Aquella noche no hice una maleta.
Hice algo mucho más peligroso.
Abrí mi computadora.
Durante ocho años, Dante había cometido un error.
Pensaba que yo administraba su dinero.
No.
Yo administraba su imperio.
Sabía qué club generaba pérdidas.
Qué restaurante escondía las ganancias del trimestre.
Qué socio pagaba tarde.
Qué empresa necesitaba liquidez cada viernes para cubrir nóminas.
Y, sobre todo, sabía cuánto de aquel sistema funcionaba únicamente porque yo estaba allí.
A las dos de la mañana envié siete correos.
Renuncié como administradora de tres empresas.
Cancelé mi autorización sobre cuatro cuentas.
Entregué formalmente mis responsabilidades financieras.
Y separé legalmente todo lo que estaba a mi nombre.
No robé un centavo.
No necesitaba hacerlo.
Solo dejé de sostener lo que nunca había sido mío.
A las siete, Dante apareció en la cocina.
—¿Qué hiciste?
Seguí tomando café.
—Buenos días.
Arrojó su teléfono sobre la mesa.
—Contabilidad dice que renunciaste.
—Correcto.
—Retírala.
—No.
Dante me miró como si jamás hubiera escuchado aquella palabra de mi boca.
—Victoria, no estoy jugando.
—Yo tampoco.
Serena entró usando una bata de seda.
Mi bata.
—¿Está pasando algo?
La miré.
—Sí.
—¿Qué?
—Estás usando mi ropa.
Serena sonrió.
—Dante dijo que podía.
Me volví hacia él.
—Perfecto.
Tomé mi bolso.
—Entonces también puede llevar tus cuentas.
Dante me agarró de la muñeca.
—Siéntate.
—Suéltame.
—¿Quieres castigarme? Hazlo conmigo. No metas los negocios.
Me reí.
—Ese es tu problema.
—¿Cuál?
—Nunca entendiste que yo también era parte de los negocios.
Me soltó.
—Puedo contratar veinte contadores.
—Hazlo.
—No eres indispensable.
Asentí.
—Eso espero.
Me fui.
A las once de la mañana llamó.
No contesté.
A las doce, otra vez.
A las dos, treinta y siete mensajes.
A las cuatro apareció el primer problema.
Una transferencia de 2,4 millones quedó bloqueada porque nadie había renovado una garantía bancaria.
A las seis, un proveedor suspendió entregas.
A medianoche, uno de sus clubes no pudo pagar una factura crítica.
Nada de aquello era sabotaje.
Simplemente eran cosas que yo solucionaba antes de que Dante supiera que existían.
Segundo día.
Su abogado me llamó.
—El señor Moretti solicita que vuelva temporalmente para facilitar la transición.
—Mi tarifa es cinco mil dólares por hora.
Silencio.
—Victoria…
—Ese es mi precio.
Dante me llamó personalmente diez minutos después.
—¿Cinco mil?
—Pensé que doscientos mil dólares no eran tanto dinero.
Colgó.
Sonreí por primera vez en días.
Pero mi verdadera sorpresa llegó aquella tarde.
Un auditor llamado Samuel Ortega me pidió una reunión.
Habíamos trabajado juntos años atrás.
Colocó varios documentos frente a mí.
—Encontré algo extraño mientras revisaba las cuentas de Moretti.
—Ya no trabajo para él.
—Por eso puedo mostrártelo.
Señaló una transferencia.
120.000 dólares.
Exactamente la supuesta deuda de la familia Valdés.
Pero el dinero no había llegado a Mauricio Ledesma.
Había pasado por dos sociedades.
Y terminado en una cuenta vinculada a…
Serena Valdés.
Me quedé inmóvil.
—¿Estás seguro?
Samuel mostró otra página.
—Completamente.
Entonces revisamos los otros 77.000 dólares.
Las joyas.
El acuerdo.
Los supuestos gastos de protección.
Más de la mitad también había regresado indirectamente a Serena.
Sentí frío.
—Dante cree que pagó la deuda de su familia.
—No la pagó.
—Entonces Ledesma todavía…
—Tiene la deuda.
Me levanté.
—Tengo que advertirle.
Di dos pasos.
Me detuve.
¿Por qué?
Dante había usado mis ahorros sin preguntarme.
Había elegido a Serena.
Había firmado un matrimonio.
Había permitido que me humillara dentro de mi propia casa.
Aun así, ocho años no desaparecen en dos días.
Le envié un solo mensaje.
“Comprueba directamente con Ledesma si recibió los 120.000.”
Dante respondió inmediatamente.
“¿Qué encontraste?”
No contesté.
Tres horas después llamó.
Esta vez atendí.
No habló durante varios segundos.
—Ledesma nunca recibió el dinero.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta tarde.
—Ven a casa.
—No.
—Victoria.
—Es tu esposa. Resuélvelo con ella.
—No confío en ella.
Cerré los ojos.
Qué ironía.
—Pero te casaste con ella.
Colgué.
Aquella noche Serena desapareció.
También faltaban documentos internos del distrito oeste.
Dante finalmente entendió que su “esposa indefensa” había estado preparándose para algo.
Pero todavía no entendía qué.
Yo sí.
