Pensé que el ascenso sería el comienzo de una nueva vida.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que no dependía de Adrián Zhou.
Mi propio espacio.
Mi propio reconocimiento.
Mi propia identidad lejos de ser solo la esposa de un coronel.
Pero esa misma noche, cuando llegué a casa con la carta de nombramiento en la mano, encontré a Adrián sentado en la oscuridad de la sala.
No llevaba uniforme.
No tenía la postura firme de un militar.
Solo parecía un hombre cansado que había perdido algo importante.
—Felicitaciones —dijo al ver el documento sobre la mesa.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
—Tu jefe me llamó.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué te llamaría a ti?
Adrián bajó la mirada.
—Porque antes de ser tu esposo, él me consideraba tu mayor apoyo.
Esa frase me dolió más de lo que esperaba.
Porque yo también había pensado eso.
Durante años había creído que Adrián sería la persona que estaría conmigo cuando todo se derrumbara.
Pero cuando mi mundo se rompió, él fue la razón.
—Clara, tenemos que hablar.
Me quedé de pie.
—Ya hablamos muchas veces.
—No, tú dejaste de hablar. Yo solo intenté alcanzarte.
Solté una risa amarga.
—¿Alcanzarme? Adrián, durante meses no sabía dónde estabas emocionalmente.
Su rostro cambió.
Por primera vez no intentó defenderse.
—Sé lo que encontraste.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—Entonces sabes por qué estoy así.
Adrián apretó las manos.
—Sí.
Esperé una explicación.
Una mentira.
Una excusa.
Algo.
Pero solo dijo:
—Lucía no fue lo que pensaste.
Negué lentamente.
—Encontré los mensajes.
—Lo sé.
—Encontré el collar.
Su expresión se volvió pálida.
—Ese collar…
—¿Era para ella?
Silencio.
Un silencio que respondió más que cualquier palabra.
Me giré para irme.
Pero entonces Adrián habló detrás de mí.
—Era de mi hermana.
Me detuve.
Lentamente volteé.
Él respiró profundamente.
—Lucía Liu no era mi amante.
—Entonces explícame todo.
Adrián sacó su teléfono y abrió una fotografía antigua.
Una mujer joven apareció en la pantalla.
Se parecía mucho a Lucía.
—Ella era mi hermana menor, Lian.
Mi expresión cambió.
—¿Tu hermana?
—Murió hace ocho años durante una misión. Lucía era su mejor amiga. Después de su muerte, mantuvimos contacto.
Miré la imagen sin saber qué sentir.
Entonces recordé algo.
Los mensajes borrados.
Las palabras.
“Estoy confundido”.
“Creo que ella notó algo”.
Eso no encajaba.
—¿Y las conversaciones?
Adrián cerró los ojos.
—Porque Lucía me pidió ayuda.
—¿Ayuda con qué?
Antes de responder, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su rostro cambió completamente.
Era una llamada de la base militar.
Contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Después se puso de pie.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
Adrián me miró.
Por primera vez en seis meses vi miedo verdadero en sus ojos.
—Clara…
Hizo una pausa.
—La carpeta que encontraste en mi computadora no era sobre Lucía.
Mi respiración se cortó.
—Entonces, ¿sobre quién era?
Adrián apretó el teléfono.
—Sobre alguien dentro de nuestra propia familia.
Y antes de salir por la puerta, dejó una última frase que cambió todo lo que yo creía sobre esos seis meses:
—Alguien quería que tú y yo termináramos.
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