Valeria dejó la carpeta sobre la cama.
No apartaba la vista de la pantalla del teléfono.
—¿De dónde sacaste esto?
Mariana respiró con dificultad.
Cada palabra todavía le dolía entre las costillas.
—Durante siete años… fui quien preparó todos los informes financieros de la empresa.
Valeria abrió el primer archivo.
Después el segundo.
Luego un tercero.
Su expresión se volvió cada vez más seria.
—No son simples irregularidades.
Giró el teléfono hacia Mariana.
—Son empresas fantasma.
Transferencias trianguladas.
Facturas duplicadas.
Pagos a proveedores inexistentes.
Y lo peor…
Abrió una hoja de cálculo.
—Todas terminan en la misma cuenta.
Mariana reconoció inmediatamente el número.
Era una cuenta personal de Andrei.
Nunca declarada.
Nunca auditada.
Nunca registrada ante los accionistas.
Valeria cerró lentamente la carpeta.
—Si esto sale a la luz…
—La empresa no solo perderá a sus inversores.
—La Fiscalía Económica abrirá una investigación penal.
En ese mismo momento, el teléfono de Mariana volvió a vibrar.
Mamá.
Después otro mensaje.
Papá.
Y enseguida apareció el nombre de Andrei.
Llamada número treinta y tres.
Mariana apagó el sonido.
Ni siquiera miró la pantalla.
Valeria tomó otro documento.
—Hay algo más.
Sacó una escritura.
—¿Reconoces esta firma?
Mariana sintió un escalofrío.
Era la suya.
Pero no recordaba haber firmado aquel documento.
Lo leyó con calma.
Su respiración se detuvo.
—Es falsa.
Valeria asintió.
—Alguien falsificó tu firma para autorizar la venta de activos de la empresa hace ocho meses.
Mariana cerró los ojos.
Ahora todo tenía sentido.
Durante meses Andrei insistía en que firmara documentos “urgentes”.
Algunos los firmaba.
Otros los dejaba sobre la mesa para el día siguiente.
Él había aprovechado aquellos originales para copiar perfectamente su firma.
Valeria guardó los papeles.
—Esto cambia completamente el caso.
—Ya no hablamos solo de violencia doméstica.
—Hablamos de fraude societario, falsificación documental y evasión fiscal.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Dos policías entraron acompañados por el director del hospital.
Mariana se tensó.
Uno de los agentes habló con respeto.
—Señora Savchuk.
—Hemos recibido una denuncia presentada por su esposo.
Valeria se levantó inmediatamente.
—¿Qué denuncia?
El policía abrió una carpeta.
—El señor Andrei Savchuk afirma que su esposa robó documentación confidencial de la empresa y desvió fondos antes de fingir una agresión para escapar de sus responsabilidades.
Mariana no mostró ninguna emoción.
Lo esperaba.
Era exactamente la estrategia de Andrei.
Acusar primero.
Destruir después.
Valeria sonrió por primera vez.
—Perfecto.
El agente frunció el ceño.
—¿Perdón?
Ella colocó lentamente la carpeta negra sobre la mesa.
—Porque nosotros acabábamos de preparar una denuncia mucho más completa.
La abrió.
Dentro había cientos de páginas.
Auditorías.
Transferencias.
Firmas falsificadas.
Informes bancarios.
Y una memoria USB.
Valeria miró directamente al policía.
—Aquí está todo lo necesario para demostrar quién robó realmente.
El agente tomó la memoria.
—¿Hay pruebas suficientes?
Valeria respondió con absoluta seguridad.
—Más de las necesarias.
Hizo una breve pausa.
Y añadió la frase que hizo que Mariana comprendiera que el amanecer sería mucho peor para Andrei de lo que había imaginado.
—Porque el principal testigo contra el señor Savchuk…

Levantó otro documento.
—No es su esposa.
—Es su propio director financiero, que hace una hora aceptó colaborar con la Fiscalía a cambio de inmunidad.