Serena no necesitaba protección de Mauricio Ledesma.
Trabajaba con él.
El matrimonio había sido una entrada.
Y Dante le había abierto personalmente la puerta.
Tres días después, recibí una visita.
Dante.
Parecía no haber dormido.
—Necesito tu ayuda.
—Contrata veinte contadores.
Su mandíbula se tensó.
—Me equivoqué.
—Eso no es una disculpa.
—Lo siento.
Lo observé.
Durante ocho años había imaginado aquel hombre diciéndome que me necesitaba.
Ahora que finalmente ocurría, no sentí nada.
—Serena desapareció con información de mis empresas.
—Lo sé.
Dante levantó la mirada.
—¿Cómo?
Saqué una carpeta.
—Porque yo también investigué.
Le mostré las transferencias.
Las sociedades.
Las cuentas.
Su rostro se volvió oscuro.
—Voy a encontrarla.
—Ese sigue siendo tu problema.
—¿Qué quieres decir?
—Que todavía crees que Serena es el centro de esto.
Dante frunció el ceño.
—¿No lo es?
Negué.
—Alguien le proporcionó información que solo conocían tres personas.
—¿Quiénes?
—Tú.
Señalé mi pecho.
—Yo.
Luego puse sobre la mesa un documento.
—Y tu hermano, Marco.
Dante se quedó inmóvil.
Marco Moretti era su hermano mayor.
También era el hombre que llevaba siete años administrando las operaciones del puerto.
—Imposible.
—Mira la firma.
Dante leyó.
Su rostro cambió.
Una autorización había permitido a Serena acceder a los documentos del distrito oeste.
Firma:
Marco Moretti.
—Voy a matarlo.
—No.
Dante levantó los ojos.
—¿Qué?
—Eso es exactamente lo que esperan.
—¿Quiénes?
—Serena. Ledesma. Y posiblemente Marco.
Me acerqué.
—Quieren una guerra dentro de tu familia.
Por primera vez, Dante me escuchó sin interrumpir.
—Entonces dime qué hacemos.
—No existe “hacemos”.
Su expresión se endureció.
—Victoria…
—Yo ya me fui.
—Te devolveré el dinero.
—No quiero el dinero.
—Entonces dime qué quieres.
Pensé en los ocho años.
Las noches esperando.
Las promesas aplazadas.
Las tres veces que pedí matrimonio.
—Quiero exactamente lo que me diste.
—¿Qué?
—Nada.
Me levanté.
Dante me sujetó suavemente del brazo.
Esta vez no con autoridad.
Con desesperación.
—No sé hacer esto sin ti.
Lo miré.
—Ese nunca fue mi sueño, Dante.
—¿Qué?
—Ser necesaria.
Me solté.
—Yo quería ser elegida.
Salí.
Creí que aquello cerraba nuestra historia.
Pero una semana después, Samuel volvió a llamarme.
—Victoria, encontramos otra transferencia.
—¿De Serena?
—No.
—¿De Marco?
—Tampoco.
Su voz sonaba extraña.
—Es una cuenta que lleva ocho años enviándote dinero.
Fruncí el ceño.
—Nadie me envía dinero.
—No directamente.
Me mostró los registros.
Cada bonificación que yo había recibido.
Cada aumento.
Cada comisión extraordinaria.
Durante ocho años pensé que Dante los autorizaba.
No era así.
El origen era una sociedad privada.
MORETTI LEGACY HOLDINGS.
—¿De quién es?
Samuel tragó saliva.
—Del padre de Dante.
Sentí que el corazón me daba un golpe.
—Murió hace nueve años.
—Sí.
—Entonces no tiene sentido.
Samuel colocó un documento delante de mí.
Era un fideicomiso.
Creado meses antes de su muerte.
Beneficiaria:
Victoria Salazar.
Me quedé mirando mi nombre.
—¿Por qué el padre de Dante me dejaría dinero?
Samuel pasó a la última página.
Había una carta.
Escrita ocho años atrás.
“Para Victoria, cuando finalmente descubra por qué entró realmente en la familia Moretti.”
Mis dedos comenzaron a temblar.
—¿Qué significa esto?
Samuel sacó otro documento.
Un certificado de nacimiento.
El mío.
Pero el nombre de mi padre no era el hombre que me había criado.
Era alguien que jamás había visto escrito allí.
Alessandro Moretti.
El padre de Dante.
Dejé caer el documento.
—No.
Samuel palideció.
—Victoria…
Negué una y otra vez.
—No puede ser.
Si aquel documento era auténtico, Dante no era simplemente el hombre al que había amado durante ocho años.
Era mi medio hermano.
Pero entonces Samuel deslizó una segunda prueba sobre la mesa.
—Hay un problema.
—¿Qué puede ser peor?
—Este certificado es falso.
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Falso?
—Fue creado hace ocho años.
Exactamente cuando comenzaste a trabajar para Dante.
Mi sangre se heló.
—¿Quién lo creó?
Samuel giró el documento.
En la autorización aparecía una firma.
La reconocí inmediatamente.
Marco Moretti.
Y de repente comprendí que Serena no había entrado en nuestras vidas para destruir mi relación con Dante.
Alguien llevaba ocho años intentando separarnos.
Mucho antes de que ella apareciera.