El automóvil de mi abuelo llegó veinte minutos después.
No regresé al apartamento que compartía con Adrian.
No tenía sentido.
Mientras él volaba a Miami con Chloe, yo volé a Nueva York.
Al aterrizar, mi abuelo me esperaba en la mansión Bennett.
Y junto a él había un hombre alto, vestido con un traje oscuro.
—Lucía —dijo mi abuelo—. Él es Alexander Hayes.
Reconocí inmediatamente el apellido.
Hayes Capital.
Uno de los grupos de inversión más poderosos del país.
Alexander me tendió la mano.
—Parece que ninguno de los dos quería este matrimonio.
Lo miré sorprendida.
Él sonrió.
—Eso significa que al menos tenemos algo en común.
Por primera vez en días, me reí.
—No pienso casarme inmediatamente.
—Perfecto —respondió—. Yo tampoco pienso casarme con alguien que todavía está decidiendo qué quiere.
Mi abuelo frunció el ceño.
Alexander continuó:
—Conózcame primero. Después decida usted.
Aquello era más respeto del que Adrian me había mostrado en años.
Tres días después, Adrian regresó de Miami.
Me llamó diecisiete veces.
Finalmente contesté.
—¿Dónde estás?
—Nueva York.
—Deja de hacer tonterías y vuelve. Chloe arruinó el proyecto y nadie encuentra tus archivos.
Casi sonreí.
—Ya no trabajo para ti.
—Lucía, basta. Acepto tu disculpa.
Me quedé en silencio.
—¿Mi disculpa?
—Por abandonar la empresa impulsivamente.
Entonces entendí que todavía no lo comprendía.
—Adrian, mi renuncia fue real.
—¿Y nuestra boda?
Miré por la ventana.
—También terminó.
Su respiración cambió.
—¿Hay alguien más?
—Sí.
Silencio absoluto.
—¿Quién?
—El hombre que mi familia eligió antes de conocerte.
—¡No puedes casarte con un desconocido!
—Curioso.
Mi voz permaneció tranquila.
—Cuando tuve la oportunidad de elegirte, preferiste irte de vacaciones con Chloe.
Colgué.
La verdadera sorpresa llegó una semana después.
Adrian necesitaba financiación urgente para ejecutar el proyecto que me había quitado.
La reunión con los inversionistas se celebró en Manhattan.
Cuando entró en la sala, me encontró sentada junto a Alexander.
Se quedó paralizado.
Alexander cerró la carpeta.
—Señor Carter, su propuesta depende demasiado del trabajo de una ejecutiva que ya abandonó su compañía.
Adrian me miró.
—Lucía…
—Señorita Bennett —lo corregí.
Alexander añadió:
—Además, Hayes Capital no financiará este proyecto.
—¿Por qué?
—Porque los números no funcionan sin ella.
Adrian finalmente entendió.
No había perdido únicamente a su prometida.
Había perdido a la persona que llevaba ocho años sosteniendo buena parte de su empresa.
Me alcanzó en el vestíbulo.
—Puedo despedir a Chloe.
Seguí caminando.
—No me importa.
—Podemos casarnos mañana.
Me detuve.
Ocho años atrás, aquellas palabras habrían sido todo lo que quería escuchar.
Ahora llegaban demasiado tarde.
—Ese es tu problema, Adrian.
—¿Cuál?
—Todavía crees que estoy esperando que me elijas.
Miré hacia Alexander, que me esperaba junto al ascensor.
—Ya dejé de hacerlo.
Entré.
Antes de que las puertas se cerraran, Adrian preguntó:
—¿De verdad vas a casarte con él?
Sonreí.
—Todavía no lo sé.
Y esa era precisamente la diferencia.
Alexander me había dado una elección.
Adrian siempre había esperado obediencia.

Las puertas se cerraron.
La mañana que renuncié, Adrian creyó que estaba haciendo una rabieta.
Nunca imaginó que aquella hoja sobre su escritorio no era una amenaza para conseguir que corriera detrás de mí.
Era la primera decisión que tomaba en ocho años sin pensar en él.
Y resultó ser la que finalmente me devolvió mi vida.