Cuatro meses después, yo ya vivía en Hangzhou.
Había comprado una casa pequeña cerca del lago, contratado a una niñera y colocado casi todo el dinero en inversiones administradas por profesionales.
Sebastián cumplía con las visitas.
El primer domingo de cada mes aparecía exactamente a las diez.
Nunca llegaba tarde.
Jugaba con los niños.
Comía con ellos.
Y a las seis se marchaba.
Conmigo apenas hablaba.
Hasta que una tarde llegó acompañado del mismo abogado.
—Señorita Jiang —dijo el hombre—, necesito corregir un error.
Sebastián lo miró con una expresión mortal.
—Tu error.
El abogado tragó saliva.
Sacó la carpeta que yo había firmado.
—Los 10.000 millones no eran una indemnización de ruptura.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces qué eran?
Abrió la página que yo no le había permitido explicar.
Transferencia irrevocable de patrimonio familiar a Jiang Wan.
Lo miré.
—¿Qué significa esto?
Sebastián respondió:
—Que el dinero es tuyo.
—Eso ya lo sé.
—No.
Se acercó.
—Quiero decir que nunca fue para comprarte y echarte.
El abogado explicó el resto.
Después del nacimiento de nuestra hija, Sebastián había creado un fideicomiso para mí y los niños.
Los 10.000 millones representaban la primera transferencia.
La mansión también debía pasar a mi nombre.
Y existía un documento adicional.
Una propuesta de matrimonio.
Me quedé completamente quieta.
Después me reí.
—¿Me estás diciendo que mandaste a un abogado a pedirme matrimonio?
Sebastián cerró los ojos.
—Cuando lo dices así, suena peor.
—Porque es peor.
El abogado decidió prudentemente salir de la habitación.
—¿Entonces por qué me escribiste “vete”?
—Porque me dijeron que habías aceptado el dinero y rechazado escuchar el resto.
—¿Y tu reacción fue echarme?
—Estaba furioso.
—Muy romántico.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Nunca he sabido hacer esto.
—Eso sí te lo creo.
Entonces dejó algo sobre la mesa.
No era un anillo.
Era mi expediente del hospital.
—Llegué el día que nació nuestra hija.
Mi sonrisa desapareció.
—No estabas allí.
—Sí estaba.
Me mostró una fotografía.
Sebastián aparecía detrás del cristal de neonatología mirando a nuestra hija.
—Mi padre me llamó antes de que pudiera entrar contigo. Amenazó con quitarte a los niños si yo convertía nuestra relación en un matrimonio formal.
Sentí frío.
—¿Qué?
—Para él eras adecuada para dar herederos. No para convertirte en señora Zhou.
Aquello explicaba demasiado.
—Así que preparé la transferencia antes de enfrentarlo. Quería asegurarme de que, pasara lo que pasara conmigo, nadie pudiera dejarte sin recursos ni utilizar a los niños para controlarte.
—¿Y la mansión?
—También tuya.
—¿Y el matrimonio?
Sebastián me miró.
—Eso era lo único que podías rechazar.
Guardé silencio.
—Wan, durante tres años hice algo imperdonablemente estúpido.
—Tendrás que ser más específico.
Por primera vez sonrió.
—Creí que darte dinero era suficiente para demostrar que me hacía responsable de ti.
—Yo no quería que fueras responsable de mí.
—Ahora lo sé.
Miró hacia el jardín, donde nuestros hijos jugaban.
—Quería una familia y actué como si estuviera negociando una adquisición.
—También me pediste hijos como quien encarga muebles.
Su expresión se endureció de vergüenza.
—Lo sé.
—Y cuando nació nuestra hija, me fui sola del hospital.
—Lo sé.
—Eso no desaparece porque exista una carpeta que yo no leí.
—También lo sé.
Aquella fue la primera conversación realmente honesta que tuvimos en tres años.
Y no terminó con una reconciliación.
—No voy a volver contigo —le dije.
Sebastián asintió.
—De acuerdo.
Pareció dolerle, pero no discutió.
