PARTE 2: EL DEDO QUE FALTABA

Todos miraron la mano izquierda de Margaret.

Ella reaccionó demasiado tarde.

Intentó esconderla dentro del bolsillo del abrigo, pero el detective Cross ya lo había visto.

—Señora —ordenó—. Muéstreme la mano.

—Esto es absurdo.

—La mano.

Adrian soltó una risa nerviosa.

—Mi madre tiene todos los dedos. Lina está inventando otra locura.

Precisamente.

Yo conocía las manos de Margaret.

Durante tres años la había visto cocinar, coser botones y cuidar las plantas del balcón.

Su meñique izquierdo terminaba a la mitad.

La mujer frente a nosotros tenía cinco dedos completos.

Adrian miró la mano.

Su expresión cambió.

—Mamá…

Ella retrocedió.

—Tuve una reconstrucción.

—¿Cuándo? —pregunté.

No respondió.

El detective Cross se interpuso.

—Nadie se va.

Sophia dio un paso hacia el edificio.

—Yo no tengo nada que ver con esto.

—Usted tampoco —dijo Cross.

La policía comenzó a revisar nuevamente el apartamento.

Esta vez no buscaban un cadáver.

Buscaban una identidad.

Yo saqué mi teléfono.

—La fotografía que Sophia me envió tiene otro detalle.

Amplié la imagen.

Margaret aparecía junto a ellos con una mano apoyada sobre el brazo de Adrian.

Cinco dedos.

Pero cuatro horas antes de aquella fotografía, mi verdadera exsuegra me había transferido los doscientos mil yuanes.

Y después me había enviado un último mensaje.

“Espero que, de ahora en adelante, cada una pueda vivir en paz.”

Cada una.

No “cada uno”.

Aquella frase me había parecido extraña.

Ahora comprendía que quizá no estaba hablando de Adrian y de mí.

Quizá Margaret sabía que había otra mujer.

—Quiero llamar a mi abogado —dijo la falsa Margaret.

Cross la observó.

—Excelente idea.

Entonces un agente apareció desde el edificio.

—Detective, encontramos algo.

Traía una bolsa transparente.

Dentro había un teléfono.

La pantalla estaba rota.

Reconocí inmediatamente la funda verde.

—Es de Margaret.

Adrian palideció.

—Mamá perdió ese teléfono hace semanas.

—No —respondí—. Me escribió desde él esta tarde.

El detective miró la hora del último mensaje.

Después miró a la mujer.

—¿Dónde está Margaret Cole?

Por primera vez, ella perdió completamente la calma.

—¡Yo soy Margaret!

Cross ordenó tomarle las huellas.

Sophia empezó a llorar.

Adrian permanecía inmóvil.

Veinte minutos después llegó el resultado preliminar.

Las huellas no coincidían con los registros de Margaret Cole.

La mujer se llamaba Marianne Cole.

Hermana gemela de Margaret.

Adrian tuvo que apoyarse contra un automóvil.

—Mi madre nunca tuvo una hermana.

Marianne soltó una carcajada amarga.

—Eso te contó ella.

Entonces me miró.

—Pero Lina sabía demasiado.

—¿Dónde está Margaret? —pregunté.

Marianne guardó silencio.

El detective hizo una señal.

Dos agentes la esposaron.

Sophia comenzó a retroceder.

—Yo no sabía nada. Adrian, te juro que no sabía nada.

Entonces recordé algo.

La foto.

Sophia me la había enviado voluntariamente.

Ella había querido que yo viera a Marianne.

Había querido provocarme.

Pero quizá también comprobar algo.

—¿Por qué me enviaste esa fotografía? —pregunté.

—Porque quería que entendieras que Adrian estaba conmigo.

—Mentira.

Me acerqué.

—Querías saber si reconocería que esa mujer no era Margaret.

Sophia dejó de llorar.

Y ese segundo de silencio fue suficiente.

Cross se volvió hacia ella.

—Entrégueme su teléfono.

—Necesita una orden.

—Entonces conseguiremos una.

Sophia miró a Marianne.

Marianne cerró los ojos.

Adrian parecía incapaz de comprender nada.

—¿Qué está pasando?

El detective respondió:

—Eso queremos descubrir.


Dos horas después, una cámara de tráfico proporcionó la primera pista.

El automóvil de Margaret había salido de su casa aquella mañana.

Pero Margaret no conducía.

Marianne estaba al volante.

En el asiento del acompañante se distinguía la silueta de otra persona.

El vehículo apareció nuevamente cuarenta minutos después.

Solo con Marianne.

La policía reconstruyó el trayecto.

Terminaba cerca de una propiedad abandonada perteneciente años atrás al padre de las gemelas.

Cuando llegamos, Adrian quiso entrar.

Cross lo detuvo.

—Espere aquí.

Yo tampoco debía avanzar.

Pero entonces escuchamos golpes.

Tres.

Silencio.

Otros tres.

Procedían de un cobertizo cerrado detrás de la casa.

Los agentes derribaron la puerta.

Margaret estaba dentro.

Viva.

Débil.

Asustada.

Pero viva.

Cuando me vio detrás de los policías, empezó a llorar.

—Lina…

Corrí hacia ella.

Me abrazó con la poca fuerza que tenía.

—Sabía que entenderías la fotografía.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué fotografía?

Margaret respiró profundamente.

—Yo hice que te la enviaran.

Sophia palideció.

Adrian levantó la cabeza.

Margaret continuó:

—Sabía que Marianne intentaría ocupar mi lugar. Y sabía que Adrian jamás notaría una diferencia que tú descubrirías en segundos.

Adrian parecía haber recibido una bofetada.

Su propia madre acababa de admitir que confiaba más en su exnuera que en él.

—Pero ¿por qué? —pregunté—. ¿Qué querían?

Margaret miró hacia Sophia.

—El dinero.

Entonces entendí que aquellos doscientos mil yuanes no habían sido simplemente la devolución de mi dote.

Margaret había vaciado una cuenta antes de que pudieran controlarla.

—Ese dinero —susurró— era lo único que pude sacar sin levantar sospechas.

Me apretó la mano.

—Y no te lo envié solamente porque fuera tuyo.

Miró al detective.

—Dentro de la transferencia hay un número de referencia.

Cross frunció el ceño.

Margaret asintió.

—Corresponde a una caja de seguridad.

Sophia cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Margaret me miró.

—Allí guardé las pruebas.

—¿Pruebas de qué?

Ella observó a su hijo.

Y su respuesta terminó de destruirlo.

—De que Sophia no apareció en la vida de Adrian después de vuestro divorcio.

—Ella y Marianne llevaban casi dos años preparando esto.

Adrian se quedó blanco.

Margaret respiró con dificultad.

—Y tu divorcio, Lina…

Me apretó los dedos.

—Nunca fue el final del plan.

—Era el primer paso.

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