PARTE 2: EL APELLIDO QUE LO CAMBIÓ TODO

El hombre permaneció inmóvil frente a mí.

Tenía el cabello gris, el rostro severo y esa clase de presencia que hacía que incluso el director del hospital guardara silencio.

—¿Su hija? —pregunté.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Emma Lancaster.

Negué inmediatamente.

—Se equivoca. Soy Emma Collins.

El hombre abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía antigua.

Una mujer joven sostenía a una bebé recién nacida.

La mujer tenía mis ojos.

—Tu madre se llamaba Eleanor Lancaster —dijo—. Era mi esposa.

Sentí que el suelo desaparecía.

Me explicó que veintisiete años atrás su hija recién nacida había desaparecido durante un traslado hospitalario.

Hubo investigaciones.

Sospechosos.

Años de búsquedas.

Pero nunca encontraron a la niña.

Hasta ahora.

—Necesitamos una prueba de ADN —dije.

No quería cuentos.

No quería otro hombre decidiendo quién era yo.

Él asintió.

—Eso es exactamente lo que haremos.

Se llamaba Richard Lancaster.

Y no intentó abrazarme.

Aquello fue lo primero que consiguió que confiara un poco en él.

Horas después, mientras esperábamos los resultados preliminares, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez apareció Adrian.

Y detrás de él, Olivia.

Mi estómago se cerró.

—¿Qué hacen aquí?

Adrian tenía el rostro oscuro.

—Olivia me contó lo del informe.

Claro.

Ella lo sabía.

—Emma, tenemos que hablar.

Richard se levantó lentamente.

—¿Quién es usted?

Adrian apenas lo miró.

—Su esposo.

—Exesposo —corregí.

—Todavía no.

Después sus ojos bajaron hacia mi vientre.

—¿Estás embarazada?

No respondí.

Olivia apretó los labios.

Adrian entendió mi silencio.

—¿Cuánto tiempo?

—Eso no te importa.

—Si es mío, sí.

Solté una risa amarga.

—Qué curioso. Hace dos semanas querías sacarme de tu vida lo más rápido posible.

Adrian se acercó.

—No compliques esto.

Entonces dijo las palabras que terminaron de matar cualquier cosa que todavía quedara entre nosotros.

—Interrumpe el embarazo.

La habitación quedó completamente en silencio.

Richard giró lentamente hacia él.

Adrian continuó:

—Olivia y yo vamos a empezar una nueva vida. Un hijo ahora solo crearía problemas para todos.

Lo miré.

No lloré.

No discutí.

Solo pregunté:

—¿Eso es todo lo que significa para ti?

—Emma, sé razonable.

Olivia intervino con voz suave:

—Adrian solo quiere evitar que todos suframos.

Richard soltó una pequeña carcajada.

No tenía humor.

—¿Y usted quién es?

Olivia levantó la barbilla.

—Olivia Monroe.

—Entiendo.

Richard tomó su teléfono.

—Doctor Hale, ¿ya están los resultados?

El médico entró segundos después con una carpeta.

Su expresión era seria.

—La prueba comparativa confirma parentesco directo con una probabilidad superior al 99,9 %.

Richard cerró los ojos.

Una lágrima recorrió su rostro.

—Mi hija.

Esta vez fui yo quien no pudo respirar.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Richard se volvió hacia él.

—Significa que la mujer a la que acaba de ordenar que se deshaga de su hijo es Emma Lancaster.

Adrian palideció.

Olivia también conocía aquel apellido.

Todo el mundo lo conocía.

—¿Lancaster? —susurró ella.

Richard me miró.

—La única hija de Eleanor Lancaster.

Después añadió:

—Y mi única heredera.

La arrogancia desapareció del rostro de Adrian.

—Emma… yo no sabía.

Aquella frase casi me hizo reír.

—Exactamente.

No sabía que era Lancaster.

Pero sí sabía que era su esposa.

Sabía que estaba sola.

Sabía que había pasado años apoyándolo.

Y cinco minutos antes había considerado que mi bebé era simplemente un obstáculo.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Podemos hablar de esto.

Retrocedí.

—Ya hablamos.

—Estaba sorprendido.

—No.

Lo miré directamente.

—Estabas siendo tú mismo.

Olivia intentó tomar su brazo.

Adrian se apartó de ella.

Fue un movimiento pequeño.

Pero todos lo vimos.

Especialmente Olivia.

—Adrian… —murmuró.

Él no respondió.

Sus ojos seguían clavados en mí.

Y comprendí inmediatamente lo que estaba ocurriendo.

Hacía una hora yo era Emma Collins.

La esposa pobre.

La mujer reemplazable.

La ex que podía desaparecer de su vida sin consecuencias.

Ahora tenía un apellido poderoso.

Y de repente quería “hablar”.

Tomé los documentos del divorcio que llevaba en mi bolso.

Los puse delante de él.

—El período de reconciliación termina en quince días.

—Emma…

—No pienso reconciliarme.

—Podemos criar al bebé juntos.

Negué.

—Puedes asumir las responsabilidades que legalmente te correspondan como padre.

Hice una pausa.

—Pero jamás volverás a ser mi esposo.

Richard abrió la puerta.

Adrian permaneció inmóvil.

Antes de salir, me volví hacia él.

—Hay algo que quiero agradecerte.

Me miró confundido.

—¿Qué?

Acaricié suavemente mi vientre.

—Que me pidieras terminar con este embarazo antes de descubrir mi apellido.

Su rostro se quedó sin color.

—Porque ahora, aunque algún día intentes convencerme de que regresaste por mí…

sonreí.

—siempre recordaré quién eras cuando pensabas que yo no tenía nada.

Y esa fue la verdadera desgracia de Adrian Blake.

No haber perdido a una heredera Lancaster.

Sino haberme mostrado exactamente cuánto valía Emma Collins para él…

cinco minutos antes de descubrir que ambas mujeres eran la misma persona.

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