—¿Mi hermana?
Adrian no apartó la mirada.
—Sofía Carter.
Sentí que los veinte mil dólares acababan de pesar cien kilos.
Mi hermana mayor era todo lo que mi familia había querido que yo fuera.
Elegante.
Educada en universidades privadas.
Perfecta en cenas donde yo siempre terminaba preguntando dónde estaba el postre.
—¿Cómo conoces a Sofía?
—Nuestras familias llevan meses negociando nuestro compromiso.
Me detuve en mitad de la acera.
—¿Compromiso?
—Mi madre quería que me casara con ella.
—¿Y tú decidiste contratar a la hermana barata?
Adrian frunció el ceño.
—No eres barata.
Levanté el teléfono.
—Veinte mil al mes. Tengo tarifa perfectamente definida.
Su asistente volvió a toser.
Adrian lo fulminó con la mirada.
—Al auto.
Durante todo el trayecto intenté entenderlo.
Claire era su antiguo amor.
Sofía era la mujer elegida por su familia.
Y yo…
Yo era aparentemente el misil que Adrian había lanzado contra ambas.
Cuando llegamos a la mansión Blake, entendí que necesitaba aquellos veinte mil dólares con intereses.
Su madre estaba esperándonos en la entrada.
Victoria Blake llevaba un vestido negro y una expresión funeraria.
A su lado estaba mi madre.
Y junto a ella…
Sofía.
Mi hermana miró primero el anillo.
Después nuestras manos entrelazadas.
Finalmente mi cara.
—Emma… dime que esto es una broma.
Antes de que pudiera responder, Adrian me rodeó la cintura.
—No lo es.
Victoria casi tembló.
—Adrian, tu compromiso con Sofía iba a anunciarse este mes.
—Nunca acepté ese compromiso.
—¡Pero te casaste con su hermana!
Todas las miradas cayeron sobre mí.
Era mi momento.
Mi empleo.
Mi oportunidad de justificar el salario.
Me apoyé contra Adrian y le acomodé cariñosamente la corbata.
—Cariño, debiste decirme que nuestra historia de amor iba a causar una crisis diplomática.
Su mandíbula se tensó.
—Emma.
—¿Sí, amor de mi vida?
Sus orejas volvieron a ponerse rojas.
Sofía lo notó.
Yo también.
Interesante.
Muy interesante.
Mi madre me agarró del brazo.
—Emma, ven conmigo.
Adrian retiró inmediatamente su mano.
—No la toque.
Todos quedaron en silencio.
Incluso yo.
Mi madre lo miró sorprendida.
—Es mi hija.
—Y mi esposa.
Había algo extraño en su voz.
Demasiado serio para ser actuación.
Durante la cena, Victoria hizo todo lo posible por recordarme que no pertenecía allí.
Preguntó dónde había estudiado.
Cuánto ganaba.
Qué sabía sobre inversiones.
Finalmente dejó los cubiertos.
—Supongo que una muchacha como tú debe sentirse muy afortunada.
Sonreí.
—Muchísimo.
Adrian me miró de reojo.
—Mi esposo es guapo, rico y además me paga…
Le dio un ataque de tos.
Me corregí.
—Me presta muchísima atención.
Victoria entrecerró los ojos.
Sofía, en cambio, permanecía extrañamente tranquila.
Hasta que Adrian salió para contestar una llamada.
Entonces se inclinó hacia mí.
—¿Cuánto?
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—¿Cuánto te ofreció?
La miré fijamente.
—No sé de qué hablas.
Sofía soltó una risa.
—Emma, te conozco. Jamás te casarías con un desconocido en unas horas sin alguna razón.
Se acercó todavía más.
—Dime cuánto y duplicaré la cantidad.
Eso sí llamó mi atención.
No porque quisiera aceptar.
Era curiosidad financiera.
—¿Para qué?
—Divórciate.
—Llevamos casados seis horas.
—Precisamente.
—Sofía…
Sus ojos se endurecieron.
—Adrian debía casarse conmigo.
Por primera vez entendí algo.
Mi hermana no estaba simplemente obedeciendo a nuestras familias.
Ella lo quería.
—¿Lo amas?
No respondió.
No necesitaba hacerlo.
Entonces apareció Claire.
Entró en el comedor como si la mansión también fuera suya.
Victoria se levantó.
—¡Claire!
Yo miré alrededor.
