Diana acarició su vientre con una sonrisa.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir fingiendo que no sabes nada?
La miré tranquilamente.
—Hasta que deje de importarme.
Su sonrisa desapareció.
Esperaba lágrimas. Una pelea. Quizá que obligara a Ethan a elegir.
—Él entró en un coche en llamas por ti —dijo—. Pero el hijo es mío.
—Entonces disfrútalo.
Diana frunció el ceño.
—¿No vas a luchar por tu matrimonio?
—No.
Aquella respuesta pareció inquietarla más que cualquier amenaza.
Ethan regresó con mi avena y Diana volvió a fingir que apenas lo conocía.
Yo también guardé silencio.
Durante las siguientes semanas hice exactamente lo mismo.
Me recuperé.
Solicité copias de mis documentos.
Transferí mis pertenencias importantes a Canadá.
Firmé un poder para que mi abogado iniciara el divorcio después de mi partida.
Y cada noche tachaba un día del calendario.
Ethan, mientras tanto, se volvió todavía más atento.
Quizá empezó a notar mi distancia.
—Vivian, cuando salgamos del hospital, podríamos viajar unos días.
—Tengo trabajo.
—Entonces me tomaré vacaciones y me quedaré contigo.
—No hace falta.
Cada respuesta parecía ponerlo más nervioso.
Una noche me abrazó desde atrás.
—¿Por qué siento que estás alejándote?
Miré sus manos.
Las mismas que me habían sacado del automóvil en llamas.
Las mismas que después acariciaban el vientre de otra mujer.
—Estás imaginando cosas.
Tres días antes de mi vuelo, Diana recibió el alta.
Ethan me dijo que tenía una reunión urgente.
Pero aquella tarde vi una fotografía que Diana publicó y eliminó pocos minutos después.
Una habitación infantil.
Globos.
Una cuna.
Y una mano masculina apoyada sobre su vientre.
Reconocí el reloj de Ethan.
Guardé la fotografía.
No para vengarme.
Para mi abogado.
El último día, Ethan insistió en llevarme personalmente a casa.
Al entrar, encontró el armario medio vacío.
Se quedó inmóvil.
—¿Dónde está tu ropa?
—La envié.
—¿A dónde?
Entonces sonó el timbre.
Mi abogado estaba afuera.
Le entregó un sobre.
Ethan lo abrió.
Su rostro perdió el color.
—¿Divorcio?
Dejó caer los documentos sobre la mesa.
—Vivian, ¿qué significa esto?
—Exactamente lo que dice.
—¿Por qué?
Lo miré durante unos segundos.
Después coloqué sobre la mesa la fotografía de Diana.
Ethan quedó paralizado.
—Puedo explicarlo.
—No hace falta.
—Yo nunca quise dejarte.
Aquello casi me hizo reír.
—Ese es precisamente el problema. Querías conservarme a mí mientras construías una familia con ella.
—No es así.
—La escuché llamarte padre de su hijo en el hospital.
Silencio.
Toda defensa murió en su rostro.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde antes de despertar completamente después del accidente.
Ethan retrocedió.
—Entonces todo este mes…
—Estaba despidiéndome.
Sus ojos se enrojecieron.
—Pero yo casi morí salvándote.
Asentí.
—Y siempre te agradeceré que salvaras mi vida.
Tomé mi maleta.
—Pero salvarme una vez no te da derecho a destruirme lentamente después.
Ethan intentó sujetarme.
Me aparté.
—Mi padre me espera en el aeropuerto.
—Vivian, por favor.
Era la primera vez que lo escuchaba suplicar.
—Podemos arreglarlo. Diana fue un error.
—Un error no dura meses ni espera un hijo.
Abrí la puerta.
—Cuídalo. Él no tiene culpa de nada.
Me marché.
Tres horas después, mientras esperaba el embarque, recibí decenas de llamadas.
No contesté.
Finalmente llegó un mensaje.
“Diana me mintió. El bebé podría no ser mío.”
Me quedé mirando aquellas palabras.

Meses atrás habrían cambiado mi mundo.
Ahora solo apagué el teléfono.
Porque Ethan todavía no entendía.
Yo no me había marchado porque Diana estuviera embarazada de su hijo.
Me había marchado porque mi esposo había sido capaz de mentirme cada mañana mientras me daba de comer con la misma mano con la que acariciaba a otra mujer.
Subí al avión.
Mi padre me esperaba al otro lado del océano.
Ethan había entrado entre llamas para salvarme la vida.
Pero al final fui yo quien tuvo que salvar todo lo que quedaba de ella.