Mauricio entró al cuarto con una sonrisa impecable.
La misma sonrisa que usaba frente a inversionistas, periodistas y notarios.
—Papá, ¿cómo amanecimos hoy?
Entonces vio a Nico.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué hace ese niño aquí?
Teresa sintió que el corazón se le aceleraba.
—Perdón, señor Mauricio. Yo…
—Él no tiene la culpa.
La voz salió débil desde la cama.
Todos giraron la cabeza.
Don Ernesto acababa de hablar.
Hacía semanas que no pronunciaba una frase completa.
Nico sonrió.
—¡Ya puede hablar!
Mauricio se acercó rápidamente.
—Papá, no te esfuerces.
Pero el anciano levantó la mano para detenerlo.
Después señaló el piso.
—El… cable.
Teresa siguió la dirección de su dedo.
Se agachó.
Sacó lentamente el extremo del cable del timbre de emergencia.
No estaba roto por accidente.
Había sido cortado limpiamente con una herramienta.
Los dos extremos presentaban un corte perfecto.
Teresa sintió un escalofrío.
—¿Quién hizo esto?
Nadie respondió.
Mauricio fue el primero en romper el silencio.
—Seguramente algún empleado de mantenimiento.
Su explicación llegó demasiado rápido.
Demasiado preparada.
Nico levantó la mano como si estuviera en la escuela.
—No fue un señor de mantenimiento.
Todos lo miraron.
—¿Cómo sabes?
El niño respondió con absoluta naturalidad.
—Porque yo vi quién entró ayer.
Teresa abrió mucho los ojos.
—Nico…
Él siguió hablando.
—Traía traje.
Y olía al mismo perfume que el señor.
Señaló directamente a Mauricio.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Mauricio soltó una risa incómoda.
—Los niños imaginan muchas cosas.
Pero Nico negó con la cabeza.
—No.
Entró cuando mi mamá estaba limpiando las escaleras.
Se acercó a la cama.
Movió algo detrás del colchón.
Y luego guardó unas tijeras en el saco.
Teresa sintió que las piernas le temblaban.
Porque Nico tenía una costumbre muy extraña.
Recordaba absolutamente todo.
Fechas.
Caras.
Colores.
Detalles mínimos.
Desde pequeño era capaz de describir conversaciones enteras días después de haberlas escuchado.
Mauricio dio un paso hacia el niño.
—Creo que estás confundido.
Don Ernesto golpeó la cama con la mano.
Una vez.
Dos veces.
Después señaló nuevamente el cable.
Y finalmente señaló a su hijo.
No hacía falta decir más.
Teresa comprendió exactamente lo que intentaba comunicar.
Mauricio comenzó a ponerse nervioso.
—Papá no sabe lo que hace.
El derrame…
Pero la puerta volvió a abrirse.
Entró la enfermera del turno de mañana.
Al ver el cable cortado, se quedó completamente inmóvil.
—¿Quién hizo eso?
Teresa levantó lentamente el cable.
—Eso mismo queremos saber.
La enfermera palideció.
—Hace tres días dejé uno nuevo.
Funcionaba perfectamente.
Miró a Mauricio.
—¿Usted volvió a entrar después de que yo salí?
Él tardó demasiado en responder.
Solo unos segundos.
Pero suficientes.

Don Ernesto cerró los ojos.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
No era por el cable.
Era porque acababa de confirmar algo mucho peor.
No estaba solo por culpa de su enfermedad.
Alguien dentro de su propia familia… había empezado a preparar el día en que ya no pudiera pedir ayuda.