Nadie respiró.
El agente de la Fiscalía colocó ambas manos sobre la tapa del féretro.
—Señora Renata Alcázar —dijo con voz firme—. Antes de continuar, necesito que entregue al menor.
Renata abrazó con más fuerza a Mateo.
—¡No tienen ninguna orden para quitarme a mi hijo!
—Precisamente porque no es su hijo.
Su sonrisa desapareció.
Los dos agentes que permanecían junto a la puerta avanzaron al mismo tiempo.
Yo extendí lentamente los brazos.
—Mateo.
Mi hijo abrió los ojos al escuchar mi voz.
Comenzó a llorar.
Por primera vez desde que entró a la iglesia.
Renata intentó retroceder.
Pero ya no tenía salida.
El fiscal recibió al bebé y lo colocó cuidadosamente entre mis brazos.
Sentí el calor de su cuerpo contra el mío.
Durante unos segundos olvidé el dolor de la cesárea.
Todo el mundo observaba en absoluto silencio.
Entonces el fiscal volvió hacia el ataúd.
—Procedan.
Dos peritos retiraron los tornillos.
La tapa comenzó a levantarse lentamente.
Doña Beatriz dio un paso adelante.
—¡No!
Nadie la escuchó.
La tapa terminó de abrirse.
Un murmullo recorrió toda la iglesia.
El ataúd…
Estaba vacío.
No había cuerpo.
Solo un pequeño sobre negro colocado exactamente en el centro.
Renata dio un grito.
—¡Eso es imposible!
Doña Beatriz se llevó una mano al pecho.
—¿Dónde está mi hijo?
El fiscal tomó el sobre.
Lo abrió delante de todos.
Dentro había una memoria USB.
La misma que yo había dejado sobre el féretro unos minutos antes encajó perfectamente en el pequeño estuche.
El fiscal la sostuvo en alto.
—Ahora sí.
—Todos van a entender por qué esta ceremonia nunca fue un funeral.
Conectó la memoria a un proyector portátil que uno de los agentes ya había instalado.
La pantalla del altar se iluminó.
Apareció Sebastián.
Vestía la misma ropa con la que supuestamente había muerto.
Miró directamente a la cámara.
—Si están viendo este video…
Significa que fingir mi muerte fue la única manera de descubrir quién llevaba años robándome.
Toda la iglesia quedó petrificada.
Renata comenzó a temblar.
Sebastián continuó.
—Mi nombre es Sebastián Luján.
—Este mensaje fue grabado cuarenta y ocho horas antes del operativo conjunto con la Fiscalía.
Doña Beatriz rompió a llorar.
—Hijo…
La voz grabada siguió.
—Durante tres años permití que Renata creyera que controlaba mi empresa.
—Cada transferencia.
—Cada contrato.
—Cada sociedad.
—Todo fue documentado.
La imagen cambió.
Aparecieron videos de cámaras ocultas.
Renata firmando documentos.
Recibiendo dinero en efectivo.
Entregando sobres a varios directivos.
Después apareció otra persona.
Doña Beatriz.
Firmando exactamente los mismos contratos.
La mujer dejó escapar un gemido.
—No…
Sebastián habló nuevamente.
—Mamá…
—Si también apareces en esta grabación…
Es porque elegiste participar.
La iglesia quedó completamente muda.
El siguiente video mostró algo aún peor.
Renata entrando al hospital donde yo había dado a luz.
Aprovechando un cambio de turno.
Sacando a Mateo de la habitación durante varias horas.
Mi cuerpo comenzó a temblar.
El fiscal apagó la pantalla.
—Con esto basta.
Se volvió hacia Renata.
—Queda detenida por fraude, asociación delictuosa, sustracción de un menor y obstrucción de la justicia.
Dos agentes la esposaron.
Ella dejó de resistirse.
Solo repetía una frase.
—Sebastián estaba muerto…
—Yo vi el accidente…
El fiscal la miró fijamente.
—Exactamente.
—Eso era lo que necesitábamos que usted creyera.
En ese instante, las puertas principales de la iglesia volvieron a abrirse.
Todos giraron la cabeza.
Un hombre entró caminando lentamente.
Traje oscuro.
Barba de varios días.
Una cicatriz reciente sobre la frente.
Yo dejé de respirar.
Sebastián.
Estaba vivo.

Y lo primero que hizo no fue mirar a Renata.
Fue acercarse a mí.
Después acarició la cabeza de nuestro hijo.
Y solo entonces pronunció una frase que hizo que toda la familia comprendiera que la verdadera investigación apenas acababa de empezar.
—Falta detener a la persona que ordenó mi asesinato.