PARTE 2: EL CAJÓN NÚMERO SIETE

A las ocho de la mañana esperé a que Martín saliera de casa.

Como cada día, me besó la frente antes de cerrar la puerta.

—No hagas locuras, Clara. Descansa.

Sonreí.

—Lo haré.

Esperé exactamente cinco minutos después de escuchar el ascensor.

Entonces salí.

No fui a la oficina del abogado.

Tampoco regresé a la funeraria.

Conduje directamente hasta la vieja relojería de mi padre.

El pequeño local llevaba casi cuatro años cerrado.

Todavía conservaba el viejo letrero de madera donde podía leerse:

“Chen. Reparación de relojes desde 1984.”

Las ventanas estaban cubiertas de polvo.

Pero la cerradura seguía funcionando.

Mi padre nunca entregó esa llave a nadie.

Solo a mí.

Entré.

El olor a aceite, metal y madera envejecida seguía exactamente igual.

Durante unos segundos olvidé por completo la herencia.

Solo veía a mi padre sentado detrás del mostrador, ajustando diminutos engranajes mientras sonreía cada vez que yo llegaba después de la escuela.

Respiré hondo.

Después caminé hacia la pared del fondo.

Allí seguían los pequeños cajones numerados donde guardaba piezas de relojes.

Uno.

Dos.

Cinco.

Siete.

El cajón apenas se movió.

Estaba bloqueado.

Recordé inmediatamente una vieja costumbre de mi padre.

Cuando quería ocultar algo importante, nunca utilizaba llaves.

Utilizaba mecanismos.

Presioné el cajón número seis.

Después el ocho.

Finalmente el siete se deslizó suavemente hacia afuera.

Dentro solo había una pequeña caja metálica.

Y un sobre amarillo.

Sobre el frente aparecía mi nombre.

“Para Clara. Solo si dudas de todos.”

Sentí un nudo en la garganta.

Abrí el sobre.

La primera hoja era otra carta escrita por mi padre.

“Si estás leyendo esto, significa que alguien consiguió que el testamento principal se leyera exactamente como ellos querían.”

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Continué leyendo.

“No preguntes todavía cómo lo sé.”

“Primero debes saber una cosa.”

“Nunca desheredé a mi hija.”

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

Mi padre no me había abandonado.

Todo aquello había sido una mentira.

Seguí leyendo.

“Si Sergio aparece como heredero único, ese documento fue sustituido.”

“Y si Martín intenta convencerte de no investigarlo…”

Las siguientes palabras parecían escritas directamente para ese momento.

“Significa que él también participa.”

Me apoyé contra la pared.

Sentía que el corazón iba a salirse de mi pecho.

Dentro de la caja metálica había otro documento.

Esta vez era un testamento completamente distinto.

Firmado tres meses antes de la muerte de mi padre.

El reparto era muy diferente.

La empresa familiar quedaba dividida en partes iguales.

Las propiedades también.

Y la vieja relojería…

Era exclusivamente para mí.

Pero aquello no era lo más importante.

Sujetado con un clip había un informe elaborado por un notario.

En la primera página podía leerse:

“Registro audiovisual de la firma.”

Había un pequeño dispositivo USB.

Y una nota.

“Mira el video completo antes de confiar en cualquiera.”

Guardé todo rápidamente dentro de mi bolso.

En ese instante sonó mi teléfono.

Martín.

Lo dejé sonar.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Y otra.

Finalmente respondí.

—¿Dónde estás?

Su voz sonaba tranquila.

Demasiado tranquila.

—Salí a caminar.

—Fui a casa y no estabas.

Miré alrededor del antiguo taller.

No había dicho que volvería temprano.

¿Por qué había regresado?

—Necesitaba despejarme.

Hubo un breve silencio.

Después preguntó exactamente lo que yo temía.

—¿Fuiste a ver al abogado?

Mi piel se erizó.

No preguntó si estaba bien.

No preguntó dónde estaba.

Preguntó por el abogado.

—No.

Mentí.

—Solo necesitaba aire.

Martín respiró con aparente alivio.

—Perfecto.

Regresa cuando puedas.

Tenemos que hablar con Sergio esta tarde.

Colgué lentamente.

No habían pasado ni diez segundos cuando escuché el sonido de un automóvil frenando frente a la relojería.

Me asomé apenas por una rendija de la persiana.

Era el BMW blanco de Martín.

No estaba solo.

Sergio descendió del asiento del copiloto.

Ambos caminaron directamente hacia la puerta.

Mi hermano miró alrededor.

—¿Estás seguro de que vino aquí?

Martín respondió con absoluta calma.

—El abogado nunca habría arriesgado todo sin darle una pista.

El cajón siete sigue allí.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Ellos conocían perfectamente la existencia del escondite.

Y mientras escuchaba cómo la llave comenzaba a girar lentamente desde el otro lado de la puerta, comprendí que mi padre no había ocultado el verdadero testamento por miedo a Sergio.

Lo había escondido del hombre con quien yo compartía la misma cama cada noche.

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