—No lo hagas —repitió Liam.
Tiré del cordón.
Las persianas subieron.
La luz de la tarde inundó la habitación.
Liam cerró los ojos de inmediato.
Esperé el grito.
El vaso contra la pared.
La orden de echarme.
No llegó ninguna.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba mirando directamente hacia la ventana.
A los árboles.
Al cielo.
A cualquier cosa que no fueran aquellas cuatro paredes.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí encerrado? —pregunté.
—Baja las persianas.
—No.
—Sarah.
Me congelé.
Nunca le había dicho mi nombre.
—¿Cómo sabes cómo me llamo?
Liam giró lentamente hacia mí.
—Sé quién entra en mi casa.
—Entonces también sabes que tu infección estaba empeorando porque nadie podía revisar correctamente tus heridas en esta oscuridad.
—No cerré las persianas por la infección.
—Entonces ¿por qué?
Su expresión se endureció.
—No es asunto tuyo.
Volví a mi silla.
—Perfecto. Se quedan abiertas.
Una hora después apareció Leo.
Vio la luz.
Después me miró como si hubiera encontrado un cadáver.
—¿Qué hiciste?
—Abrí una ventana metafórica.
—Sarah.
—Son persianas.
Leo bajó la voz.
—Cinco enfermeras fueron despedidas por menos.
—Seis renunciaron.
—Una fue despedida.
—Entonces seré la segunda.
Leo miró a Liam.
—¿Señor?
Liam seguía observando el jardín.
—Déjalas.
Leo parpadeó.
—¿Señor?
—He dicho que las dejes.
Fue la primera vez que vi a Leo sin respuesta.
Aquella noche Liam tuvo fiebre.
No fue dramático.
No hubo amenazas.
Solo un hombre demasiado orgulloso para admitir que estaba empeorando.
Llamé al médico de la finca.
Cuando llegó, revisó los análisis y su expresión se tensó.
—Necesitamos trasladarlo.
Liam respondió inmediatamente.
—No.
—Señor Mercer…
—No voy a ningún hospital.
—Necesita pruebas que aquí no podemos hacer.
—Tráigalas aquí.
El médico me miró.
Yo entendí que aquella discusión había ocurrido antes.
—¿Por qué no puede ir al hospital? —pregunté.
Liam me lanzó una mirada helada.
—No puede —dijo Leo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que recibirás.
Entonces Liam perdió la paciencia.
—Salid todos.
Nadie se movió.
—¡Fuera!
Leo y el médico obedecieron.
Yo no.
—¿Tienes alguna obsesión con perder empleos? —preguntó Liam.
—Tengo una obsesión con mantener vivos a mis pacientes.
Su mirada cayó sobre mi bata.
—Diez mil dólares.
—¿Qué?
—Eso es lo que realmente te mantiene aquí.
No respondí.
—Las otras enfermeras tenían miedo de mí. Tú tienes miedo de otra cosa.
Apreté la mandíbula.
—No sabes nada de mí.
—Tu hermano se llama Thomas Bennett. Diecinueve años. Lleva ocho meses en tratamiento.
Se me heló la sangre.
—¿Me investigaste?
—Investigo a cualquiera que duerma bajo mi techo.
—No vuelvas a mencionar a Tommy.
—Necesitas ciento ochenta mil dólares.
Me levanté.
—Cállate.
—Por eso aceptaste este trabajo.
—He dicho que te calles.
Liam me observó durante unos segundos.
—Bien.
Y, sorprendentemente, obedeció.
A la mañana siguiente encontré un sobre sobre mi mesa.
Dentro había un cheque.
Ciento ochenta mil dólares.
Lo llevé directamente a Liam.
—No.
—No era una pregunta.
—No quiero tu dinero.
—Curioso. Viniste precisamente por mi dinero.
Rompí el cheque frente a él.
Por primera vez vi sorpresa real en su rostro.
—Trabajo por mi salario. Tommy no es una deuda que puedas comprar.
—Podría recibir el tratamiento mañana.
Eso dolió.
Muchísimo.
Pero dejé los pedazos sobre la mesa.
—Entonces dime dónde existe un programa legítimo que pueda ayudarlo y yo haré las llamadas. Pero no aceptaré un favor cuyo precio desconozco.
Liam me miró largamente.
—Eres una idiota.
—Y tú sigues teniendo fiebre.
Aquella tarde las cosas cambiaron.
Mientras revisaba sus medicamentos, escuché una discusión en el pasillo.
