Desperté con la garganta seca y Ethan dormido en una silla junto a mi cama.
Durante unos segundos pensé que el recuerdo del compromiso había sido otro sueño.
Hasta que vi su teléfono sobre la mesa.
La pantalla se iluminó.
Victoria Morrison.
Mi estómago se cerró.
Ethan abrió los ojos, rechazó la llamada y me miró.
—¿Cómo te sientes?
—¿Sigues comprometido con ella?
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Victoria Morrison.
Por primera vez desde que había vuelto, conseguí sorprenderlo.
—¿Por qué preguntas eso ahora?
—Porque esa fue la razón por la que desaparecí.
Ethan se quedó completamente quieto.
Le conté todo.
La noticia que me había enseñado mi hermano. La fotografía. El anuncio oficial. La fecha.
Y cómo, después, su madre había ido personalmente a verme.
Ethan levantó lentamente la cabeza.
—¿Mi madre?
Asentí.
—Me dijo que tú solo estabas divirtiéndote conmigo antes de cumplir tus obligaciones familiares. Me pidió que conservara algo de dignidad.
—¿Y le creíste?
—Tenía una noticia pública anunciando tu compromiso.
Ethan se levantó.
—Sofía, aquel compromiso se anunció sin mi consentimiento.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Nuestros padres estaban negociando una alianza empresarial. Mi padre creyó que anunciarlo públicamente me obligaría a aceptar.
—Pero nunca me dijiste nada.
—Porque lo rechacé esa misma noche.
Sentí un vacío en el pecho.
Ethan sacó su teléfono, buscó algo y me mostró una noticia publicada apenas cuarenta y ocho horas después de aquella que yo había visto.
Walker y Morrison niegan futura unión matrimonial.
Me quedé mirando la pantalla.
Nunca había visto esa segunda noticia.
Porque al día siguiente de descubrir el supuesto compromiso había bloqueado a Ethan.
Una semana después acepté anticipadamente mi programa de estudios en el extranjero.
Y cuando él fue a buscarme…
yo ya no estaba.
—Te llamé durante meses —dijo.
Bajé la mirada.
—Cambié de número.
—Fui a casa de tus padres.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—Tu madre dijo que habías pedido que no me dijeran dónde estabas.
Aquello tampoco era cierto.
Pero antes de convertir nuestra historia en otra conspiración familiar, comprendí algo mucho más incómodo.
Yo también había tomado una decisión sin hablar con Ethan.
—Debí preguntarte.
—Sí.
No intentó suavizarlo.
—Y yo debí encontrarte antes de rendirme.
Nos quedamos en silencio.
Entonces recordé dónde estábamos ahora.
Él era mi jefe.
Yo su empleada.
—Esto no puede pasar.
Ethan entendió inmediatamente.
—Lo sé.
—Aunque todavía sintiéramos algo…
—Lo sé.
A la mañana siguiente recibí un correo de Recursos Humanos.
Mi puesto sería transferido a una división dirigida por otra vicepresidenta. Mis evaluaciones, salario y promociones quedarían fuera de la autoridad directa de Ethan.
No hubo secretos.
No hubo favores.
Cuando regresé a la oficina dos semanas después, él volvió a tratarme exactamente como a cualquier otra empleada.
Eso, curiosamente, me hizo confiar más en él.
Tres meses después ocurrió algo inesperado.
Victoria Morrison apareció en una recepción empresarial.
Se acercó a mí mientras Ethan hablaba con unos inversores.
—Así que tú eres Sofía Rivera.
Casi me atraganté.
—¿Me conoces?
Victoria soltó una carcajada.
—Llevo nueve años queriendo conocer a la mujer por la que Ethan casi incendia una cena familiar.
—¿Perdón?
—Cuando nuestros padres anunciaron aquel compromiso, Ethan se levantó delante de todos y dijo que estaba enamorado de otra persona.
Miré hacia él.
Victoria continuó:
—Yo tampoco quería casarme con él. Tenía novio.
—¿Entonces por qué apareció la noticia?
—Nuestros padres eran excelentes empresarios y pésimos casamenteros.
Sentí ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
—¿Y ahora?
Victoria levantó su mano.
Llevaba un anillo.
—Me casé con aquel novio hace cuatro años.
Así murió definitivamente el fantasma que había perseguido nuestra relación.
Pero Ethan y yo no volvimos juntos aquella noche.
Habíamos perdido cinco años por orgullo, silencios y decisiones tomadas por otras personas.
No quería recuperar nuestra relación como si nada hubiera ocurrido.
Quería descubrir quiénes éramos ahora.
Esperamos.
Trabajamos.
Hablamos.
Y cuando finalmente dejé aquella división para aceptar un puesto en otra compañía, Ethan me llamó el último viernes.
—¿Sigues queriendo pollo frito?
Me reí.
—Han pasado seis meses.
—Te dije que te llevaría cuando te recuperaras. Nunca especifiqué cuándo.
Acepté.
Nuestra primera cita nueva ocurrió en un pequeño restaurante donde ninguno tenía autoridad sobre el otro.
A mitad de la cena, Ethan sacó algo del bolsillo.
Era una fotografía vieja.
Yo, disfrazada de mi hermano en aquel torneo de eSports.
Él, mirándome como si acabara de conocer al ser humano más extraño del planeta.
—¿Guardaste eso nueve años?
—Necesitaba pruebas históricas.
—¿De qué?
Sonrió.
—De que la primera vez que intentaste ligar conmigo yo pensaba que eras un hombre.
Me eché a reír.
Y entonces entendí algo.
Durante años había creído que nuestra historia terminó el día en que descubrí que Ethan Walker estaba comprometido.
Pero aquel compromiso nunca había sido suyo.
La decisión de desaparecer sí había sido mía.
Esta vez no quería que una noticia, una familia o nuestro propio orgullo eligieran por nosotros.
Así que cuando Ethan extendió la mano sobre la mesa, no esperé a que alguien me explicara qué significaba.
Simplemente puse la mía encima.
Y por primera vez en nueve años, dejamos de vivir la historia que nuestras familias habían escrito para nosotros.

Empezamos la nuestra.