El recuerdo me golpeó con tanta fuerza que desperté sobresaltada.
Abrí los ojos de golpe.
La habitación estaba en silencio.
La luz gris del amanecer se filtraba por las cortinas y, durante unos segundos, no supe distinguir si aquello había sido un sueño o un recuerdo.
Entonces lo vi.
Ethan seguía sentado junto a mi cama.
Tenía la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá, los brazos cruzados y los ojos cerrados. Parecía haberse quedado dormido mientras me vigilaba.
Sentí un nudo en la garganta.
Cinco años.
Cinco años sin vernos.
Cinco años creyendo que él me odiaría para siempre.
Y, aun así, allí estaba.
Cuidándome.
Intenté incorporarme sin hacer ruido.
La manta resbaló de mis piernas.
Ethan abrió los ojos de inmediato.
—¿Cómo te sientes?
Su voz volvió a sonar profesional.
Distante.
Como si la dulzura de la noche anterior jamás hubiera existido.
—Mucho mejor…
Él tomó el termómetro digital y me lo acercó.
—Otra vez.
Obedecí en silencio.
Treinta y siete con cuatro.
La fiebre había bajado.
Ethan soltó un suspiro casi imperceptible.
—Bien.
Se levantó para recoger el plato de sopa.
—Gracias por venir…
Él no respondió.
Solo caminó hasta la cocina.
No soportaba ese silencio.
—¿Cómo… encontraste mi departamento?
Sin girarse, respondió:
—Recursos Humanos tiene la dirección de todos los empleados.
—¿Y decidiste venir tú?
Esta vez sí se volvió.
Su expresión era imposible de descifrar.
—Fuiste la única persona de tu contacto de emergencia que no respondió.
Fruncí el ceño.
—¿Mi contacto?
—Tu hermano.
Sentí una punzada de vergüenza.
Claro.
Él habría recibido la llamada antes que nadie… y seguramente habría dicho que estaba ocupado.
Bajé la mirada.
—Lo siento…
—¿Por qué te disculpas?
No supe qué contestar.
Porque me sentía ridícula.
Porque el hombre al que había destrozado el corazón era quien terminaba cuidándome cuando ni siquiera mi propia familia podía hacerlo.
Ethan dejó los platos sobre el fregadero.
—Descansa dos días más.
—¿Y el trabajo?
—Ya está cubierto.
—Pero…
—Es una orden de tu director ejecutivo.
No pude evitar sonreír.
—¿Así que ahora usas el cargo para mandar?
Él también estuvo a punto de sonreír.
Lo vi.
Solo fue una fracción de segundo.
Pero desapareció tan rápido como apareció.
—Recupérate.
Se dirigió hacia la puerta.
El pánico me invadió.
Si salía ahora…
Quizá volveríamos a ser simplemente jefe y empleada.
Quizá nunca volvería a existir un momento como aquel.
—¡Ethan!
Él se detuvo sin girarse.
Respiré hondo.
Era el momento.
—Hace un rato… soñé con nosotros.
Silencio.
—Con el torneo de eSports.
Sus hombros parecieron tensarse.
—Recordé cuando vi aquella noticia de tu compromiso.
Él siguió inmóvil.
—Por eso desaparecí.
Por primera vez desde que llegó, Ethan giró completamente hacia mí.
Sus ojos estaban llenos de algo que llevaba demasiado tiempo enterrado.
—¿Qué acabas de decir?
—Vi la noticia.
Mi voz empezó a temblar.
—Decía que ibas a casarte con la heredera de los Morrison.
—Ese mismo día me besaste.
—Pensé que todo había sido un juego para ti.
Ethan permaneció completamente quieto.
Luego soltó una risa breve.
No era una risa alegre.
Era la risa amarga de alguien que acababa de comprender un desastre absurdo.
—¿Cinco años…?
Negó lentamente con la cabeza.
—¿Cinco años separados por esa noticia?
Yo asentí.
Él pasó una mano por su rostro.
—Sofía…
Su voz sonó cansada.
—Ese compromiso nunca existió.
Sentí que el mundo dejaba de girar.
—¿Qué?
—Fue un anuncio empresarial.
Lo miré sin comprender.
Él sacó el teléfono.
Buscó algo durante unos segundos.
Después me mostró un antiguo comunicado.
Debajo del gran titular que yo jamás había terminado de leer aparecía una línea mucho más pequeña.
“Walker Technologies y Morrison Group anuncian una alianza estratégica para futuros proyectos.”
Nada más.
No había boda.
No había novia.
No había compromiso real.
Yo solo había visto el titular compartido en redes… y había huido sin leer una sola línea más.
Las lágrimas empezaron a caer sin control.
—Yo…
No encontraba palabras.
—Pensé…
—Lo sé.
Ethan guardó el teléfono.
—Porque nunca me preguntaste.
Cada palabra cayó sobre mí como una sentencia.
—Desapareciste.
—Cambiaste de número.
—Te fuiste al extranjero.
—Nunca respondiste ninguno de mis correos.
Sentí que el pecho me dolía más que la fiebre.
—Te escribí durante ocho meses.
Su voz seguía siendo tranquila.
Eso era lo peor.
No gritaba.
No reprochaba.
Simplemente relataba la verdad.
—Después entendí que no querías volver a verme.
Cerré los ojos.
Recordé aquel cambio de universidad.
El nuevo correo institucional.
El teléfono que perdí durante el viaje.
Las cuentas que cerré creyendo que necesitaba empezar de cero.
Y él…
Él había seguido buscándome.
Durante ocho meses.
Cuando abrí los ojos otra vez, Ethan ya tenía la mano sobre el picaporte.
—Descansa.
Esta vez abrió la puerta.
Antes de salir, habló sin volver la vista atrás.
—Pero hay algo que todavía no entiendo, Sofía.
Mi respiración se detuvo.
—Si de verdad pensabas que estaba comprometido…

¿Por qué llorabas cada vez que me veías ganar aquellos torneos?
La puerta se cerró lentamente.
Y comprendí que Ethan no solo recordaba nuestro pasado.
También llevaba cinco años esperando la respuesta que yo nunca tuve el valor de darle.