El timbre volvió a sonar.
—¡Señora! ¡Abra!
Reconocí la voz de nuestro vecino, el doctor Samuel Carter.
Intenté llegar hasta la puerta, pero otra contracción me dejó sin fuerzas.
—¡Ayuda! —grité.
Samuel llamó inmediatamente a emergencias.
Minutos después, paramédicos entraron en la casa y me llevaron al hospital.
Uno de los gemelos estaba en una posición peligrosa. Los médicos decidieron intervenir de inmediato.
Horas después, desperté.
Mis bebés estaban vivos.
Yo también.
Pero en nuestra casa había quedado una escena aterradora: objetos caídos, rastros del parto y material médico abandonado durante la emergencia.
Cuando Blake regresó cargado de bolsas, encontró la puerta abierta y luces de emergencia frente a la casa.
Las compras cayeron de sus manos.
—¿Dónde está mi esposa?
Samuel salió de su casa.
—En el hospital. Casi pierde a los bebés mientras tú estabas comprando.
Blake palideció.
Diane intentó defenderse.
—Solo estuvimos fuera unas horas.
Samuel la miró con desprecio.
—Precisamente.
Blake condujo desesperado hasta el hospital.
Cuando entró en mi habitación, cayó de rodillas.
—Perdóname.
Yo sostenía a uno de nuestros hijos mientras el otro dormía en su cuna.
Lo miré sin emoción.
—Te pedí que me llevaras al hospital.
—Cometí un error.
—No. Elegiste.
Entonces mi abogada entró.
Colocó una carpeta frente a Blake.
Divorcio.
Solicitud de custodia.
Y declaraciones documentando cómo me había dejado sola durante una emergencia médica.
Diane empezó a gritar desde el pasillo.
—¡No puedes quitarle sus hijos!
La miré.
—Usted eligió un bolso.
Después miré a Blake.
—Y tú elegiste llevarla.
Firmé la última página.

—Ahora yo los elijo a ellos.
Blake comprendió finalmente que aquella tarde no solo había estado a punto de perder a su esposa y a sus hijos.
Había destruido su familia por una decisión que jamás podría deshacer.