Alexander sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué compradores?
Su voz ya no tenía la seguridad con la que había entrado minutos antes.
Clara acomodó con calma el abrigo de Sophia.
—Los nuevos propietarios de esta mansión.
Evelyn soltó una pequeña risa.
—Alexander, creo que tu esposa intenta asustarnos.
El mayordomo tragó saliva.
Había servido a la familia Whitmore durante más de treinta años.
Nunca había visto a la señora Clara mentir.
—Señor… la escritura se firmó ayer ante notario.
Alexander giró bruscamente.
—¿Qué escritura?
El anciano bajó la cabeza.
—La venta completa de la propiedad.
El patio quedó en silencio.
Incluso los sirvientes dejaron de descargar los baúles.
Alexander avanzó dos pasos.
—Clara… esta casa pertenece a la familia Whitmore.
Ella negó con tranquilidad.
—Pertenecía.
Sacó una carpeta de cuero de su bolso.
Dentro estaba la copia del contrato.
La abrió sobre la mesa del jardín.
—Hace cinco años terminé de pagar la última deuda que dejaste.
Pasó la primera página.
—Dos años después liquidé la hipoteca.
Otra página.
—Y el tribunal declaró la propiedad exclusivamente a mi nombre, porque durante siete años no aportaste un solo centavo ni respondiste a ninguna notificación.
Alexander sintió que el aire desaparecía.
—Eso es imposible.
—No.
Clara sostuvo su mirada.
—Lo imposible fue mantener esta casa mientras todos repetían que mi esposo volvería para salvarnos.
Evelyn dio un paso adelante.
—Alexander, dile que cancele la venta.
Como si fuera tan sencillo.
Como si siete años pudieran borrarse con una orden.
Clara sonrió.
—No puedo cancelar nada.
—¿Por qué?
—Porque el comprador ya pagó el noventa por ciento.
El mayordomo añadió en voz baja:
—Y la cláusula de incumplimiento exige devolver el doble del importe recibido.
Evelyn perdió la sonrisa.
—¿Cuánto dinero es eso?
—Más de lo que vale toda esta mansión.
Alexander comenzó a comprender.
Ella no había vendido la casa por desesperación.
Lo había hecho para marcharse definitivamente.
Sin dejar ningún puente detrás.
En ese instante, varios automóviles negros entraron lentamente por la avenida principal.
No eran carruajes.
Eran modernos vehículos extranjeros.
Cuatro hombres descendieron con trajes impecables.
Detrás de ellos apareció una mujer de unos cincuenta años, elegante, con un sombrero azul oscuro y un bastón de plata.
El mayordomo hizo una reverencia.
—Bienvenida, señora Ashcroft.
La mujer observó la mansión apenas unos segundos antes de acercarse directamente a Clara.
No miró a Alexander.
Ni a Evelyn.
Mucho menos a los baúles que ocupaban el patio.
Se detuvo frente a Clara.
—Señora Whit… —hizo una breve pausa y sonrió—. Perdón.
—Señora Clara.
—Todo está preparado para su viaje.
Sophia corrió a abrazarla.
—¿Abuela Eleanor!
Alexander frunció el ceño.
No conocía a aquella mujer.
Pero la forma en que todos los empleados la trataban dejaba claro que no era una visitante cualquiera.
Eleanor tomó las manos de Clara con afecto.
—Lamento haber llegado antes de la fecha prevista.
—No imaginé que encontraríamos invitados.
Solo entonces dirigió una mirada fría hacia Alexander.

—¿Quiénes son?
Clara respondió con absoluta serenidad.
—Personas que creen haber vuelto a una casa… que dejó de pertenecerles hace mucho tiempo.