Rodrigo permaneció inmóvil.
La grabadora seguía reproduciendo voces.
Respiraciones agitadas.
Muebles arrastrándose.
Y luego un llanto que reconocería entre miles.
Era Camila.
—Papá… por favor…
No le hagan daño a mi bebé.
El corazón de Rodrigo golpeó con tanta fuerza que sintió que el pecho iba a romperse.
Entonces volvió a escucharse la voz de don Octavio.
Fría.
Sin una sola duda.
—Mientras ese niño exista, jamás podremos controlar sus bienes.
Después llegó otro golpe.
Y el audio terminó.
Rodrigo guardó la grabadora dentro de su chamarra.
No llamó a nadie.
Sabía demasiado bien cómo funcionaban ciertas cosas.
Durante años había participado en operaciones donde una prueba podía desaparecer antes de llegar al ministerio público.
Necesitaba proteger aquella grabación.
Regresó al hospital.
Encontró a dos hombres trajeados frente a la habitación de Camila.
No pertenecían al personal médico.
—¿Quiénes son?
Uno respondió con rapidez.
—Seguridad privada de la familia Lobo.
Rodrigo mostró su identificación militar.
—Desde este momento nadie entra sin autorización de mi esposa o de la autoridad competente.
Los hombres no se movieron.
Cinco segundos después llegaron cuatro soldados de la guarnición de Querétaro.
Habían recibido una sola llamada del capitán.
Los escoltas entendieron el mensaje y abandonaron el pasillo sin discutir.
Cuando Rodrigo volvió a entrar en la habitación, la enfermera lo esperaba.
—Capitán…
Hay algo que debe saber.
Le entregó un sobre transparente.
Dentro había una bolsa de evidencia.
Un pequeño fragmento de tela.
Y un botón arrancado.
—Lo encontramos entre las manos de su esposa.
Rodrigo observó el escudo grabado sobre el botón.
Un lobo plateado.
Era el mismo emblema que los siete hermanos Lobo llevaban en los sacos confeccionados exclusivamente para la familia.
Mientras tanto, en otra ala del hospital, Mateo no podía dejar de temblar.
Era el menor de los ocho hermanos.
También era el único que no había golpeado a Camila.
Solo había permanecido inmóvil.
Eso era lo que se repetía una y otra vez.
“No hice nada.”
Pero cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de su hermana.
—¡Mateo, ayúdame!
Y él no se había movido.
Esa misma noche recibió un mensaje de su padre.
“Recuerda lo que viste. Fue un robo. Nada más.”
Mateo apagó el teléfono.
Por primera vez en su vida sintió miedo de su propia familia.
A la mañana siguiente, Rodrigo entregó la grabadora a una fiscal especializada en delitos de alto impacto.
No a la policía local.
No a ningún funcionario relacionado con Querétaro.
Quería que la cadena de custodia quedara protegida desde el primer minuto.
La fiscal escuchó el audio completo.
Cuando terminó, permaneció varios segundos en silencio.
—Capitán…
Si esta grabación es auténtica…
no estamos hablando únicamente de una tentativa de homicidio.
Levantó lentamente la vista.
—Aquí hay indicios de delincuencia organizada, falsificación de operaciones financieras y un posible intento de desaparición forzada del recién nacido.
Esa misma tarde solicitaron órdenes de cateo.
Pero cuando los agentes llegaron al rancho principal de los Lobo…
todo estaba vacío.
Computadoras desaparecidas.
Archivos quemados.
Cajas fuertes abiertas.
Como si alguien hubiera sido advertido horas antes.
Rodrigo comprendió que tenían filtraciones.
Volvió al hospital agotado.
Se sentó junto a la cama de Camila y tomó su mano.
Por primera vez desde que regresó de la misión, ella movió ligeramente los dedos.
Después abrió apenas los ojos.
Los labios le temblaban.
Rodrigo acercó el oído.
Camila apenas pudo susurrar tres palabras.
—No… fue… Mateo…
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Con el último esfuerzo que le quedaba, ella murmuró:

—El… octavo…
Rodrigo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Los Lobo siempre habían sido conocidos como el padre y sus siete hijos.
Pero Camila acababa de insinuar que toda la familia llevaba años ocultando la existencia de un octavo hermano.
Y, según la mirada de terror con la que logró pronunciar esas palabras, ese hombre era mucho más peligroso que todos los demás juntos.