie confiaba en él, mi padre había aportado el capital inicial.

Yo había firmado garantías.

Y parte de las acciones seguían bajo una estructura que Alexander llevaba años tratando como si no existiera.

—No puedes tocar la empresa —murmuró.

—No quiero tocarla.

Empujé los documentos hacia él.

—Quiero salir de ella.

Su expresión cambió.

Sabía perfectamente lo que significaba.

Mi participación no era decorativa.

Y había inversores que todavía confiaban más en el apellido de mi familia que en el suyo.

Sophia miró a Alexander.

—¿Me dijiste que todo era tuyo?

Aquello casi resultó divertido.

—¿También le dijiste eso? —pregunté.

Alexander se levantó.

—Victoria, podemos arreglarlo.

—No.

Recogí el anillo y guardé el diamante.

—Tú ya elegiste cómo terminar nuestro matrimonio. En un yate, de rodillas y frente a tus amigos.

Sophia tomó su bolso.

—Yo me voy.

Alexander intentó detenerla.

Ella retiró el brazo.

—Primero resuelve tu matrimonio. Después tus mentiras. Y después explícame por qué me propusiste matrimonio con una joya robada.

La puerta se cerró.

Alexander quedó de pie en medio de la sala.

Solo.

—¿Estás satisfecha?

Lo miré sorprendida.

—¿Satisfecha?

—Me estás quitando todo.

Entonces comprendí que seguía sin entender.

—No, Alexander.

Tomé mi bolso.

—Solo estoy retirando lo que era mío.

Antes de salir, dejé doscientos yuanes sobre la mesa.

Él los miró confundido.

—¿Qué es eso?

Sonreí.

—Lo que pensaba transferirme de tu teléfono aquella noche.

Abrí la puerta.

—Resultó ser la inversión más rentable de nuestro matrimonio.

Y me fui.

Alexander había planeado una noche perfecta para comenzar una nueva vida.

Un yate.

Un anillo.

Una mujer esperando decir que sí.

Nunca imaginó que el mismo diamante con el que quería sellar su futuro terminaría revelando todo lo que había robado de su pasado.

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