PARTE 2: DIEZ AÑOS DESPUÉS, ÉL ERA QUIEN ESPERABA

A las siete de la mañana siguiente, Gabriel estaba frente a mi despacho.

No llevaba aquella expresión arrogante de la noche anterior.

—Helena, necesito hablar contigo.

—Tengo una operación que preparar.

—Sobre hace diez años.

Seguí revisando las imágenes cardíacas de su abuelo.

—Eso no tiene relevancia médica.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Lo que viste aquella noche no fue exactamente lo que creíste.

Por fin levanté la mirada.

—Te encontré en la cama con Isabel. Después me dijiste que habías estado conmigo para ponerla celosa.

—Estaba enfadado. Dije cosas que no sentía.

—Y funcionaron. Me fui.

Se quedó callado.

Entonces entró el director del hospital acompañado por varios oficiales superiores.

—Doctora Xu, el equipo internacional acaba de llegar.

Un hombre alto con bata blanca apareció detrás de ellos.

Mi esposo, Daniel.

Nuestra hija venía de su mano.

En cuanto me vio, corrió hacia mí.

—¡Mamá!

La levanté con cuidado.

Daniel me besó en la frente y después extendió la mano hacia Gabriel.

—Daniel Chen. Director del Centro Médico Internacional Meridian.

Gabriel tardó un instante en estrechársela.

El director del hospital sonrió.

—El doctor Chen dirige precisamente la institución con la que esperamos firmar nuestro convenio de cooperación.

Vi cómo Gabriel finalmente comprendía.

Yo no había regresado derrotada.

No necesitaba empleo.

No necesitaba recuperar un antiguo novio.

Había regresado porque su familia necesitaba mis manos.

Horas después entré al quirófano.

La operación duró casi siete horas.

Cuando salí, Gabriel fue el primero en levantarse.

—¿Mi abuelo?

Me quité la mascarilla.

—La intervención salió según lo previsto. Ahora debemos esperar su evolución.

Sus hombros se hundieron de alivio.

—Gracias.

—Es mi trabajo.

Intentó decir algo más.

No lo permití.

Dos días después ocurrió lo inesperado.

El antiguo comandante Gu despertó y pidió verme.

Cuando entré, sostuvo débilmente mi mano.

—Helena… necesito pedirte perdón.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque hace diez años supe lo que Isabel estaba haciendo.

Me quedé inmóvil.

El anciano confesó que Isabel había alimentado deliberadamente los celos entre Gabriel y yo durante meses. Pero Gabriel había elegido protegerla cada vez.

Nadie lo había obligado.

Aquello era lo importante.

Cuando salí, Gabriel esperaba afuera.

—Ahora conoces toda la verdad —dijo—. ¿Podríamos empezar de nuevo?

Lo miré sorprendida.

—Gabriel, aunque Isabel hubiera provocado cada discusión, tú tomaste tus propias decisiones.

Se quedó blanco.

—Tenía veintitantos años.

—Y yo también.

Mi teléfono vibró.

Daniel me esperaba abajo con nuestra hija.

Sonreí al leer el mensaje.

Gabriel vio mi expresión y entendió antes de que dijera nada.

—¿Lo amas?

—Muchísimo.

—¿Más de lo que me amaste a mí?

Pensé unos segundos.

—De otra manera. Con él nunca tengo que preguntarme si me elegirá.

Aquella respuesta pareció dolerle más que cualquier reproche.

Una semana después regresé a casa con mi familia.

Antes de marcharme, Gabriel me encontró junto al vehículo.

—Helena.

Me giré.

—Lo siento.

Esta vez no había excusas.

Asentí.

—Acepto tus disculpas.

Sus ojos se iluminaron apenas.

Entonces añadí:

—Pero perdonar a alguien no significa devolverle el lugar que perdió.

Subí al coche.

Mi hija estaba entre Daniel y yo, contándonos emocionada todo lo que quería hacer al llegar a casa.

Mientras nos alejábamos, no miré atrás.

Diez años antes había abandonado aquella región creyendo que Gabriel había elegido a Isabel sobre mí.

Ahora comprendía algo mucho más sencillo.

Él había hecho su elección.

Y yo también.

La diferencia era que la mía me había llevado exactamente hasta la vida que ya no cambiaría por él.

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