Dos días después, Adrián regresó al hospital con dos abogados.
Esperaba encontrar a Valeria derrotada.
En cambio, encontró a Ignacio Montes sentado junto a ella.
Adrián se detuvo.
Conocía ese rostro.
Todo México empresarial lo conocía.
—¿Ignacio Montes?
Ignacio levantó lentamente la mirada.
—El padre de la mujer que acabas de intentar dejar sin casa.
Adrián palideció.
Celeste soltó su Birkin sobre una silla.
Valeria habló con calma:
—Nunca te dije que mis padres estaban arruinados, Adrián. Tú lo asumiste.
Uno de sus abogados comenzó a revisar los documentos preparados por la familia Montes.
Su expresión cambió.
—Señor Velasco… tenemos un problema.
—¿Cuál?
—La renuncia patrimonial contiene una firma presuntamente falsificada.
Adrián miró a Celeste.
Ella retrocedió.
Ignacio dejó otro expediente sobre la mesa.
—Y la casa que transferiste tampoco era completamente tuya.
Adrián abrió la boca.
—Eso es imposible.
—Yo aporté el capital con el que ustedes la compraron —respondió Ignacio—. Y protegí la participación de mi hija desde el principio.
Celeste tomó su bolso.
La madre de Valeria sonrió.
—Por cierto, esa Birkin también tiene una historia interesante.
Sacó un estado de cuenta.
—Fue comprada con dinero de una empresa en la que Valeria posee participación.
Celeste soltó inmediatamente el bolso.
—Adrián me dijo que era suyo.
Valeria casi rio.
Dos días antes ambos se habían burlado de ella mientras sostenía a tres recién nacidos.
Ahora ninguno podía mirarla.
Adrián se acercó.
—Valeria, podemos arreglar esto.
—Claro.
Ella señaló a sus abogados.
—Con ellos.
—¡Soy el padre de tus hijos!
Valeria lo miró fijamente.
—También lo eras cuando entraste aquí sin siquiera preguntar si estaban bien.
Ignacio se puso de pie.
—Vámonos, Adrián. Mi hija necesita descansar.
Adrián permaneció inmóvil.
Había entrado creyendo que venía a obligar a una mujer indefensa a firmar.
Salió comprendiendo que acababa de enfrentarse a la única heredera del Grupo Montes.

Y aquello apenas era el principio.