Alejandro regresó de su luna de miel seis días después.
Aterrizó en Ciudad de México convencido de que yo seguía hospitalizada.
Su primera llamada fue al hospital.
—Busco a mi esposa, Valeria Mendoza.
Sofía estaba allí recogiendo mis últimos documentos y contestó el teléfono.
—La señora Mendoza ya no está.
Silencio.
—¿Cómo que ya no está?
Sofía no explicó nada.
—Debe hablar con su abogado.
Y colgó.
Veinte minutos después, Alejandro me llamó doce veces.
No respondí.
Porque para entonces los ocho camiones ya estaban frente a la residencia de Las Lomas.
No estaban sacando mis cosas.
Sacaban las suyas.
Trajes.
Zapatos.
Equipos deportivos.
Cajas de vino.
Hasta el escritorio que había instalado en la biblioteca de mi padre.
Todo lo que acreditamos como propiedad de Alejandro fue inventariado y enviado a un almacén contratado a su nombre.
Cuando llegó, encontró las puertas abiertas, abogados dentro y a Ernesto Robles esperando en el vestíbulo.
—¿Dónde está Valeria?
—Recuperándose.
—¡Esta es mi casa!
Ernesto abrió una carpeta.
—No, señor Salazar.
Le mostró la escritura.
—Esta propiedad pertenece exclusivamente a la señora Mendoza desde antes del matrimonio.
Alejandro palideció.
—Soy su esposo.
—Precisamente sobre eso tenemos que hablar.
Entonces apareció Renata.
Todavía llevaba equipaje de la luna de miel.
—Alejandro, ¿qué ocurre?
Ernesto la miró.
—Perfecto. Así evitamos repetir ciertas explicaciones.
Colocó otro documento sobre la mesa.
Era la demanda correspondiente para resolver legalmente mi matrimonio con Alejandro y reclamar las consecuencias económicas de sus actos.
Pero aquello no era lo que le hizo perder el color.
Fue la siguiente carpeta.
El préstamo de ciento ochenta millones.
La garantía sobre mi propiedad.
Las transferencias a la empresa de Renata.
Y las firmas cuya validez mis abogados estaban impugnando.
Renata miró a Alejandro.
—Me dijiste que esa casa también era tuya.
—Cállate.
—¡Dijiste que el dinero estaba autorizado!
—¡He dicho que te calles!
Ernesto cerró tranquilamente la carpeta.
—Les recomiendo guardar esa conversación para sus respectivos abogados.
Alejandro apareció en mi despacho tres semanas después.
Yo todavía caminaba despacio.
Pero caminaba.
Cuando me vio, se quedó inmóvil.
—Estás viva.
Aquellas dos palabras me dieron más claridad que cualquier disculpa.
—Sí.
—Cuando llamé al hospital y dijeron que ya no estabas…
—¿Pensaste que había muerto?
Bajó los ojos.
—Por un momento.
—¿Y eso te asustó?
—Valeria, por favor.
Se acercó.
—Lo de Renata fue un error.
—Una boda requiere bastante organización para ser un error.
—Nuestro matrimonio llevaba años roto.
—Entonces debiste divorciarte.
Puse delante de él una copia del documento que había firmado antes de entrar al quirófano.
—¿Sabes qué es?
Alejandro negó.
—Mi consentimiento para una operación en la que podía morir.
Su expresión cambió.
—El hospital te llamó.
—Tenía el teléfono apagado.
—Lo sé.
Lo miré directamente.
—Mientras tú pronunciabas votos frente a cientos de personas, yo estaba firmando sola porque mi esposo no estaba disponible.
Alejandro comenzó a llorar.
—No sabía que estabas enferma.
—Tampoco necesitabas saberlo para no disponer de bienes que no eran tuyos.
Entonces entendió que no había conversación capaz de devolver las cosas a su sitio.
El proceso posterior fue largo.
Los abogados rastrearon transferencias, contratos y garantías. Las operaciones cuestionadas fueron sometidas a revisión y cada parte tuvo que responder legalmente por lo que realmente había firmado o autorizado.
Renata dejó de aparecer junto a Alejandro mucho antes de que terminaran los procedimientos.
Al parecer, su “gran amor” funcionaba mejor cuando venía acompañado de ciento ochenta millones.
Yo no seguí sus vidas.
Tenía otra que reconstruir.
Un año después volví al Hospital Ángeles.
No como paciente.
La fundación de mi familia financiaba una nueva unidad cardiovascular y me habían invitado a la inauguración.
Antes de entrar al auditorio pasé frente al pasillo donde me habían llevado al quirófano.
Me detuve.
Recordé aquella mano temblando sobre el consentimiento.
La mujer que había esperado una llamada.
Una explicación.
Un marido.
Sofía se acercó.
—¿Estás bien?
Sonreí.
—Sí.

—¿Lista?
Miré la cicatriz que apenas asomaba bajo mi vestido.
—Ahora sí.
Aquella noche Alejandro creyó que apagar el teléfono le permitiría comenzar una vida nueva sin enfrentarse a la anterior.
En cierto modo tuvo razón.
Solo se equivocó de persona.
Porque mientras él se casaba con su amante, fui yo quien sobrevivió.
Y cuando regresó de su luna de miel buscando a la esposa que había dejado atrás, ya no quedaba ninguna mujer esperándolo.