Dos meses después, Ethan seguía sin saber dónde estaba Clara.
Había firmado el divorcio.
Natalie ya no trabajaba para él.
La mansión estaba en venta.
Pero ninguna de esas cosas consiguió devolverle lo que había perdido.
Hasta que una tarde su padre llamó.
—Encontraron las cenizas de tu madre.
Ethan se levantó de golpe.
—¿Dónde?
En un pequeño pueblo costero de Maine.
Clara había cumplido la última voluntad de su suegra: descansar junto al mar donde había pasado su infancia.
Ethan tomó el primer vuelo.
Cuando llegó al cementerio, encontró flores frescas frente a la lápida.
Y a Clara.
Estaba de espaldas, colocando cuidadosamente un ramo.
—Clara.
Ella se quedó quieta.
Pero no se giró inmediatamente.
—Sabía que terminarías encontrando este lugar.
Ethan sintió que le faltaba el aire.
—He estado buscándote durante meses.
—Ese ya no es mi problema.
—Cometí el peor error de mi vida.
Clara finalmente lo miró.
—No fue un error, Ethan. Fueron decisiones.
Él bajó la cabeza.
—No dormí con Natalie.
Clara sonrió con tristeza.
—¿Crees que eso cambia algo?
Ethan quedó inmóvil.
—Apagaste tu teléfono.
—Elegiste irte con ella.
—Elegiste ignorar mis llamadas.
—Tu madre te llamó once veces antes de morir.
Aquello lo destruyó.
—¿Once?
Clara sacó el viejo teléfono de su madre.
La pantalla conservaba el historial.
Once llamadas a Ethan.
Todas sin respuesta.
Una última llamada a Clara.
Contestada.
—Sus últimas palabras fueron preguntarme si tú estabas bien.
Ethan comenzó a llorar.
Clara también tenía lágrimas en los ojos.
Pero no se acercó.
—Te perdono, Ethan.
Él levantó la cabeza con esperanza.
Entonces ella terminó:
—Pero no voy a volver contigo.
La esperanza desapareció.
—¿Hay alguien más?
—Sí.
Ethan palideció.
Clara puso una mano sobre su propio pecho.
—Yo.
—Por primera vez en muchos años, me elegí a mí.
Después dejó las llaves de la antigua casa sobre la lápida.
—Tu madre quería que fueras feliz. Espero que algún día aprendas cómo.
Y se marchó.
Ethan no la siguió.
Por fin había entendido.
Perseguirla no era amor.
Respetar su decisión era lo último digno que todavía podía hacer por ella.
Se quedó solo frente a la tumba de su madre hasta que cayó la noche.
Había pasado meses creyendo que su castigo era haber perdido a Clara.
Pero finalmente comprendió algo peor.

Clara había aprendido a vivir perfectamente sin él.
Y él tendría que vivir el resto de su vida sabiendo exactamente por qué.