Gabriel permaneció inmóvil.
—No sabía que estabas embarazada.
—Exacto.
Lo miré.
—Porque cuando el hospital intentó avisarte, apagaste el teléfono.
Sus manos comenzaron a temblar sobre el volante.
—Laura…
—Te llamaron seis veces. Yo te llamé cuatro. En la última llamada estabas con Victoria y decidiste que no querías más interrupciones.
Gabriel palideció.
—Si hubiera sabido…
—¿Habrías regresado? —pregunté—. ¿O primero habrías preguntado si Victoria podía viajar contigo?
No respondió.
Eso fue suficiente.
Al llegar a casa saqué una carpeta de mi bolso y la dejé frente a él.
Papeles de divorcio.
Gabriel los miró como si fueran una sentencia.
—No voy a firmar.
—Entonces lo resolverán los abogados.
—Puedo cambiar.
Negué.
—El problema es que cambiaste después de perder algo que creías que siempre estaría esperándote.
Durante las semanas siguientes, Gabriel hizo todo lo que antes me había negado.
Cortó contacto con Victoria.
Canceló viajes.
Llegaba temprano.
Intentaba cocinar.
Dejaba flores.
Pero yo ya había alquilado otro apartamento.
El día que me marché, encontró sobre la mesa una pequeña caja.
Dentro estaba la ecografía.
Gabriel la sostuvo durante mucho tiempo.
—¿Era…?
—Nuestro hijo.
Se cubrió el rostro.
Por primera vez lo vi llorar.
—Dame otra oportunidad.
—Te di muchas. Solo que entonces no parecían importantes porque pensabas que habría otra después.
Tomé mi maleta.
Victoria apareció nuevamente semanas más tarde.
Gabriel descubrió entonces que ella había sabido de mi embarazo antes del viaje. Había visto una notificación médica en su teléfono y la había eliminado por miedo a que él cancelara el vuelo.
Gabriel la expulsó de su vida.
Pero aquella verdad no cambió mi decisión.
Él había elegido ignorarme mucho antes de que Victoria borrara aquel mensaje.
Seis meses después, el divorcio quedó finalizado.
La última vez que nos vimos fue al salir del juzgado.
—Laura —me llamó.
Me detuve.
—¿Alguna vez podrás perdonarme?
Pensé en la nieve.
En aquella mesa reservada para dos.
En el teléfono que dejó de responder mientras yo estaba en el hospital.
—Ya te perdoné.
Sus ojos recuperaron un poco de esperanza.
Entonces terminé:

—Pero perdonar no significa regresar.
Me marché sin volver la cabeza.
Gabriel había pasado años diciéndome que Victoria era “solo una amiga”, que yo exageraba y que siempre habría otra oportunidad para nosotros.
Solo cuando me perdió comprendió algo muy sencillo:
yo no me divorcié de él el día que firmamos los papeles. Me fui aquella noche de Nochevieja, cuando nuestro bebé murió y él decidió no contestar el teléfono.