PARTE 2: CUANDO POR FIN QUISO LLAMARME SU ESPOSA, YO YA HABÍA FIRMADO PARA DEJAR DE SERLO

A la mañana siguiente, Gabriel seguía sentado frente a la puerta del dormitorio.

Cuando salí, se levantó inmediatamente.

—Hoy cenaremos con mis padres.

Seguí abrochándome el abrigo.

—Que lo disfrutes.

—Emma, iremos juntos.

Lo miré.

—¿Para qué?

Su mandíbula se tensó.

—Voy a contarles que estamos casados.

Tres años atrás habría llorado de felicidad.

Aquella mañana solo sentí cansancio.

—No hace falta.

—También hablaré con Recursos Humanos. Y esta noche publicaré nuestra foto.

Sacó el teléfono.

—Ya no voy a ocultarte.

Por fin entendí.

Gabriel creía que estaba reparando una grieta.

No sabía que yo ya había abandonado la casa entera.

—Haz lo que quieras.

Pasé junto a él.

Me sujetó suavemente del brazo.

—¿Eso era lo que querías, no?

Me detuve.

—Era lo que quería hace tres años.

Sus dedos se aflojaron.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo una cita a las nueve.

No era con el hombre que mi compañera quería presentarme.

Era con una abogada.

Dos semanas antes había solicitado información sobre el divorcio.

A las 9:12 firmé la petición.

No había amantes.

No había grandes propiedades en disputa.

No teníamos hijos.

Solo quedaba dividir algunas cuentas y terminar legalmente aquello que Gabriel había borrado socialmente durante tres años.

Cuando salí del despacho tenía siete llamadas perdidas.

La octava llegó inmediatamente.

—¿Dónde estás?

—Fuera.

—Mis padres quieren cenar a las siete. Mamá está sorprendida, pero…

—Gabriel.

Hubo silencio.

—Hoy recibirás unos documentos.

—¿Qué documentos?

Miré el tráfico.

—Los del divorcio.

Durante varios segundos pensé que la llamada se había cortado.

—¿Qué acabas de decir?

—Que quiero divorciarme.

—Emma, deja de hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Castigarme.

Cerré los ojos.

Hasta entonces seguía creyendo que todo giraba alrededor de él.

—No te estoy castigando. Estoy terminando algo que dejó de hacerme feliz.

Colgó.

Esa tarde apareció en mi oficina.

Todos levantaron la cabeza cuando el recién ascendido director Sterling cruzó el departamento y se detuvo frente a mi escritorio.

—Emma, ven conmigo.

—Estoy trabajando.

Entonces hizo algo que habría considerado imposible una semana antes.

Dijo delante de todos:

—Necesito hablar con mi esposa.

El departamento quedó mudo.

Mi compañera casi dejó caer su taza.

Gabriel me miró como si acabara de entregarme el mundo.

Yo cerré lentamente el portátil.

—No vuelvas a utilizar nuestro matrimonio para presionarme en el trabajo.

Su rostro se endureció.

—Querías que lo supieran.

—Quería que estuvieras orgulloso de mí cuando todavía éramos felices.

Me levanté.

—Esto no es lo mismo.

En la sala de reuniones vacía dejó los documentos sobre la mesa.

—No voy a firmarlos.

—Puedes consultar a tu abogado.

—¡No quiero un abogado!

Era la primera vez que lo veía perder el control.

—Quiero a mi esposa.

Lo observé en silencio.

—¿Desde cuándo?

No respondió.

—¿Desde que otro hombre pidió mi contacto?

La pregunta dio en el blanco.

—No tiene nada que ver con él.

—Entonces dime por qué ayer seguías ocultándome y hoy quieres anunciar nuestro matrimonio al mundo.

Gabriel abrió la boca.

No encontró respuesta.

Yo sí.

—Porque mientras esperaba obedientemente, estabas tranquilo. Solo empezaste a tener miedo cuando comprendiste que podía marcharme.

Entonces mencioné el nombre que llevaba tres años flotando entre nosotros.

—¿Y Olivia?

Su rostro cambió.

Finalmente se sentó.

—Olivia me llamó antes de nuestra boda.

Ya lo sospechaba.

—Me dijo que se arrepentía de haberme dejado. Que si alguna vez volvía, quería saber si todavía existía una posibilidad.

Sentí una presión antigua en el pecho.

—¿Y por eso me escondiste?

—Pensé que necesitaba cerrar esa etapa.

—Durante tres años.

Gabriel bajó la mirada.

—Nunca te fui infiel.

—No hacía falta.

Mi voz salió tranquila.

—Reservaste un espacio para ella dentro de nuestro matrimonio. Yo tenía que permanecer escondida mientras tú decidías si estabas completamente seguro de haberme elegido.

No lo negó.

Y aquel silencio fue la respuesta que llevaba tres años esperando.

—Emma, ya terminó.

—Sí.

Asintió con desesperación.

—Entonces podemos empezar de nuevo.

Negué.

—Me refería a nosotros.

Las semanas siguientes fueron extrañas.

Gabriel hizo públicamente todo lo que antes se había negado a hacer.

Cambió su estado civil.

Habló con sus padres.

Reconoció ante nuestros compañeros que llevábamos tres años casados.

Incluso publicó una fotografía del día del registro.

Pero cada gesto llegaba demasiado tarde.

Era como recibir flores sobre una tumba.

El día de la audiencia final me esperaba afuera.

Parecía no haber dormido.

—Si entro ahí —dijo—, todavía puedo negarme.

—Puedes retrasarlo. No evitarlo para siempre.

Me miró durante mucho tiempo.

—¿De verdad ya no me amas?

Pensé cuidadosamente mi respuesta.

—Todavía recuerdo cuánto te amé.

Sus ojos se humedecieron.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Es la única respuesta que tengo.

Dentro, finalmente firmó.

Al salir, me devolvió una pequeña fotografía.

Era aquella imagen del certificado de matrimonio que yo había borrado de mi perfil.

Él la había guardado.

—Nunca pensé que dejarías de esperar —susurró.

Guardé la fotografía en mi bolso.

—Ese fue el problema, Gabriel.

Sonreí por última vez.

—Construiste nuestro matrimonio suponiendo que yo siempre estaría allí cuando finalmente decidieras elegirme.

Me alejé.

Meses después acepté un puesto en otra ciudad.

No empecé inmediatamente otra relación.

No necesitaba demostrarle nada.

Y una tarde, mientras eliminaba archivos antiguos del teléfono, encontré una captura de aquella publicación secreta.

Durante tres años había pensado que mi mayor deseo era poder mostrarle al mundo que Gabriel Sterling era mi esposo.

La observé unos segundos.

Después la borré.

Esta vez no sentí nada.

Porque finalmente había entendido algo:

el día en que Gabriel estuvo dispuesto a reconocerme delante de todos fue exactamente el día en que yo ya no necesitaba pertenecerle delante de nadie.

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