PARTE 2: EL DÍA QUE SOFÍA DEJÓ DE ESPERARME

Durante años pensé que el peor momento de mi vida sería descubrir que había perdido a Maya.

Me equivoqué.

El peor momento fue descubrir que había perdido a Sofía.

Porque Maya era el amor que nunca pude alcanzar.

Pero Sofía era la mujer que me había amado cuando yo no merecía ser amado.

Después de aquel abrazo, ella se separó lentamente.

Sus manos dejaron mis hombros.

Y por primera vez desde que la conocía, sentí que ya no había nada que pudiera hacer para detenerla.

—Sofía…

Ella sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Demasiado tranquila.

—No tienes que explicarme nada más.

Mis ojos se llenaron de culpa.

—Te debo una explicación.

—No.

Negó suavemente.

—Me debes respeto. Y hoy, por fin, me lo estás dando.

Aquella frase me golpeó más que cualquier insulto.

Porque tenía razón.

Durante meses había permitido que todos organizaran una boda mientras una parte de mí seguía esperando que Maya regresara.

Sofía había visto algo que yo no quería admitir.

Ella nunca tuvo todo mi corazón.

Y aun así intentó construir una vida conmigo.

Mi madre comenzó a llorar.

—Sofía, cariño, no tienes que irte así. Podemos arreglar esto.

Ella giró hacia mi familia.

—No hay nada que arreglar.

Luego miró el vestido blanco que llevaba.

El vestido que había elegido después de meses de pruebas.

El vestido que debía convertirse en el símbolo del inicio de nuestra familia.

—Una boda no puede salvar una relación que ya estaba rota.

Nadie respondió.

Porque todos sabían que era verdad.

Sofía caminó hasta la mesa donde estaban los documentos de la ceremonia.

Los tomó.

Y los dejó sobre la superficie.

—Ethan.

Levanté la mirada.

—Espero que algún día encuentres lo que estás buscando.

No había odio en su voz.

Eso era lo peor.

Si me hubiera gritado, si me hubiera golpeado, si me hubiera llamado traidor, quizá habría podido soportarlo.

Pero su bondad me hacía sentir mucho más culpable.

—¿Me odias? —pregunté sin pensar.

Sofía me observó durante unos segundos.

—No.

Pausa.

—Pero tampoco voy a seguir esperando a alguien que nunca estuvo completamente conmigo.

Entonces entendí.

Ella no me estaba castigando.

Ella se estaba liberando.

Tres días después, firmé la cancelación definitiva de la boda.

Maya volvió a aparecer.

Como siempre.

Sin avisar.

Sin promesas.

La encontré sentada en una cafetería donde solíamos ir cuando éramos jóvenes.

Cuando me vio, bajó la mirada.

—¿Cómo está ella?

No esperaba esa pregunta.

—Se fue.

Maya cerró los ojos.

—Ethan…

—¿Qué?

Suspiró.

—Siempre pensé que algún día me elegirías.

La miré en silencio.

—Pero ahora que lo hiciste… no sé si me siento feliz.

Aquellas palabras me confundieron.

—¿Por qué?

Maya miró por la ventana.

—Porque durante diez años imaginé que si tú y yo estábamos juntos, todo estaría bien.

—Pero nunca pensé en la persona que tendría que perder para que eso ocurriera.

No respondí.

Porque por primera vez comprendí algo.

Había pasado diez años persiguiendo un amor imposible.

Y en el proceso había destruido un amor real.

Intenté buscar a Sofía.

Fui a su departamento.

Ya no estaba.

Llamé a sus amigos.

Nadie quiso decirme dónde estaba.

Finalmente Nathan me encontró en mi oficina.

—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto?

No levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Que Sofía nunca dudó de ti.

Lo miré.

Nathan dejó un sobre sobre mi escritorio.

—Esto llegó a mi casa. Ella me pidió que te lo entregara.

Mis manos temblaron al abrirlo.

Dentro había una carta.

Solo una página.

“Ethan:

No sé si algún día entenderás por qué te dejé ir.

No fue porque no te amara.

Fue precisamente porque te amaba demasiado.

Te esperé cuando estabas ocupado.

Te apoyé cuando estabas perdido.

Te elegí incluso cuando tú todavía estabas mirando hacia otra persona.

Pero una persona no puede competir con un recuerdo.

Espero que Maya te dé la felicidad que buscabas.

Y espero que algún día aprendas a no perder a alguien que te ama solo porque estás demasiado ocupado persiguiendo a alguien que no te eligió.

Cuídate.

Sofía.”

Leí la carta tres veces.

Luego una cuarta.

Y por primera vez lloré.

No por perder una boda.

No por perder una reputación.

Lloré porque entendí que Sofía no se había ido porque dejara de amarme.

Se fue porque finalmente aprendió a amarse a ella misma.

Tres meses después, escuché una noticia.

Sofía Hart había aceptado una oferta de trabajo en otra ciudad.

Nueva vida.

Nueva casa.

Nuevo comienzo.

Sin mí.

Esa noche fui al lugar donde nos conocimos.

El pequeño café donde ella derramó café sobre mi camisa y se disculpó durante diez minutos.

Me senté en la misma mesa.

El camarero me reconoció.

—¿La señorita que venía con usted?

Asentí.

—¿Sabe dónde está?

Negué.

El hombre sonrió ligeramente.

—Ella vino aquí hace una semana.

Mi corazón se detuvo.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Qué hizo?

El camarero miró hacia la ventana.

—Sonrió.

Silencio.

—Hacía mucho tiempo que no la veía sonreír así.

Bajé la cabeza.

Porque entonces comprendí la verdad más cruel:

Yo había pasado diez años esperando a una mujer que nunca tuve.

Y había perdido a la única mujer que siempre estuvo ahí.

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