PARTE 2: DEMASIADO TARDE PARA ARREPENTIRSE

La tinta aún no terminaba de secarse cuando Evelyn cerró la carpeta con un movimiento preciso.

—Felicidades, señorita Miller.

Valeria levantó la vista.

—¿Por qué me felicita? Acabo de firmar mi divorcio.

Evelyn sonrió con serenidad.

—No. Acaba de recuperar su libertad.

Por primera vez en mucho tiempo, Valeria sintió que aquella palabra tenía sentido.

Libertad.

No significaba dinero.

Significaba no volver a esperar a un hombre que jamás la había amado.


Esa misma tarde…

En París.

Nathan Blackwood estaba sentado en la suite presidencial del Hôtel Plaza Athénée.

Frente a él, Camille Rhodes revisaba los bocetos de la fiesta donde anunciarían oficialmente su compromiso.

—Los Rhodes quieren que la prensa internacional esté presente —comentó ella.

Nathan apenas escuchaba.

Firmaba documentos relacionados con la expansión europea del Grupo Blackwood.

Su teléfono vibró.

Era Marcus.

Contestó sin levantar la vista.

—¿Ya firmó?

—Sí, señor.

Nathan dejó escapar un suspiro.

—Perfecto.

—Pero…

Por primera vez, Marcus dudó.

Nathan frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—La señora Miller rechazó completamente la compensación económica.

Nathan sonrió con desdén.

—Es cuestión de orgullo. Ya se le pasará.

Marcus guardó silencio.

—¿Algo más?

—No, señor.

Nathan colgó.

No volvió a pensar en Valeria.

Creía que aquella historia había terminado.


Mientras tanto…

En el hospital.

Arthur Whitaker entró por primera vez en la habitación.

Tenía más de setenta años.

Cabello completamente blanco.

Un bastón de madera oscura.

Y unos ojos idénticos a los de la madre de Valeria.

Ella permaneció inmóvil.

—¿Usted… es mi abuelo?

Arthur asintió lentamente.

—Llegué demasiado tarde para ser un buen padre con tu madre.

Su voz se quebró apenas un instante.

—Pero todavía estoy a tiempo de proteger a mi nieta.

Valeria no sabía qué sentir.

Había pasado toda la vida creyendo que no tenía familia.

Ahora aquel desconocido la miraba con una mezcla de culpa y orgullo.

Arthur se sentó junto a la cama.

—Leí el informe médico.

Observó los vendajes.

Las costillas inmovilizadas.

El hematoma alrededor del ojo.

Su mandíbula se tensó.

—¿Ese hombre hizo esto?

Valeria negó lentamente.

—Él no me golpeó con sus manos.

Hizo una breve pausa.

—Solo dio la orden.

Arthur cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no había tristeza.

Solo una calma peligrosa.

—Evelyn.

La secretaria dio un paso adelante.

—Sí, señor.

—Cancela cualquier negociación pendiente con Blackwood Group.

Valeria levantó la cabeza.

—¿Negociación?

Evelyn abrió otra carpeta.

—Desde hace cuatro meses, Blackwood Group intentaba convertirse en proveedor estratégico de Whitaker Global para el mercado europeo.

Valeria sintió un escalofrío.

Arthur continuó.

—El contrato aún no estaba firmado.

Miró directamente a su nieta.

—Y ya no lo estará.


Al día siguiente…

Nathan llegó a la sede europea de Whitaker Global convencido de que sería una reunión histórica.

Había preparado aquella negociación durante casi un año.

El director financiero lo recibió con una expresión incómoda.

—Señor Blackwood…

—¿Todo listo?

—Me temo que no.

Nathan frunció el ceño.

—¿Qué ocurrió?

El ejecutivo respiró profundamente.

—Hace treinta minutos recibimos instrucciones directas del presidente Arthur Whitaker.

Sacó una carta.

—Whitaker Global suspende indefinidamente todas las conversaciones comerciales con Blackwood Group.

Nathan permaneció inmóvil.

—¿Por qué?

El ejecutivo negó con la cabeza.

—No nos dieron explicaciones.

Solo una nota.

Nathan tomó la hoja.

Era una sola frase.

“La confianza no se negocia.”

No había firma.

Solo el sello oficial de Whitaker Global.

Nathan sintió una inquietud desconocida.

Algo no encajaba.


En ese mismo momento…

Marcus llamó nuevamente.

Esta vez su voz sonaba completamente alterada.

—Señor…

—¿Qué pasa ahora?

—Acaba de hacerse público un comunicado de Whitaker Global.

Nathan caminó hacia la ventana.

—¿Y?

—Nombraron oficialmente a una nueva accionista principal.

Nathan apenas prestó atención.

—Eso no nos afecta.

Marcus tragó saliva.

—Creo que sí.

Hubo un largo silencio.

—¿Quién es?

Marcus respondió lentamente.

—Valeria Miller.

Nathan dejó de respirar.

—¿Qué dijiste?

—Posee el treinta y siete por ciento de Whitaker Global.

El teléfono resbaló ligeramente entre sus dedos.

Por primera vez desde que conoció a Valeria…

Sintió un miedo que no podía controlar.

Y comprendió que el mayor error de su vida no había sido perder a una esposa.

Había sido destruir a la única persona que acababa de convertirse en mucho más poderosa que todo su imperio.

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