PARTE 2: DEMASIADO TARDE

Adrian leyó la carta tres veces.

—¿Dónde están mis hijos?

Su asistente tragó saliva.

—Con la señora Carter.

—¿Adónde se fue?

—No quiso decirlo.

Adrian sacó inmediatamente el teléfono.

Emily lo había bloqueado.

Llamadas.

Mensajes.

Correo.

Todo.

Entonces apareció un hombre al final del pasillo.

Traje gris. Maletín negro.

—Señor Blake, soy Daniel Foster, abogado de Emily Carter.

Adrian apretó la carta.

—Quiero ver a mi esposa.

—Exesposa, próximamente.

Daniel le entregó una carpeta.

Demanda de divorcio.

Solicitud de custodia.

Separación patrimonial.

Adrian levantó la mirada.

—Ella no tiene trabajo. Yo mantengo esta familia.

El abogado sonrió apenas.

—Ese será un argumento interesante.

—¿Qué significa?

—Emily volvió a ejercer hace meses.

Adrian quedó inmóvil.

—Imposible.

—Mientras usted estaba ocupado con la señorita Moore, su esposa recuperó su licencia profesional y comenzó a colaborar discretamente con uno de los bufetes más importantes de Chicago.

Adrian sintió que algo se hundía dentro de él.

Emily había estado reconstruyendo su vida delante de sus ojos.

Y él ni siquiera lo había notado.

—¿Dónde está?

Daniel cerró el maletín.

—Preparándose para volver a trabajar.

—Acaba de dar a luz.

—Precisamente por eso necesita tranquilidad.

Adrian dio un paso hacia él.

—Son mis hijos.

—Y nadie está negando eso. Pero ser padre no significa aparecer cinco días después y exigir que todo siga igual.

Aquella frase lo silenció.

Su teléfono comenzó a sonar.

Vanessa.

Adrian rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

Por primera vez, Vanessa podía esperar.

Pero Emily ya no.

Tres semanas después, Adrian entró en una sala privada para la primera reunión del divorcio.

Esperaba encontrar a la mujer agotada que había dejado en casa.

En cambio, Emily estaba sentada frente a una montaña de documentos.

Traje oscuro.

Cabello recogido.

Mirada firme.

Por un segundo vio a la abogada de la que se había enamorado siete años atrás.

—Emily…

Ella levantó la vista.

—Señor Blake. Siéntese.

Señor Blake.

Dos palabras bastaron para hacerle comprender la distancia entre ellos.

Adrian tomó asiento.

—Quiero arreglar nuestro matrimonio.

—Yo quiero terminarlo.

—Vanessa no significa nada.

Emily sonrió con tristeza.

—Entonces abandonaste a tu esposa durante el nacimiento de tus tres hijos por alguien que no significa nada.

Adrian no pudo responder.

Emily empujó una carpeta hacia él.

—Firma.

—¿Y si me niego?

—Entonces iremos a juicio.

Lo miró directamente.

—Y tendrás que explicar públicamente dónde estabas mientras nacían tus hijos.

Adrian palideció.

Pero antes de contestar, la puerta se abrió.

Vanessa apareció llorando.

—Adrian, necesito hablar contigo.

Emily la observó.

Después miró a su esposo.

Era la misma elección de siempre.

Solo que esta vez ella no esperaba conocer la respuesta.

Adrian se puso de pie.

Vanessa sonrió.

Emily cerró tranquilamente la carpeta.

Entonces Adrian caminó hacia la puerta…

y la cerró delante de Vanessa.

—Esta vez me quedo.

Emily lo miró durante varios segundos.

Luego deslizó nuevamente los documentos hacia él.

—Qué pena.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué?

—La noche que nacieron nuestros hijos era la vez que importaba.

Dejó un bolígrafo sobre la mesa.

—Y esa elección ya la hiciste.

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