Ethan miró el certificado y soltó una carcajada.
—¿Nathan Sterling? Claire, esto ya es ridículo.
Olivia también sonrió.
—¿El heredero de Sterling Group? ¿Ese Nathan Sterling?
No respondí.
Ethan rompió a reír.
—Te dejaron plantada esta mañana y ahora inventas un marido multimillonario.
Entonces sonó el timbre.
Abrí.
Nathan estaba frente a la puerta con mi maleta que había dejado en su coche.
Miró las flores destrozadas.
Después vio a Ethan.
—Supongo que este es el hombre que decidió casarse con otra mujer esta mañana.
La sonrisa de Ethan desapareció.
Había reconocido a Nathan.
—Señor Sterling…
Nathan pasó junto a él y miró alrededor.
—Claire, ¿cuánto tardarás en recoger tus cosas?
—Esta casa es mía.
Nathan se detuvo.
Yo también había olvidado mencionar ese detalle.
El apartamento me lo había dejado mi abuela antes de que conociera a Ethan. Él había vivido allí conmigo durante tres años sin pagar más que algunos gastos.
Saqué el teléfono.
—Así que no recogeré mis cosas.
Miré a Ethan.
—Recogerás las tuyas.
Su rostro cambió.
—Claire, llevamos años viviendo aquí.
—Y esta mañana elegiste otra esposa. Ahora puedes vivir con ella.
Olivia intervino:
—¿Vas a echar a un niño?
—Voy a recuperar mi casa. Ustedes decidirán dónde criar a su familia.
Ethan finalmente perdió la calma.
—¡Todo esto porque me casé con Olivia para proteger a mi hijo!
—No.
Lo miré directamente.
—Porque esperabas tener esposa, amante, hijo y casa mientras yo esperaba obedientemente mi turno.
Nathan no dijo nada.
No necesitaba hacerlo.
Dos días después, Ethan retiró sus pertenencias.
Entonces llegó el segundo golpe.
La familia Carter había estado negociando durante meses un proyecto inmobiliario cuya financiación principal dependía precisamente del grupo de Nathan.
Ethan apareció en mi puerta aquella noche.
—Claire, habla con tu marido.
Casi sonreí.
—¿Para qué?
—Sterling suspendió la negociación.
—Entonces habla con Sterling.
—¡Estoy hablando contigo!
Negué.
—Ya no soy la mujer que arregla tus problemas.
Semanas después supe que Olivia tampoco había aceptado aquel matrimonio por sacrificio. Llevaba meses preparando su regreso y había utilizado al niño para obligar a Ethan a elegir públicamente.
Pero aquello ya no era asunto mío.
Nathan nunca me pidió que fingiera que nuestros diez años de amistad se habían convertido mágicamente en amor de un día para otro.
—Tenemos un certificado —me dijo—. Lo demás podemos construirlo despacio.
Y eso hicimos.
La última vez que Ethan me buscó, preguntó:
—¿De verdad vas a quedarte con él?
Lo pensé unos segundos.
—No, Ethan.
Su expresión se iluminó.
Entonces terminé:
—Esta vez no voy a “quedarme” con ningún hombre. Elegí a Nathan.

Cerré la puerta.
Ethan había creído que podía casarse con otra mujer y dejarme esperando.
Su único error fue pensar que, después de perderme, yo seguiría exactamente donde me había dejado.