Xia Jingheng fue la única persona que aceptó reunirse conmigo.
Aquel día llegué a su oficina con unos zapatos desgastados, una carpeta llena de bocetos y apenas suficiente dinero para pagar el alquiler de aquel mes.
Él hojeó mi proyecto durante casi una hora.
Cuando terminó, levantó la vista.
—La idea es buena.
Aquellas cuatro palabras fueron suficientes para que mis ojos se humedecieran.
Nadie me había dicho eso antes.
Todos los demás inversores habían considerado mi proyecto demasiado arriesgado.
Xia Jingheng, en cambio, preguntó:
—¿Cuánto necesitas?
Así comenzó todo.
Primero fue mi inversor.
Después, mi socio.
Finalmente, se convirtió en mi esposo.
Pero nadie me advirtió que, mientras me convertía en la señora Xia, poco a poco dejaría de ser yo misma.
Tres horas después de abandonar aquella casa, mi avión aterrizó en otra ciudad.
Encendí el teléfono.
Tenía diecisiete llamadas perdidas.
Todas de Xia Jingheng.
También había un mensaje:
«¿Dónde estás?»
Lo miré durante unos segundos y respondí:
«Ya me fui.»
El teléfono sonó inmediatamente.
Contesté.
—¿Qué significa que te fuiste?
Su voz ya no tenía aquella tranquilidad de la noche anterior.
—Exactamente eso.
—¿Y los niños?
Cerré los ojos.
Aquella pregunta todavía dolía.
—Están contigo. Como siempre quisieron.
Hubo un silencio.
—¿Estás intentando castigarme?
—No, Jingheng. Por primera vez estoy dejando de castigarme a mí misma.
Colgué.
En el aeropuerto me esperaba una mujer con el cabello corto y una enorme sonrisa.
—¡Por fin!
Era Lin Qiao, mi antigua compañera de universidad.
Me abrazó con tanta fuerza que casi hizo caer mi maleta.
Después me observó de arriba abajo.
—Tres años sin verte y pareces otra persona.
Sonreí.
—Lo soy.
Lin Qiao abrió el maletero del coche.
—El laboratorio está preparado. También conseguí que revisaran tus antiguos diseños.
Me detuve.
—¿Mis diseños?
—Sí. Especialmente el dispositivo de rehabilitación.
Mi corazón dio un vuelco.
Aquel proyecto había permanecido guardado durante años.
Lin Qiao sonrió.
—Una empresa extranjera quiere financiarlo.
Por primera vez en mucho tiempo sentí algo que había olvidado.
Emoción.
No por ser esposa.
No por ser madre.
Por mí.
Mientras tanto, en la residencia Xia, la ausencia comenzó a hacerse visible mucho antes de lo que ellos esperaban.
Esa tarde, Xiao Man preguntó:
—¿Dónde está mamá?
Xia Jingheng respondió sin apartar los ojos del teléfono:
—Volverá cuando se calme.
Pero llegó la noche.
Yo no regresé.
A la mañana siguiente tampoco había desayuno preparado.
Xiao Yu no encontraba una pieza de repuesto para su robot.
—Mamá sabe dónde está.
—Pregúntale a Lingyi —respondió Xiao Man.
Shen Lingyi había llegado temprano, segura de que podría sustituirme con facilidad.
Sin embargo, cuando intentó revisar el robot, Xiao Yu frunció el ceño.
—No toques eso.
Ella quedó desconcertada.
—Pensaba que querías que te ayudara.
El niño apretó los labios.
—Mamá lo construyó conmigo.
Fue la primera vez que Xia Jingheng levantó lentamente la cabeza.
—¿Tu madre?
—Sí.
Xiao Yu señaló varios componentes.
—Ella diseñó esta parte.
Xia Jingheng se quedó inmóvil.
Aquella misma tarde entró en mi antiguo estudio.
Durante años casi nunca había cruzado aquella puerta.
Abrió un cajón.
Dentro encontró decenas de cuadernos.
Bocetos.
Modelos.
Patentes antiguas.
Y finalmente, una carpeta amarillenta.
En la portada estaba escrito mi nombre.
No «señora Xia».
Mi nombre.
Debajo aparecía el título del proyecto que él había financiado años atrás.
Xia Jingheng pasó las páginas lentamente.
Entonces descubrió algo que lo dejó completamente paralizado.
La tecnología central de aquel proyecto…
había sido desarrollada únicamente por mí.
En ese momento su teléfono sonó.
Era su abogado.
—Señor Xia, tenemos un problema con el acuerdo de divorcio.
—¿Qué problema?
—Las acciones del estudio que la señora Xia solicita dividir han aumentado enormemente de valor. Además, hemos descubierto que varias patentes fundamentales fueron registradas originalmente a nombre de ella.
Xia Jingheng miró los cuadernos esparcidos sobre el escritorio.
—¿Cuánto valen?
El abogado permaneció en silencio unos segundos.
Después pronunció una cifra.
Por primera vez en muchos años, Xia Jingheng perdió completamente la compostura.
Pero aquello no era lo peor.
El abogado continuó:
—Hay otra cosa. Esta mañana recibimos una notificación. Una compañía internacional acaba de presentar una oferta para colaborar directamente con su esposa.
—¿Mi esposa?
—Sí.
Xia Jingheng apretó el teléfono.
—¿Dónde está?
—No lo sabemos.
Justo entonces, Xiao Yu apareció en la puerta.
Tenía los ojos rojos.
—Papá…
Xia Jingheng se volvió.
—¿Qué ocurre?
El niño sostenía su robot contra el pecho.

—Llamé a mamá.
—¿Y?
Xiao Yu bajó la cabeza.
—Dijo que no volverá a vivir aquí.
Desde el pasillo, Xiao Man comenzó a llorar.
—Quiero a mamá.
Shen Lingyi intentó abrazarla.
La niña se apartó.
—¡No! ¡Quiero a mi verdadera mamá!
Aquellas palabras hicieron que el rostro de Shen Lingyi perdiera todo color.
Xia Jingheng permaneció inmóvil.
La casa que durante tres años había funcionado silenciosamente gracias a una persona que todos daban por sentada parecía haberse desmoronado en apenas cuarenta y ocho horas.
Y a cientos de kilómetros de allí, yo estaba sentada nuevamente frente a una mesa de diseño.
Lin Qiao dejó un contrato delante de mí.
—Si firmas, serás la directora principal del proyecto.
Miré mi nombre impreso en la primera página.
Mis dedos temblaron ligeramente.
Habían pasado tres años desde la última vez que alguien me había presentado por mis propios méritos.
Tomé el bolígrafo.
Y firmé.
En ese preciso instante comprendí algo.
Yo pensaba que estaba abandonando un matrimonio.
Pero en realidad…
estaba recuperando la vida que había dejado atrás el día que todos comenzaron a llamarme simplemente “señora Xia”.