PARTE 2: EL ANILLO NUNCA LLEGÓ

Colgué el teléfono.

No pasaron ni diez minutos cuando alguien golpeó la puerta con tanta fuerza que los vecinos comenzaron a asomarse.

Abrí.

Frente a mí estaban Derek y su madre.

Él llevaba el rostro rojo de rabia.

Ella sostenía el bolso como si viniera a reclamar una deuda.

Apenas entraron, la señora Shaw comenzó a hablar.

—Nina, ¿de verdad quieres arruinar el futuro de Derek por un coche?

La miré con calma.

—No fui yo quien eligió un coche de cuatrocientos veinte mil a nombre de otra persona.

—Eso es solo un detalle administrativo.

—¿Un detalle?

Saqué mi teléfono.

Abrí la transferencia de mi madre.

Le giré la pantalla.

—Lea el concepto.

La mujer entrecerró los ojos.

“Nina, cómprate un coche.”

No decía:

“Cómprale un coche a Derek.”

Su expresión cambió apenas un instante.

Pero enseguida recuperó el tono autoritario.

—Después del matrimonio todo será de la misma familia.

Sonreí.

—Precisamente por eso ya no habrá matrimonio.

Los dos quedaron inmóviles.

Derek fue el primero en reaccionar.

—¿Qué acabas de decir?

Entré al dormitorio.

Volví con una pequeña caja blanca.

Dentro estaba el anillo de compromiso.

Lo dejé sobre la mesa.

—Terminamos.

Su madre dio un paso adelante.

—¡No puedes romper una relación de tres años por un malentendido!

Negué lentamente.

—No terminó por un coche.

Tomé aire.

—Terminó porque durante tres años confundí amor con aprovechamiento.


Saqué otra carpeta.

No era gruesa.

Solo contenía unas cuantas hojas.

Las fui colocando sobre la mesa una por una.

—Ordenador.

Doce mil yuanes.

Factura.

—Reloj.

Treinta y ocho mil.

Factura.

—Vacaciones.

Veintiséis mil.

Transferencia.

—Alquiler de los últimos treinta y seis meses.

Ochenta por ciento pagado por mí.

Transferencias.

Cada hoja que aparecía hacía bajar un poco más la cabeza de Derek.

Su madre intentó interrumpirme.

—Eso lo hiciste porque querías…

Levanté otra hoja.

—Dinero que le presté cuando dijo que su empresa tenía problemas.

Ciento diez mil.

Nunca devueltos.

Silencio.

Luego apareció el último documento.

Una tabla sencilla.

Gastos de la relación durante tres años.

Mi aportación:

1.286.400 yuanes.

Aportación de Derek:

187.000 yuanes.

La diferencia era insultante.

Lo miré.

—¿Sabes qué es lo más curioso?

No respondió.

—Que aun pagando casi siete veces más que tú…

—Conseguiste convencerme de que era yo quien no apoyaba suficiente la relación.


Derek golpeó la mesa.

—¡Todo eso lo hacías voluntariamente!

Asentí.

—Es verdad.

—Y hoy también decido voluntariamente dejar de hacerlo.

—¡Nina!

—No.

Lo interrumpí.

—La mujer que conocías habría sentido culpa.

Habría pensado que exageraba.

Habría acabado transfiriendo el dinero para evitar problemas.

Hice una pausa.

—Pero esa mujer ya no existe.


En ese momento sonó mi teléfono.

Era mi madre.

Contesté delante de ellos.

—¿Ya compraste el coche, hija?

Sonreí.

—Todavía no.

—Entonces mañana vamos juntas.

He visto un modelo híbrido muy bonito.

Y si sobra dinero, lo guardas para la entrada de tu apartamento.

Mi madre hizo una pausa.

Luego preguntó:

—¿Está Derek contigo?

La miré.

—Sí.

Su voz se volvió completamente fría.

—Entonces dile de mi parte que ni un solo yuan de mis ahorros servirá para cumplir los sueños de un hombre que pretende comprar un coche con el dinero de la mujer a la que todavía ni siquiera ha convertido en su esposa.

Toda la sala quedó en silencio.

Mi madre colgó.


La señora Shaw tomó el bolso.

—Derek…

Vámonos.

Él seguía mirando el anillo sobre la mesa.

No parecía creer lo que estaba ocurriendo.

—¿De verdad vas a cancelar la boda?

Lo observé por última vez.

—No.

La boda no se cancela hoy.

Se canceló el día en que decidiste que el dinero de mi familia era tuyo…

…y que lo único que debía llevar mi nombre eran las facturas.

Abrí la puerta.

—Ahora, por favor.

Salgan de mi casa.

Por primera vez en tres años, Derek no encontró una sola palabra para convencerme.

Porque incluso él entendió que había perdido algo mucho más valioso que un coche de cuatrocientos veinte mil yuanes.

Había perdido a la única persona que llevaba años financiando, en silencio, la vida que él presumía delante de todos.

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