—¿Marcharme sin llevarme nada?
La voz de Trần Thụy tembló por primera vez desde que entró a la casa.
Levantó la vista hacia mí.
—¿Hablas en serio?
No respondí.
Fue el abogado Châu quien tomó la palabra.
—Señor Trần, este acuerdo prenupcial fue firmado por ambas partes antes del matrimonio y registrado ante notario. Usted insistió especialmente en incluir la cláusula de infidelidad.
Mi suegra abrió mucho los ojos.
—¿Qué cláusula?
El abogado pasó lentamente la última página.
—Si cualquiera de los dos mantiene una relación extramatrimonial durante el matrimonio, perderá todos los beneficios patrimoniales obtenidos por el vínculo y abandonará el domicilio conyugal sin derecho a reclamación.
Trần Thụy tragó saliva.
Recordaba perfectamente aquella cláusula.
Tres años atrás, él mismo había sonreído mientras decía:
—Así demostrarás que nunca tendrás motivos para traicionarme.
Jamás imaginó que algún día sería él quien la incumpliera.
—Eso no prueba nada —dijo de repente.
Intentó recuperar la seguridad.
—¿Solo porque aparezco comiendo con una compañera?
—¿Van a destruir un matrimonio por un simple video?
Sonreí.
—No.
Asentí hacia la señora Vương.
Ella giró la pantalla de su portátil.
—El video solo fue el comienzo.
En la pantalla apareció un registro bancario.
Reservas de hoteles.
Billetes de avión.
Transferencias.
Regalos de lujo.
Todos pagados desde una tarjeta suplementaria vinculada a las cuentas familiares.
Mi suegra se quedó inmóvil.
—¿Con nuestro dinero?
La asesora financiera corrigió con calma.
—Con el dinero de la señora Tống.
Toda la casa quedó en silencio.
La señora Vương abrió otra carpeta.
—Durante los últimos once meses, el señor Trần realizó cuarenta y siete pagos relacionados con la señorita Văn Lệ.
Joyas.
Bolsos.
Alquiler de un apartamento.
Viajes.
Restaurantes.
El total superaba ampliamente el salario anual de Trần Thụy.
Mi padre permanecía sentado sin decir una palabra.
Pero su mirada bastaba para hacer temblar a cualquiera.
—¡Eso son asuntos privados! —gritó Trần Thụy.
—No.
Respondió el abogado.
—Dejaron de ser privados cuando utilizó dinero perteneciente al patrimonio conyugal para mantener una relación extramatrimonial.
Mi suegra giró lentamente hacia su hijo.
—¿Es verdad?
Él no respondió.
Porque ya no podía.
Entonces mi padre habló por primera vez.
Su voz era tranquila.
—Hace cinco años acepté este matrimonio porque mi hija estaba enamorada.
Miró fijamente a Trần Thụy.
—Pero jamás dejé de protegerla.
Sacó otra carpeta.
Mucho más gruesa.
—El acuerdo prenupcial no fue la única condición.
Trần Thụy sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
Mi padre dejó sobre la mesa una copia de las acciones de la empresa.
—La empresa donde trabajas.
La casa.
Las inversiones.
Incluso el automóvil que conduces.
Todo fue comprado con dinero procedente del patrimonio de mi hija.
Legalmente…
Nunca fueron tuyos.
Mi suegra comenzó a respirar con dificultad.
—¿Entonces… nosotros no tenemos nada?
Mi padre la miró sin emoción.
—Tuvieron la oportunidad de tener una familia.
Pero eligieron aprovecharse de ella.
Trần Thụy dio un paso hacia mí.
—Dao…
Podemos hablar.
Miré al hombre que había desaparecido durante tres días mientras yo acababa de dar a luz.
Al hombre que alimentaba con cariño a otra mujer mientras su hijo recién nacido apenas lo conocía.
—Ya hablamos suficiente durante cinco años.
Levanté la carpeta del divorcio.
—Ahora solo queda firmar.
Él negó con la cabeza.
—No firmaré.
El abogado sonrió ligeramente.
—No es un problema.
Sacó otro documento.
—La demanda de divorcio por infidelidad ya fue presentada esta mañana.
Firmar únicamente aceleraría el proceso.
Su rostro perdió todo el color.
En ese momento sonó el timbre.
La empleada abrió la puerta.
Dos hombres vestidos con traje entraron mostrando sus credenciales.
—Señor Trần Thụy.
Venimos por orden del consejo de administración.
Su acceso a la empresa ha sido suspendido temporalmente mientras se investiga el uso indebido de fondos corporativos.
Él quedó completamente inmóvil.
—¿Qué…?
Mi padre se puso de pie.
—Olvidé mencionar algo.
La empresa donde trabajas…

También pertenece a nuestro grupo.
Y desde esta mañana…
Ya no trabajas allí.
Por primera vez desde que lo conocía, Trần Thụy comprendió que no había perdido solo a su esposa.
Había perdido el matrimonio, el trabajo, el patrimonio y el futuro… el mismo día en que creyó que podía regresar a casa como si nada hubiera pasado.