—¿Y el dinero?
—Tuyo.
—¿La casa?
—Tuya.
—¿Aunque nunca vuelva?
Me miró directamente.
—Nunca fueron el precio de tu regreso.
Durante el año siguiente, Sebastián siguió viniendo.
Pero algo cambió.
Ya no llegaba únicamente el primer domingo.
Si nuestro hijo tenía una presentación escolar, estaba allí.
Si nuestra hija enfermaba, aparecía.
Aprendió a preparar biberones.
A cambiar pañales.
A reconocer qué peluche necesitaba cada niño para dormir.
Y, lentamente, dejó de tratarme como una obligación adquirida.
Un día nuestro hijo le preguntó:
—Papá, ¿por qué no vives aquí?
Sebastián me miró antes de responder.
Ese pequeño gesto me sorprendió.
Por primera vez no decidió por ambos.
—Porque mamá y yo todavía estamos aprendiendo a llevarnos bien.
—¿Hiciste algo malo?
Sebastián asintió.
—Muchas cosas.
—Entonces pide perdón.
Casi me atraganté con el té.
Sebastián se volvió hacia mí.
—Tu hijo es despiadado.
—También es tuyo.
Esa noche, antes de marcharse, dejó un sobre sobre la mesa.
Pensé que sería otro contrato.
Dentro solo había una hoja.
“Jiang Wan:
No te pido que regreses.
No te pido que olvides.
Solo quiero convertirme en alguien a quien nuestros hijos puedan querer sin que tú tengas que inventar excusas por mí.
Sebastián.”
Guardé aquella carta.
No porque lo hubiera perdonado.
Porque era la primera cosa que me daba sin ponerle un precio.
Dos años después regresé a Beijing por el cumpleaños de su abuela.
La anciana tomó mi mano.
—¿Todavía no has aceptado casarte con ese idiota?
Sebastián casi dejó caer la taza.
—Abuela.
—¿Qué? Tardaste tres años en descubrir que estabas enamorado de la madre de tus propios hijos.
Lo miré.
—¿Tres?
La anciana sonrió.
—Querida, aquel hombre empezó a dormir en el despacho después de tu primer embarazo porque decía que si entraba demasiado en tu habitación acabaría olvidando el acuerdo que había hecho contigo.
Sebastián se levantó.
—Me voy.
—Siéntate —dijimos ambas.
Se sentó.
Aquella noche hablamos hasta las dos de la madrugada.
No de dinero.
Ni de herederos.
Ni de la familia Zhou.
De nosotros.

Meses después, Sebastián volvió a Hangzhou.
Esta vez llegó solo.
Sin abogado.
Sin carpeta.
Sin transferencia bancaria.
Sacó un anillo.
—La última vez intenté pedirte matrimonio mediante documentos legales.
—Una estrategia inolvidable.
—Esta vez voy a probar algo revolucionario.
Se arrodilló.
—Preguntarte.
Lo miré durante varios segundos.
—¿Y si digo que no?
—Me levantaré, iré a buscar a los niños mañana como siempre y seguiré intentando ser un buen padre.
—¿Sin quitarme los 10.000 millones?
Sebastián suspiró.
—Sabía que nunca superarías eso.
Sonreí.
—No.
Su rostro cambió.
Entonces extendí la mano.
—No superaré jamás que pagaras 10.000 millones antes de aprender a decir “te quiero”.
Tardó dos segundos en entender.
Después se rio.
No nos casamos porque su familia necesitara herederos.
Ni porque yo necesitara dinero.
Ni porque tuviéramos dos hijos.
Nos casamos porque, después de años tratando nuestras vidas como contratos, finalmente aprendimos a elegirnos.
Y los 10.000 millones que acepté antes de que aquel abogado terminara de hablar jamás fueron el precio para que desapareciera.
Fueron la prueba más absurda de que Sebastián Zhou podía mover una fortuna entera con una firma…
pero necesitó años para aprender a decir las tres palabras que realmente quería escuchar:
—Quédate conmigo.