PARTE 2: EL CIELO RECORDABA SU NOMBRE

Clara rasgó la solicitud por la mitad.

Luego volvió a romperla y dejó caer los pedazos sobre el mostrador.

—Ahora ya no tienes solicitud.

Nadie rio inmediatamente.

Elena bajó la mirada hacia los trozos de papel.

—¿Has terminado?

Clara sonrió.

—Todavía no.

La prueba práctica comenzaba cuarenta minutos después. Elena apareció en la plataforma con una autorización reimpresa por la empleada de recepción.

Clara casi perdió la sonrisa.

—¿Quién permitió esto?

—El sistema —respondió la empleada—. Su inscripción no puede eliminarse localmente.

Aquello pareció enfurecerla todavía más.

Durante la inspección previa al vuelo, Elena notó algo extraño.

El avión asignado originalmente a ella había sido cambiado.

Y el nuevo aparato figuraba con una incidencia técnica pendiente.

Elena cerró la carpeta.

—No despegaré con este avión.

Clara soltó una carcajada.

—¿Ya tienes miedo?

—Tiene una anomalía registrada.

—Los técnicos lo autorizaron.

—Entonces quiero sus firmas.

Silencio.

Clara se acercó.

—Aquí mando yo.

—Ése parece ser precisamente el problema.

Minutos después apareció el director de operaciones, Héctor Salinas.

—Señora Morales, su evaluación queda cancelada por negarse a cumplir instrucciones.

Elena lo observó tranquilamente.

—¿Está seguro de que quiere dejar eso por escrito?

—Completamente.

—Perfecto.

Sacó su teléfono.

Hizo una llamada.

—Miguel, activa la auditoría de Altavista. Inmoviliza cualquier aeronave con incidencias pendientes y bloquea temporalmente las autorizaciones administrativas de la señorita Vela.

Clara comenzó a reír.

—¿Y quién demonios eres tú para ordenar eso?

Una voz apareció detrás de ellos.

—La persona que puede hacerlo.

Un hombre canoso acababa de bajar de un vehículo oficial del aeródromo.

Héctor palideció.

—Ingeniero Ortega…

El recién llegado ignoró a todos y caminó directamente hacia Elena.

—Capitana Morales.

Clara dejó de respirar.

Ortega se volvió hacia los presentes.

—Para quienes evidentemente desconocen la historia de este lugar: Elena Morales fue piloto de pruebas durante casi dos décadas. Participó en programas de entrenamiento avanzado y acumuló miles de horas de vuelo.

El joven que había estado transmitiendo bajó lentamente su teléfono.

Pero Ortega todavía no había terminado.

—Y Altavista existe porque hace dieciséis años ella compró estos terrenos cuando el proyecto estaba prácticamente quebrado.

Clara miró hacia su padre, que acababa de llegar apresuradamente desde el edificio administrativo.

—Papá…

Arturo Vela parecía haber envejecido diez años en segundos.

—Señora Morales…

Elena levantó una mano.

—Quiero saber por qué una candidata recibió una aeronave con una incidencia pendiente.

Nadie respondió.

—También quiero saber por qué la hija del presidente del consejo puede destruir solicitudes, modificar asignaciones y ordenar al personal que humille candidatos.

Arturo tragó saliva.

—Podemos hablarlo en privado.

—No.

Elena señaló los teléfonos que todavía grababan.

—La humillación fue pública. La investigación también será transparente.

Clara perdió finalmente la arrogancia.

—Yo no sabía quién era usted.

Elena la miró.

—Ése es el problema.

Recogió del mostrador uno de los pedazos de su solicitud.

—Creíste que necesitabas saber quién era una persona antes de tratarla con dignidad.

Clara bajó los ojos.

La auditoría reveló después que aquella no había sido la primera irregularidad. Había candidatos rechazados por favoritismos, registros modificados y quejas internas ignoradas.

El consejo suspendió a Arturo mientras investigaba su responsabilidad. Clara perdió inmediatamente cualquier acceso operativo al aeródromo y Héctor fue apartado de sus funciones durante la revisión.

Elena pudo haber terminado allí.

Pero pidió una última cosa.

Un avión.

No para demostrar que podía pilotar.

Para recordar por qué había regresado.

Cuando la aeronave despegó, empleados y alumnos salieron a la plataforma.

Elena ascendió sobre Altavista con movimientos precisos y serenos.

No hubo espectáculo innecesario.

No necesitaba impresionar a nadie.

Al aterrizar, Ortega la esperaba sonriendo.

—Dieciséis años y todavía haces que parezca fácil.

Elena descendió y miró hacia el edificio donde aquella mañana habían intentado expulsarla por sus zapatillas gastadas.

—Vine porque quería comprobar personalmente en qué se había convertido este lugar.

—¿Y qué encontraste?

Elena observó a los jóvenes que ahora guardaban silencio.

—Que enseñamos a demasiadas personas a controlar una aeronave…

Hizo una pausa.

—…y a muy pocas a controlar su arrogancia.

A partir de aquel semestre, Altavista cambió su sistema de admisiones y creó becas para aspirantes sin recursos.

En la entrada colocaron una nueva norma.

No llevaba el nombre de Elena.

Ella se negó.

Solo decía:

Aquí nadie necesita demostrar cuánto vale antes de ser tratado con respeto.

Y aquella terminó siendo la lección más importante que la leyenda del aire enseñó sin necesidad de despegar.

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