Leo hablaba con otro hombre.
—Mercer no puede saberlo todavía.
—¿Y la enfermera?
—No sabe nada.
Me acerqué a la puerta.
—El coche fue encontrado esta mañana —dijo el desconocido—. Igual que el primero.
Silencio.
—¿Algún cuerpo?
—No.
Una tabla crujió bajo mi zapato.
Las voces cesaron.
Abrí la puerta.
Leo estaba solo.
—¿Con quién hablabas?
—Con nadie que te interese.
—Escuché “el coche”.
—Vuelve con tu paciente.
—¿Tiene relación con las heridas de Liam?
Su expresión cambió.
Eso fue suficiente.
Cuando regresé, Liam estaba despierto.
—¿Quién intentó matarte?
Sus ojos se volvieron fríos.
—¿Qué escuchaste?
—Lo suficiente.
—Olvídalo.
—Tus heridas no son consecuencia de un accidente normal.
—Nunca dije que lo fueran.
—Leo sí.
Liam sonrió sin humor.
—Leo miente cuando cree que la verdad puede matar a alguien.
—¿Y tú?
—Yo simplemente no respondo.
Me acerqué a la cama.
—Entonces responde esto. ¿Por qué seis enfermeras se fueron realmente?
Silencio.
—No fue porque fueras desagradable.
Nada.
—¿Qué vieron?
Liam miró hacia la ventana abierta.
Finalmente habló.
—La primera encontró algo debajo de mi cama.
—¿Qué?
—Una fotografía.
—¿De quién?
—De ella misma.
Sentí un escalofrío.
—La segunda recibió una fotografía de su hija.
—¿Y las demás?
—Familia. Casas. Matrículas de coches.
Comprendí.
Alguien estaba intimidando a cualquiera que permaneciera demasiado tiempo cerca de Liam.
—Por eso intentabas echarlas.
Liam me miró.
—Por eso las mantuve con miedo suficiente para que se marcharan.
Toda aquella crueldad adquirió otro significado.
No era bondad.
Pero tampoco era lo que yo había supuesto.
—¿Y yo?
—Tú no te fuiste.
—Necesito el dinero.
—Lo sé.
—Entonces deja de intentar asustarme.
—Sarah.
Su voz cambió.
—Esta mañana encontraron una fotografía de Tommy dentro del coche abandonado.
El aire desapareció de mis pulmones.
—¿Qué?
—Por eso Leo estaba hablando fuera.
—¿Dónde está mi hermano?
—Seguro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tengo hombres en su hospital desde hace tres días.
Me enfurecí.
—¿Tres días?
—La primera fotografía tuya apareció la noche que llegaste.
—¿Y no me dijiste nada?
—¿Qué habrías hecho?
No tenía respuesta.
Liam sí.
—Habrías salido corriendo hacia Chicago y quien me está vigilando habría sabido exactamente dónde encontrarte.
Quise irme de todos modos.
Hasta que Leo me mostró la imagen.
Tommy saliendo acompañado por una enfermera del hospital.
Tomada desde lejos.
No había nada más.
Ningún mensaje.
Pero era suficiente.
—¿Quién está haciendo esto?
—No lo sabemos —dijo Leo.
—Liam tiene enemigos.
—Liam tiene demasiados enemigos.
Miré hacia el dormitorio.
—Entonces ¿por qué yo?
Leo tardó demasiado.
—Pregúntaselo a él.
Entré y cerré la puerta.
—¿Qué no me estás diciendo?
—Muchas cosas.
—¿Por qué alguien sabe quién es Tommy?
—Porque te investigaron.
—¿Quién?
Silencio.
—Liam.
Nada.
—¿Por qué me ofrecieron este trabajo?
Su expresión cambió.
Ahí estaba.
La grieta.
—Tú no contrataste a las otras enfermeras —dije.
—No.
—¿Y a mí?
Silencio.
—¿Quién me llamó?
Liam apartó la mirada.
—No lo sé.
No le creí.
Esa noche no dormí.
A las tres de la madrugada escuché un ruido.
Liam también.
Abrió los ojos.
—Apaga la lámpara.
Esta vez obedecí.
Pasos en el pasillo.
Después silencio.
Leo apareció segundos más tarde.
—Tenemos un problema.
Sostenía una carpeta.
—¿Qué?
La dejó sobre la cama.
—Alguien entró en el archivo privado.
Liam abrió la carpeta.
Había expedientes de las seis enfermeras anteriores.
