PARTE 2: EL CONEJO QUE CONDENÓ A UN TRAIDOR.

Nadie respiró.

Alessandro tomó el conejo azul con un cuidado que resultaba casi inquietante.

No era la ternura de un hombre frente a un juguete.

Era la precisión de alguien que acababa de encontrar una prueba.

Giró lentamente una de las orejas.

Bajo la costura apareció un pequeño emblema negro bordado a mano.

Una corona atravesada por una serpiente.

El salón entero quedó inmóvil.

Don Ricci fue el primero en reconocerlo.

—Eso es imposible…

Alessandro levantó la vista.

—¿Lo conoces?

El anciano tragó saliva.

—Ese símbolo solo se utilizaba para identificar los cargamentos secretos de los Moretti hace quince años.

—Después desapareció.

—Porque alguien comenzó a vender nuestras rutas a otras familias.

Un murmullo recorrió la mesa.

Los doce jefes intercambiaron miradas.

Aquella marca nunca debía aparecer fuera de los archivos internos.

Mucho menos cosida dentro del juguete de una niña.

Alessandro volvió a mirarme.

—¿Quién le dio este conejo?

Negué lentamente.

—No lo sé.

—Lo encontramos hace un año.

Emma estaba enferma y apenas tenía dinero para comprar comida.

Una noche apareció dentro de una caja con ropa usada frente a nuestro apartamento.

Nunca vimos quién la dejó.

Emma abrazó el conejo otra vez.

—Él me encontró a mí.

No yo a él.

El hombre más temido de Italia sonrió apenas.

Después llamó sin levantar la voz.

—Marco.

Uno de sus guardaespaldas apareció inmediatamente.

—Lleva el conejo al laboratorio.

No.

Esperó un segundo.

Cambió de idea.

—Aquí mismo.

Ahora.

Dos técnicos entraron con guantes y una pequeña mesa metálica.

Comenzaron a descoser cuidadosamente la espalda del conejo.

Vivian observaba todo con el rostro completamente blanco.

Intentó intervenir.

—¿De verdad vamos a detener la reunión por un juguete viejo?

Nadie la miró.

Uno de los técnicos extrajo un pequeño tubo de plástico sellado.

El tamaño no era mayor que un dedo.

Todo el salón contuvo el aliento.

Dentro había una memoria diminuta.

Alessandro no mostró sorpresa.

Como si ya hubiera esperado encontrar algo.

Un ordenador portátil fue colocado sobre la mesa.

La memoria se abrió.

No contenía fotografías.

Ni dinero.

Ni nombres.

Había una lista completa de cuentas bancarias, rutas marítimas, pagos secretos y reuniones privadas de la organización Moretti durante los últimos diez años.

También aparecía un nombre repetido una y otra vez.

Lorenzo Bellini.

El responsable de seguridad interna.

El hombre que llevaba veinte años sentado a la derecha de Alessandro.

Todas las miradas giraron lentamente hacia él.

Bellini dio un paso atrás.

—Jefe…

—Puedo explicarlo.

Alessandro permaneció inmóvil.

—¿Explicar qué?

—Que vendiste a nuestros hombres.

—Que entregaste nuestros puertos.

—O que ordenaste matar a quienes descubrieron la verdad.

Bellini llevó instintivamente la mano hacia el interior de su chaqueta.

Jamás llegó a sacar el arma.

Dieciséis pistolas aparecieron apuntándole al mismo tiempo.

Los propios hombres que durante años habían obedecido sus órdenes ahora esperaban una sola palabra de Alessandro.

Bellini comprendió que todo había terminado.

Mientras tanto, Emma seguía sujetando mi mano.

Miró al jefe mafioso con total inocencia.

—¿Ya encontraste lo que buscabas?

Alessandro volvió lentamente la cabeza hacia ella.

Por primera vez desde que entré a aquella villa, sus ojos perdieron toda dureza.

Se agachó hasta quedar a su altura.

—Sí, pequeña.

—Llevo quince años buscándolo.

Después se incorporó.

Miró a las doce familias reunidas alrededor de la mesa.

Y pronunció una frase que cambió el destino de todos los presentes.

—La reunión ha terminado.

—A partir de este momento… comienza la limpieza del imperio.

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