El lobo avanzó lentamente.
Mikola dejó de gritar.
Colgado boca abajo, con la sangre golpeándole las sienes y las piernas casi insensibles por el frío, sabía que no podía defenderse.
El animal llegó hasta el árbol.
Levantó el hocico.
Olfateó el aire.
Luego miró directamente la cuerda.
Mikola sintió que el corazón se le detenía.
—Vete… —murmuró.
El lobo se alzó sobre las patas traseras.
Mikola cerró los ojos.
Esperó el ataque.
Pero no llegó.
En cambio, escuchó un tirón seco.
Abrió los ojos.
El lobo había atrapado entre los dientes el extremo de la cuerda que descendía junto al tronco.
Tiró.
Una vez.
Dos.
La rama crujió.
Mikola descendió varios centímetros.
Entonces comprendió.
El animal no intentaba alcanzarlo.
Intentaba bajarlo.
—Dios mío…
El lobo volvió a tirar.
Mikola cayó otro poco, hasta quedar a poco más de un metro del suelo.
Pero entonces la cuerda se atascó.
El animal soltó el extremo y comenzó a caminar alrededor del árbol, inquieto.
Mikola intentó doblarse para alcanzar el nudo de sus piernas.
No pudo.
—Necesito ayuda —susurró—. ¿Entiendes?
El lobo inclinó la cabeza.
Y desapareció entre los pinos.
Mikola soltó una risa amarga.
Claro.
Había querido creer demasiado.
Pasaron quizá diez minutos.
Quizá veinte.
Ya no podía saberlo.
Entonces escuchó ladridos.
Muchos.
Después voces.
—¡Por aquí!
—¡Encontré huellas!
Mikola abrió los ojos.
Entre los árboles apareció Andriy, otro inspector forestal, acompañado por dos guardabosques y un perro de búsqueda.
Y delante de ellos corría el lobo.
Mikola casi perdió el conocimiento.
—¡Mikola!
Los hombres corrieron hacia él.
Lo bajaron, cortaron las cuerdas y lo envolvieron en mantas térmicas.
Mientras uno pedía una ambulancia por radio, Mikola señaló débilmente hacia el animal.
—Él…
Andriy miró al lobo.
—Nos encontró en el puesto viejo.
—¿Qué?
—Apareció delante del vehículo. No se acercaba, pero tampoco se marchaba. Caminaba unos metros, se detenía y nos miraba. Cuando arrancamos, comenzó a correr hacia aquí.
Mikola volvió la cabeza.
El lobo permanecía entre dos pinos.
Entonces vio algo que reconoció.
Una cicatriz blanca sobre su pata delantera.
Y recordó un invierno ocurrido cuatro años atrás.
Un cachorro atrapado en un lazo ilegal.
Mikola había pasado casi una hora liberándolo antes de entregarlo a un centro de recuperación de fauna.
—Eres tú —susurró.
El lobo sostuvo su mirada unos segundos.
Después desapareció silenciosamente en el bosque.
Pero aquello no terminó allí.
Mikola había memorizado parte de la matrícula del vehículo de los cazadores furtivos. Las cámaras del camino forestal aportaron el resto.
Dos días después, mientras él seguía recuperándose, tres sospechosos fueron localizados.
El cuarto intentó desaparecer.
Cometió un error.
Regresó al bosque buscando el equipo ilegal que habían escondido.
Los guardabosques ya lo estaban esperando.
Cuando Mikola volvió al servicio semanas después, encontró algo colgado en la pared del puesto.
Su radio destruida.
Debajo, Andriy había colocado una pequeña placa:
“14:17. El informe que sí se escribió.”
Mikola sonrió.
Luego salió al porche.
A lo lejos, junto al límite de los árboles, una silueta gris permanecía inmóvil.
No se acercó.
Mikola tampoco lo hizo.
Solo levantó una mano.

El lobo lo observó un instante antes de perderse entre los pinos.
Los cazadores habían dejado a Mikola colgado como cebo para un depredador.
Nunca imaginaron que el animal salvaje al que tanto temían sería precisamente quien se negaría a abandonarlo.