—Zhenzhen.
Mi voz salió más tranquila de lo que esperaba.
—Ayúdame a comprar un billete.
Hubo un silencio.
—¿Adónde?
Miré aquella casa enorme donde había vivido como la esposa perfecta durante años.
—A cualquier lugar donde Chu Ziyan no pueda encontrarme.
Zhenzhen no preguntó qué había pasado.
Solo dijo:
—Voy por ti.
Colgué y subí al dormitorio.
No destruí fotografías.
No rompí regalos.
No dejé ninguna carta dramática.
Simplemente saqué una maleta y guardé lo que realmente me pertenecía.
Mi documentación.
Mi ropa.
Las pocas cosas que conservaba de antes de casarme.
Después abrí el cajón donde Chu Ziyan guardaba nuestros certificados y coloqué encima mi anillo.
Diez años de amor cabían perfectamente dentro de un círculo diminuto.
A las cuatro de la tarde, Zhenzhen llegó.
Cuando me vio con una sola maleta, sus ojos se enrojecieron.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Él sabe?
Negué.
—Todavía cree que esta noche lo esperaré para cenar.
A las siete y veinte, Chu Ziyan llamó.
No contesté.
A las siete y cuarenta volvió a llamar.
Después llegaron mensajes.
“Esposa, voy tarde.”
“Espérame.”
“Te compré tu pastel favorito.”
Apagué el teléfono.
A esa hora yo ya estaba camino al aeropuerto.
Lo que supe después me lo contó Zhenzhen.
Chu Ziyan llegó a casa poco antes de las diez.
Entró llamándome.
Nadie respondió.
La empleada doméstica salió confundida.
—Señor, la señora salió esta mañana.
—¿Adónde?
—Dijo que esta noche no hacía falta preparar la cena.
Chu Ziyan subió corriendo.
Abrió el armario.
Faltaba mi ropa.
Entonces vio el anillo.
Por primera vez, comprendió que aquello no era una pelea.
Me había marchado.
Su teléfono sonó.
Era la chica que había elegido aquella mañana.
Lo rechazó.
Volvió a llamarme.
Una vez.
Diez.
Treinta.
Nada.
Finalmente llamó a Zhenzhen.
—¿Dónde está Bihan?
—¿Ahora te preocupa?
—Dime dónde está.
—¿Por qué no se lo preguntas a tu “exnovia”?
Silencio.
Zhenzhen continuó:
—Bihan estuvo anoche fuera de aquella habitación, Chu Ziyan.
Él dejó de respirar.
—Escuchó todo.
—No…
—Sí.
Entonces comprendió.
Las perlas rotas.
Mi pregunta sobre dónde había pasado la noche.
Mi tranquilidad aquella mañana.
Yo lo sabía.
Y aun así le había preparado el desayuno.
Lo había acompañado hasta la puerta.
Incluso le había dicho:
“Ve. No hagas esperar a los demás.”
—¿Dónde está? —preguntó otra vez.
Esta vez su voz temblaba.
Zhenzhen respondió:
—Lejos de ti.
Y colgó.
Tres meses después, yo vivía en otra ciudad.
Había vuelto a trabajar.
Antes de casarme había estudiado diseño arquitectónico, pero abandoné mi carrera cuando Chu Ziyan comenzó a expandir sus negocios.
Él decía:
—Yo ganaré suficiente por los dos.
Entonces me pareció romántico.
Ahora entendía cuánto había entregado.
Empecé desde abajo.
Y me gustó.
Mi primer sueldo no podía compararse con el dinero de Chu Ziyan.
Pero cuando vi aquella transferencia en mi cuenta, lloré.
Era mío.
Completamente mío.
Una tarde salí del edificio y lo vi.
Chu Ziyan estaba al otro lado de la calle.
Más delgado.
Cansado.
Sin aquella seguridad que siempre parecía acompañarlo.
Cruzó hacia mí.
—Bihan.
Seguí caminando.
Él se puso delante.
—Te he buscado durante tres meses.
—Ya me encontraste.
Sus ojos se humedecieron.
—Terminé con ella.
Lo miré sin emoción.
—Eso ya no tiene relación conmigo.
—Cometí un error.
—No fue un error.
Mi voz permaneció serena.
—Un error ocurre una vez. Tú mentiste durante seis meses. Volviste a casa, me abrazaste, me llamaste esposa y luego corriste hacia ella.
Bajó la cabeza.
—Todavía te amo.
Sonreí tristemente.
—Eso es lo peor, Ziyan.
Me miró.
—Quizá sí me amabas.
Hice una pausa.
—Pero me amabas creyendo que yo nunca tendría el valor de irme.
Su rostro se quebró.
Sacó algo del bolsillo.
Una perla.
Una de las que habían caído aquella noche.
—La encontré frente a la puerta.
Entonces entendió definitivamente que yo había escuchado todo.
—Bihan, dame otra oportunidad.

Negué.
—Te di diez años.
Pasé a su lado.
Esta vez no intentó detenerme.
Seis meses después firmamos el divorcio.
Chu Ziyan conservó su dinero, sus empresas y aquella casa enorme.
Yo no pedí nada que no me correspondiera.
Solo recuperé mi nombre.
Mi profesión.
Mis amigos.
Mi vida.
Mucho tiempo después, Zhenzhen me preguntó:
—¿Nunca te arrepentiste de marcharte sin darle una oportunidad de explicarse?
Miré por la ventana de mi nuevo apartamento.
—No.
—¿Por qué?
Sonreí.
Porque finalmente había entendido algo muy sencillo.
El día que me fui, no abandoné al hombre que había amado durante diez años.
Ese hombre ya se había marchado mucho antes.
Yo simplemente fui la última en salir.