La señora Marta levantó el cuchillo.
Treinta soldados retrocedieron casi al mismo tiempo.
Adrián fue el único que permaneció inmóvil.
—Señora —dijo con absoluta seriedad—, puedo explicarlo.
—Más te vale. ¿Por qué tienes mis fotos?
Lo señalé inmediatamente.
—¡Porque yo se las envié!
Marta giró lentamente hacia mí.
—¿Durante cuánto tiempo?
Tragué saliva.
—Tres años.
—¿Tres años?
—Puedo explicarlo.
—Eso acaba de decir él.
Uno de los soldados tuvo que taparse la boca para no reír.
Marta lo fulminó con la mirada.
Dejó de reír inmediatamente.
Terminamos todos en mi restaurante.
Cerré durante una hora y confesé la verdad completa.
Cómo había comenzado como una broma.
Cómo después me dio vergüenza admitirla.
Cómo cada nueva fotografía hacía más difícil confesar la anterior.
Cuando terminé, Adrián permaneció en silencio.
—Puedes enfadarte —dije.
—Lo estoy.
Asentí.
—Lo merezco.
Entonces crucé los brazos.
—Ahora tú.
—¿Yo?
—“Agricultor de montaña”. “Comedor comunitario”. “Reparando antenas”.
Los soldados empezaron a mirar el techo.
Adrián se aclaró la garganta.
—No podía revelar mi destino ni determinadas operaciones.
—¿Y tampoco podías decir que eras coronel?
—Quería conocer a alguien que no estuviera interesado en mi rango.
Solté una carcajada.
—Perfecto. Tú ocultaste tu identidad y yo oculté mi cara.
Marta golpeó la mesa.
—¡Y usaste la mía!
—Eso sigue siendo principalmente culpa mía —admití.
Adrián miró a Marta durante unos segundos.
Después dijo algo inesperado.
—Pero nunca me enamoré de las fotografías.
Me quedé callada.
Sacó su teléfono.
Tres años de mensajes.
Mis recetas.
Mis quejas cuando el restaurante iba mal.
Las noches en que él desaparecía y yo dejaba mensajes esperando que estuviera bien.
Las conversaciones sobre nuestros padres, nuestros miedos y las cosas que queríamos hacer algún día.
—Me enamoré de esta persona —dijo—. La fotografía solo me decía a quién debía buscar en la estación.
Marta levantó una ceja.
—Entonces tienes pésimo gusto visual, pero algo de cerebro.
—¡Señora Marta!
Ella soltó una carcajada.
Pero Adrián todavía tenía una sorpresa.
Abrió su bolsa de camuflaje y sacó una caja.
Dentro había decenas de sobres.
—¿Qué es eso?
—Cartas.
Durante las temporadas en que su unidad permanecía incomunicada, había escrito todo lo que quería contarme cuando regresara.
Nunca las había enviado porque contenían detalles que podían revelar dónde estaba.
Tomé una.
La fecha era de hacía dos años.
En la primera línea decía:
“Hoy pensé en dejar el ejército cuando termine mi próximo periodo de servicio. No porque esté cansado de servir, sino porque por primera vez tengo un lugar al que quiero regresar.”
Levanté los ojos.
Adrián parecía más nervioso que cuando treinta soldados habían formado frente a él.
—No vine para casarme contigo mañana —dijo—. Vine para conocerte de verdad.
Después señaló a Marta.
—Preferiblemente sin más fotografías suyas.
—Eso espero —respondió ella.
Los soldados estallaron en carcajadas.
Yo también terminé riendo.
Pero entonces Marta recordó algo.
Sacó su teléfono.
—Por cierto, coronel, ya que mi cara estuvo tres años colgada en su cuartel, quiero compensación.
Adrián parpadeó.
—¿Qué clase de compensación?
Marta señaló mi restaurante vacío.
—Treinta soldados. Treinta platos de fideos. Pagados por usted.
Adrián sacó inmediatamente la cartera.
—Aceptado.
Aquella tarde mi restaurante tuvo el día más extraño y rentable de su historia.
Y antes de marcharse, Adrián se acercó al viejo tablón donde yo colocaba fotografías de clientes habituales.
Quitó discretamente una foto de Marta.
Puso una mía.
—¿Qué haces?
—Corrigiendo un error de identificación.
Lo miré.
—Todavía no te he perdonado lo de “antes eras más bonita”.
Adrián sonrió.
—Tengo veinte días de permiso para intentarlo.
Detrás de nosotros, Marta levantó el cuchillo.
—Diecinueve si vuelves a decir que yo era más bonita.

Por primera vez comprendí que nuestro encuentro no había destruido tres años de relación.
Simplemente había terminado con las mentiras.
Y esta vez, si Adrián quería enamorarse de mi cara, tendría que empezar desde cero.