PARTE 2: EL BEBÉ QUE DECIDÍ CONSERVAR

La doctora giró la pantalla hacia Elena.

—No hay un solo bebé.

Elena dejó de respirar.

—Son gemelos.

Dos pequeños latidos aparecieron en el monitor.

Elena cerró los ojos.

Había entrado convencida de terminar con el último vínculo que la unía a Sebastián.

Pero aquellos niños no eran Sebastián.

Eran suyos también.

—Necesito tiempo —susurró.

Salió de la clínica sin llamarlo.

Esa misma tarde fue directamente al despacho de su abogado.

—Presente el divorcio.

—¿Está segura?

Elena dejó sobre la mesa las fotografías de París y una copia de los archivos que había encontrado.

—Completamente.

Después cambió de número y se mudó temporalmente a la casa que había pertenecido a su padre.

Sebastián tardó seis horas en darse cuenta.

Primero llamó.

Después apareció en la puerta.

—¡Elena!

Ella no abrió.

—¡Sé que estás ahí!

Su voz sonaba desesperada.

—¿Por qué presentaste el divorcio?

Elena respondió desde el otro lado.

—Lee lo que firmaste.

Silencio.

—Me engañaste.

—Tú llevas años engañándome.

—Nunca tuve una relación con otra mujer.

Elena abrió finalmente la puerta.

Le mostró la fotografía de París.

Sebastián palideció.

—Eso no significa lo que crees.

—Entonces explícame las miles de fotografías de Valeria.

Su rostro se quedó completamente vacío.

Ahí estaba la verdadera respuesta.

—Me elegiste porque me parecía a ella.

—Elena…

—¿Alguna vez me amaste a mí?

Sebastián no respondió.

Y Elena sonrió tristemente.

—Gracias. Era lo único que necesitaba saber.

Cerró la puerta.

Tres meses después, su vientre ya era imposible de ocultar.

Sebastián intentó detener el divorcio cuando descubrió que seguía embarazada.

Pero entonces apareció Valeria.

No llorando.

No fingiendo inocencia.

Llegó al despacho del abogado de Elena con una carpeta.

—Tu padre me pidió que te entregara esto si algún día descubrías la verdad sobre Sebastián.

Elena quedó inmóvil.

—¿Mi padre sabía?

Valeria asintió.

—Por eso quería hablar con Sebastián antes de morir.

Dentro había cartas, fotografías y antiguos correos.

Sebastián había conocido a Valeria quince años antes.

Se obsesionó con ella.

Pero Valeria jamás quiso una relación.

Cuando años después conoció a Elena, empezó a acercarse a ella precisamente por el parecido.

—¿Entonces París? —preguntó Elena.

Valeria bajó la mirada.

—Fue mi error. Estaba pasando por una crisis y permití que se acercara demasiado. Pero cuando publicó aquella fotografía, entendí que su obsesión nunca había terminado.

—¿Él la publicó?

—Sí.

Elena sintió frío.

La publicación no había sido una declaración de Valeria.

Sebastián había querido que alguien la viera.

Tal vez incluso Elena.

Entonces Valeria sacó el último documento.

—Pero esto es lo que realmente preocupaba a tu padre.

Era una modificación del testamento.

El padre de Elena había dejado gran parte de su patrimonio en un fideicomiso destinado a ella y a sus hijos.

Sebastián lo sabía.

Y meses antes había consultado cómo podría administrar esos bienes si Elena quedaba emocionalmente incapacitada después del nacimiento.

Elena levantó la mirada.

—¿Mi matrimonio también era parte de su obsesión?

Valeria negó.

—Al principio quizá te vio porque te parecías a mí.

Hizo una pausa.

—Pero después empezó a necesitar controlarte.

Aquella tarde Elena tomó su decisión definitiva.

Conservaría a sus gemelos.

Pero Sebastián no volvería a decidir por ella.

Meses después nacieron una niña y un niño.

Elena sostuvo a ambos contra su pecho y lloró.

No porque se parecieran a Sebastián.

Ni porque se parecieran a Valeria.

Sino porque por primera vez dejó de preguntarse a quién se parecían.

Eran sus hijos.

Y eso bastaba.

El divorcio se hizo definitivo poco después.

Sebastián perdió a la mujer que había confundido con un recuerdo.

Y Elena descubrió algo mucho más importante:

su padre no había muerto esperando que Sebastián cuidara de ella.

Había muerto intentando advertirle que aprendiera a cuidarse de él.

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