Aquello ya no era una cena.
Era una convención de mujeres interesadas en mi marido.
Claire clavó los ojos en mí.
—¿Todavía sigue aquí?
Tomé tranquilamente la copa de Adrian.
Bebí un sorbo.
—Vivo con él ahora. Tendrás que acostumbrarte.
—Adrian me ama.
Sofía se levantó.
—Eso terminó hace años.
Claire la miró.
—¿Y tú quién eres?
—La mujer con la que debía casarse.
Levanté una mano.
—Perdón.
Las dos me miraron.
Señalé mi anillo.
—La esposa actual solicita orden en la sala.
Fue entonces cuando Adrian regresó.
Observó a Claire.
Después a Sofía.
Finalmente a mí.
—Emma, nos vamos.
Me levanté inmediatamente.
—Perfecto.
Al pasar junto a Claire, ella murmuró:
—Cuando deje de necesitarte, desaparecerás.
Me detuve.
Era exactamente lo que decía el contrato.
Pero antes de que pudiera responder, Adrian habló detrás de mí.
—Yo decidiré cuándo termina mi matrimonio.
En el automóvil permanecimos en silencio.
Finalmente pregunté:
—¿Por qué yo?
—Ya te lo expliqué.
—No.
Lo miré.
—Podías contratar a cualquier mujer. Pero sabías quién era mi hermana. Sabías dónde trabajaba. Incluso sabías mi nombre antes de que entrara en aquella sala.
Adrian guardó silencio.
—Así que repito: ¿por qué yo?
Sacó el contrato de su portafolio.
Lo dejó sobre mis piernas.
—Lee la página doce.
La abrí.
Había una cláusula que no recordaba.
“En caso de que cualquiera de las partes desarrolle sentimientos auténticos, podrá solicitar la transformación del acuerdo temporal en matrimonio permanente.”
Lo miré.
—¿Qué clase de cláusula ridícula es esta?
—Una que añadí yo.
—¿Esperabas enamorarte de una esposa contratada?
—No.
Su respuesta llegó demasiado rápido.
Entrecerré los ojos.
—Entonces ¿esperabas que yo me enamorara de ti?
Adrian giró hacia la ventana.
Sus orejas estaban completamente rojas.
Y de pronto recordé algo.
Tres años atrás.
Una cafetería.
Yo trabajando dos empleos.
Un hombre de traje sentado siempre en la misma mesa, pidiendo café que casi nunca bebía.
Lo había olvidado.
Pero aquel perfil…
—Adrian.
No respondió.
—¿Tú ibas a Carter’s Coffee?
Silencio.
—Todos los martes.
Nada.
Me incliné hacia él.
—¿Durante casi un año?
Finalmente me miró.
Y su expresión me dio la respuesta.
Abrí la boca.
—¡Tú me conocías!
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Tres años.
Mi cerebro dejó de funcionar.
—¿Y Claire?
—Quería que creyera que había seguido adelante.
—¿Sofía?
—Quería evitar un matrimonio arreglado.
—¿Y yo?
Esta vez Adrian tardó demasiado en responder.
—Tú eras la única mujer con la que podía casarme sin sentir que estaba fingiendo.
El automóvil quedó en silencio.
Miré mi contrato.
Después el anillo.
Luego al hombre que supuestamente me pagaba para fingir que lo amaba.
—Quiero un aumento.
Adrian parpadeó.
—¿Qué?
—Esta situación es mucho más complicada de lo anunciado.
Por primera vez lo vi reír de verdad.
—¿Cuánto?
Pensé seriamente.
—Veinticinco mil.
—Hecho.
Extendí la mano.
—Treinta.
—Emma.
—Tu madre me odia, mi hermana quiere comprarte y tu ex apareció durante la cena. Hay prima de riesgo.
Adrian me tomó la mano.
—Treinta.
Sonreí.
—Excelente, esposo.
Pero cuando intenté retirarla, no me soltó.
—Hay una condición.
—¿Cuál?
Sus ojos bajaron hacia nuestros dedos entrelazados.
—A partir de ahora, deja de pensar que eres la única que está actuando.

Mi sonrisa desapareció.
Y esa fue la primera vez que comprendí el verdadero peligro de aquel contrato.
No era que yo pudiera tomarme demasiado en serio el trabajo de amarlo.
Era descubrir que Adrian Blake quizá llevaba tres años haciéndolo gratis.