PARTE 2 : EL AJOLOTE ESCONDÍA LA PRUEBA

Las puertas automáticas del hotel emitieron un pitido.

Un segundo después se bloquearon.

El recepcionista levantó la cabeza, confundido.

Desde el radio del personal volvió a escucharse la misma voz:

—Cierren todos los accesos. Nadie sale hasta nuevo aviso.

Mauro dio un paso al frente de Camila por instinto.

No llevaba uniforme.

Pero cualquiera que conociera a César Mancera sabía cuál era su trabajo.

—Jefe…

César no apartó la vista de la niña.

—Tranquila, Camila.

Ella abrazó con más fuerza al ajolote de peluche.

—¿Hice algo malo?

—No.

—Entonces, ¿por qué cerraron las puertas?

César respondió con una calma absoluta.

—Porque alguien tiene miedo de lo que llevas contigo.

En el piso catorce, Ramiro Vélez salió apresuradamente de una oficina.

Tenía el teléfono pegado al oído.

—No debió llegar esa niña.

Escuchó unos segundos.

—Sí… sí… creo que todavía trae el muñeco.

Su rostro perdió el color.

—No, Mancera aún no sabe qué hay dentro.

La llamada terminó.

Ramiro respiró hondo antes de correr hacia el elevador.

Mientras tanto, César tomó asiento frente a Camila.

—¿Tu mamá te dijo cuándo cosió esa memoria?

La niña pensó unos segundos.

—Hace como una semana.

—¿Te explicó por qué?

Negó con la cabeza.

—Solo dijo que Tito ahora tenía una misión importante.

Mauro intercambió una mirada con César.

Aquello ya no parecía un simple conflicto laboral.

—Camila.

—¿Sí?

—¿Confías en mí?

La pequeña observó al hombre durante unos segundos.

Después asintió.

—Sí.

—¿Por qué?

Ella respondió con la naturalidad con la que solo hablan los niños.

—Porque cuando llegaste…

Fuiste el único adulto que primero me preguntó por mi mamá.

No por la mochila.

César sintió un nudo en la garganta.

Doña Ofelia habría sonreído.

En ese momento aparecieron cuatro guardias de seguridad.

—Señor Mancera…

El gerente solicita que todos permanezcan en el lobby mientras se resuelve un incidente técnico.

César levantó lentamente la vista.

—¿Incidente técnico?

—Sí.

—Curioso.

Porque hace dos minutos no existía ningún incidente.

El guardia no respondió.

Mauro dio un paso adelante.

—Mi jefe y la niña permanecerán aquí.

Si alguien quiere hablar con ellos, que venga personalmente.

Los guardias dudaron.

Ninguno quería ser quien discutiera con César Mancera.

Finalmente retrocedieron.

Cinco minutos después, una camarista apareció corriendo desde la escalera de servicio.

Llevaba el uniforme arrugado y respiraba con dificultad.

—¡Señor Mancera!

Todos giraron la cabeza.

La mujer apenas podía hablar.

—Soy compañera de Elena…

La buscan por todo el hotel.

César se levantó inmediatamente.

—¿Dónde está?

La camarista comenzó a llorar.

—La encerraron.

El silencio cayó sobre el vestíbulo.

—¿Quién?

Ella miró hacia el elevador.

—El gerente.

Dice que no puede salir hasta firmar una renuncia.

Camila soltó el ajolote por primera vez.

—¡Mi mamá!

Quiso correr.

César la detuvo con suavidad.

—Primero la vamos a sacar.

Te lo prometo.

La niña volvió a abrazar a Tito.

Confiaba en él.

Sin saber siquiera quién era.

Mauro recibió una llamada.

Escuchó apenas unos segundos.

Después cubrió el teléfono y habló en voz baja.

—Jefe…

Ya revisé.

El Hotel Imperial Reforma no pertenece completamente al grupo administrador.

César frunció el ceño.

—¿Y?

—Hace tres meses usted compró el cincuenta y uno por ciento de las acciones mediante el fondo de inversión.

El hombre permaneció inmóvil.

—Entonces…

Mauro terminó la frase.

—Legalmente…

Este hotel también es suyo.

César no mostró sorpresa.

Solo respiró profundamente.

Miró a los empleados que fingían trabajar.

A los huéspedes que comenzaban a notar la tensión.

Y al gerente que acababa de salir del elevador intentando recuperar la compostura.

Ramiro sonrió con nerviosismo.

—Señor Mancera, ya podemos pasar a mi oficina.

César dio un paso hacia él.

—No.

Hoy la conversación será aquí.

Frente a todos.

Ramiro intentó mantener la sonrisa.

—No entiendo.

—Yo sí.

Se volvió hacia los presentes.

—Hace unos minutos una niña me dijo que su madre lleva cinco quincenas sin cobrar.

Su compañero acaba de decirme que está retenida para obligarla a renunciar.

Y ahora descubro que esto ocurre en un hotel del que soy accionista mayoritario.

El vestíbulo quedó completamente en silencio.

Ramiro sintió que las piernas empezaban a fallarle.

Pero lo peor aún no había llegado.

Porque Camila levantó despacio a Tito, buscó una pequeña costura debajo de una de sus patas y dijo con total inocencia:

—Mi mamá dijo que si ella no regresaba…

usted debía sacar esto delante de todos, para que nadie pudiera esconderlo otra vez.

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