La sala quedó en silencio.
El encargado de la subasta asintió.
—Procederemos con la verificación financiera de ambos compradores.
Daniel sonrió hacia mi sala.
Todavía no sabía que era yo.
Cinco minutos después, su asesor regresó completamente pálido.
—Señor Carter… los fondos del proyecto están congelados.
Daniel se levantó de golpe.
—¿Qué?
—Y sus tarjetas vinculadas también.
Entonces abrí la puerta de mi sala VIP.
Daniel me vio.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Sofía?
Olivia se levantó inmediatamente de sus piernas.
Sonreí.
—Feliz aniversario, marido.
Nadie volvió a reír.
Daniel caminó hacia mí.
—Puedo explicarlo.
—Perfecto. Explícame por qué estás intentando comprarle a tu cuñada un diamante de cuarenta millones con el dinero que transferí ayer para tu empresa.
Olivia comenzó a llorar.
—Hermana, estás entendiendo mal…
—No soy tu hermana.
Mi abogado apareció detrás de mí y entregó una carpeta a Daniel.
—Y pronto tampoco será su esposa.
Daniel hojeó los documentos.
Divorcio.
Auditoría.
Revocación de autorizaciones financieras.
Y una reclamación sobre los fondos empresariales cuyo uso debía justificarse.
—No puedes hacerme esto —murmuró.
—Acabo de hacerlo.
Entonces llegó la verdadera sorpresa.
Daniel siempre presumía de Carter Development como “su imperio”.
Pero mi inversión había financiado la mayoría de sus proyectos importantes y varias propiedades que utilizaba estaban registradas a través de sociedades pertenecientes a mi patrimonio familiar.
Yo no necesitaba quitarle nada.
Simplemente retiré lo que nunca había sido suyo.
La subasta continuó.
Daniel no pudo demostrar fondos suficientes para mantener su oferta.
Así que su puja fue anulada.
El diamante volvió a mi oferta anterior.
Treinta millones.
Levanté la mano.
—Retiro mi interés.
La sala entera quedó desconcertada.
Olivia también.
—¿No lo querías?
La miré.
—Lo quería esta mañana.
Después miré a Daniel.
—Ahora me parece demasiado caro para recordar un matrimonio tan barato.
Me marché sin comprarlo.
La auditoría posterior reveló años de gastos personales disfrazados como costes empresariales. Daniel tuvo que responder por cada movimiento que correspondía investigar y devolver lo que legalmente procedía.
Olivia desapareció en cuanto comprendió que ya no había tarjetas ilimitadas, coches de lujo ni diamantes.
Meses después, Daniel me esperaba fuera del juzgado tras finalizar nuestro divorcio.
—Ella nunca significó lo que tú significabas.
Me reí.
—Entonces tienes un problema todavía mayor.
Frunció el ceño.
—Traicionaste tu matrimonio por alguien que, según tú, ni siquiera significaba tanto.
Pasé junto a él.
Aquel seis de agosto Daniel había querido demostrar delante de todos cuánto podía gastar por Olivia.
Terminó demostrando algo completamente distinto:
sin mi dinero, su supuesto imperio no podía sostener ni una puja.
Y yo descubrí que el mejor regalo de aniversario no era aquel diamante rosa.
Era dejar de financiar al hombre que quería regalárselo a otra.