Y el mío.
Pero mi expediente era diferente.
En la portada había una fotografía mía tomada años atrás.
No trabajando como enfermera.
Estaba en una ceremonia universitaria junto a mi madre.
—Eso fue hace seis años —susurré.
Leo pasó la siguiente página.
Había información sobre Tommy.
Sobre nuestra madre.
Sobre nuestro padre, muerto cuando éramos pequeños.
Y una fotografía que jamás había visto.
Mi padre estaba junto a un hombre mucho más joven.
Reconocí aquellos ojos azules inmediatamente.
Liam Mercer.
—No.
Miré la fecha.
Veintiún años atrás.
—¿Conocías a mi padre?
Liam no respondió.
—¿Lo conocías?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no sabía que eras su hija hasta que llegaste.
Leo negó con la cabeza.
—Eso no es posible.
Liam lo miró.
—¿Qué?
Leo sacó otra hoja.
—La oferta de trabajo para Sarah se creó hace tres meses.
—¿Y?
—Tú llevas lesionado cinco semanas.
La habitación quedó en silencio.
Mi trabajo había sido preparado casi dos meses antes de que Liam necesitara una enfermera.
—Entonces este puesto nunca fue por tus heridas.
Liam cerró la carpeta.
—Parece que no.
Al amanecer llegó el resultado de una revisión interna.
La persona que había autorizado mi contratación utilizó credenciales de alguien muerto.
El nombre era Michael Bennett.
Mi padre.
Me quedé mirando la pantalla.
—Eso es imposible.
Leo asintió.
—Murió hace diecisiete años.
—Entonces alguien robó su identidad.
—Eso pensamos.
Liam seguía en silencio.
—Dime la verdad —exigí.
Él respiró profundamente.
—Tu padre trabajó para mi familia.
—¿Haciendo qué?
—Intentando sacar a alguien de Chicago.
—¿A quién?
Liam miró directamente hacia mí.
—A mi madre.
No esperaba aquello.
—¿Por qué?
—Porque había descubierto algo sobre mi padre.
—¿Qué cosa?
Antes de que pudiera responder, Leo recibió una llamada.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué ocurre?
Miró primero a Liam.
Después a mí.
—El hospital de Tommy acaba de llamar.
Me levanté.
—¿Está bien?
—Sí.
—Entonces ¿qué pasa?
Leo tragó saliva.
—Alguien pagó por adelantado el tratamiento experimental completo.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién?
—No quieren decirlo por teléfono.
—Llama otra vez.
—Sarah…
—¡Quién!
Leo giró la pantalla.
Había una copia del comprobante.
El pago no provenía de Liam.
Tampoco de ninguna de sus empresas.
El remitente figuraba como:
MICHAEL BENNETT MEDICAL TRUST.
Mi padre otra vez.
—Mi padre no tenía ningún fideicomiso.
Liam se incorporó pese al dolor.
—Sarah.
No lo miré.
Debajo del nombre aparecía una dirección administrativa.
Leo la reconoció primero.
—Señor Mercer…
Liam le arrebató el papel.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero miedo en sus ojos.
—¿Qué dirección es? —pregunté.
Ninguno respondió.
Tomé el documento.
La dirección pertenecía a una propiedad privada al norte de Chicago.
Y debajo aparecía el nombre de su administrador actual.
LIAM MERCER.
Lo miré.
—Dijiste que no conocías este fideicomiso.
—No lo conozco.
—Está bajo tu administración.
—Sarah, te juro que nunca…
La puerta se abrió.
Uno de los hombres de seguridad entró sosteniendo un sobre.
—Llegó esto para la señorita Bennett.
No tenía sello.
Solo mi nombre.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía reciente de Tommy.
Y detrás, una frase escrita a mano:
“Tu hermano ya está pagado. Ahora cumple la parte que tu padre dejó pendiente.”
Debajo había una segunda línea.
“Abre las persianas de la habitación de Liam a las 6:00 de esta tarde y descubrirás por qué ninguna enfermera debía tocarlas.”
Levanté lentamente la mirada hacia aquella enorme ventana.
Durante toda la semana había creído que Liam mantenía las persianas cerradas porque quería esconderse del mundo.

Ahora comprendí algo mucho peor.
Quizá las persianas nunca habían estado destinadas a mantener la luz fuera.
Quizá estaban impidiendo que alguien de fuera pudiera ver exactamente dónde estaba Liam Mercer.