PARTE 2 — EL ABOGADO QUE ARRUINÓ SU TRAMPA

La sala quedó completamente en silencio.

Mi tía Beatriz fue la primera en reaccionar.

—¿Qué acabas de decir?

Sebastián dejó el folleto sobre la mesa con absoluta tranquilidad.

—Lo mismo que cualquier abogado diría después de leer esto.

Se volvió hacia Mateo.

—¿Cuántos hospitales ya aceptaron vender este producto?

Mateo vaciló apenas un segundo.

—Todavía ninguno.

—¿Y aun así ya prometiste comisiones?

—Es una oportunidad de negocio.

Sebastián sonrió ligeramente.

—No.

—Eso se parece mucho más a un problema penal.

Mi padre carraspeó.

—Joven, no hace falta exagerar.

Sebastián mantuvo el mismo tono sereno.

—Señor Cheng, llevo doce años litigando delitos económicos.

—He visto empresas desaparecer por mucho menos.

Mi madre intervino con nerviosismo.

—Solo queríamos que Valentina ayudara a su primo.

Lo miré.

—¿Mintiendo a hospitales?

Nadie respondió.

Mateo golpeó la mesa.

—¡Solo necesito que recomiende el producto!

—Los médicos decidirán.

—No.

—Necesito que uses tu cargo para abrirme puertas.

Por primera vez comprendí cuál había sido el verdadero motivo de aquella falsa emergencia.

No les preocupaba mi matrimonio.

Ni mi soltería.

Solo necesitaban mis contactos.

Sebastián cruzó lentamente los brazos.

—¿Sabes cómo se llama eso?

Mateo guardó silencio.

—Tráfico de influencias.

Mi tía perdió definitivamente la paciencia.

—¡Todo lo conviertes en un delito!

—Porque muchas veces lo es.

Ella señaló a Sebastián con el dedo.

—Solo eres un abogado.

Él asintió.

—Precisamente por eso sé reconocer un expediente antes de que exista.

Sacó una tarjeta de presentación del bolsillo.

La dejó frente a Mateo.

—Consúltame cuando recibas tu primera citación.

Nadie dijo una palabra.

Mi padre bajó la cabeza.

Mi madre evitó mirarme.

Por primera vez comprendían que aquello ya no era una discusión familiar.

Era un intento de utilizarme profesionalmente.

Respiré hondo.

—Escúchenme todos.

Las miradas se dirigieron hacia mí.

—Durante años soporté que hablaran de mi edad.

—De mi trabajo.

—De mi sueldo.

—De mi vida privada.

—Pensé que algún día dejarían de hacerlo.

Miré a mi tía.

—Me equivoqué.

Ahora pretendían utilizar mi carrera para vender un fraude.

Eso no iba a ocurrir.

Tomé el bolso.

—Desde hoy no volveré a participar en ninguna reunión organizada mediante mentiras.

Mi madre intentó detenerme.

—Valentina…

—No.

La interrumpí con calma.

—Si papá realmente tiene dolor en el pecho, llámenme.

—Si necesitan dinero para una operación, llámenme.

—Si necesitan ayuda porque alguien está enfermo, iré inmediatamente.

Hice una pausa.

—Pero no vuelvan a fingir una emergencia para manipularme.

El rostro de mi madre perdió todo el color.

Sabía que había cruzado un límite.

Cuando llegamos al automóvil, permanecimos unos segundos en silencio.

Después Sebastián arrancó el motor.

—¿Estás bien?

Sonreí.

—Mucho mejor de lo que esperaba.

Él asintió.

—Me alegro.

Lo miré de reojo.

—¿No vas a preguntarme por qué sigo soportando todo eso?

Negó con la cabeza.

—Cuando quieras contarlo, lo harás.

—No necesito presionarte.

Aquella respuesta me conmovió más que cualquier declaración romántica.

Después de unos minutos de silencio, sonó mi teléfono.

Era un número desconocido.

Contesté.

—¿La directora Valentina Cheng?

—Sí.

—Le llamamos de la Comisión Nacional de Supervisión Sanitaria.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurre?

La mujer habló con rapidez.

—Hace una hora recibimos una denuncia anónima sobre una red que intenta introducir productos médicos falsificados en varios hospitales.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Y por qué me llaman a mí?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Porque entre los documentos entregados aparece su nombre…

…como la persona que supuestamente había aceptado participar en el negocio.

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