—No voy a cocinar —dijo Elena.
Daniel dejó de abrocharse el uniforme.
—¿Qué dijiste?
—Que no voy a preparar la sopa de Mateo.
Su expresión se endureció.
—Elena, es un niño.
—Entonces que cocine su madre.
Daniel soltó un suspiro irritado.
—Últimamente estás irreconocible.
Elena casi sonrió.
Tenía razón.
La mujer que durante seis años había cedido su vivienda, sus oportunidades y sus sueños ya no existía.
Esa tarde entregó oficialmente su solicitud para marcharse al destacamento de la frontera sur.
La partida sería en cinco días.
No se lo contó a Daniel.
Durante esos cinco días vendió algunas pertenencias, guardó sus certificados médicos y dejó preparado el acuerdo de divorcio.
Daniel apenas lo notó.
Seguía ocupado con Marta.
Hasta la mañana de la partida.
Elena llevaba su maleta hacia el vehículo militar cuando escuchó pasos detrás.
—¡Elena!
Daniel apareció furioso.
—¿Adónde vas?
—A la frontera sur.
Él quedó inmóvil.
—¿Quién te autorizó?
—El ejército. No necesito autorización de mi esposo para cumplir una asignación.
Daniel agarró su maleta.
—Cancélalo.
—No.
—¿Por qué estás haciendo esto?
Antes de que Elena respondiera, el capitán Ramírez salió del edificio.
Miró a Daniel con evidente desprecio.
—Déjala marcharse, Cruz.
—Esto es asunto de mi matrimonio.
Ramírez apretó la mandíbula.
—¿Tu matrimonio?
Sacó accidentalmente una carpeta de entre los documentos que llevaba.
Una hoja cayó al suelo.
Daniel se agachó.
Elena intentó detenerlo.
Demasiado tarde.
Sus ojos encontraron dos palabras:
Aborto espontáneo.
Daniel palideció.
—¿Qué es esto?
Nadie respondió.
Leyó la fecha.
Luego volvió a mirar a Elena.
—Ese día…
Su voz se quebró.
—¿Estabas embarazada?
Elena sostuvo su mirada.
—Cinco semanas.
La mano de Daniel comenzó a temblar.
—¿Nuestro hijo?
—Murió mientras tú estabas cuidando el rasguño de Mateo.
Daniel retrocedió como si lo hubieran golpeado.
—No… tú dijiste que solo te dolía el vientre.
—Te pedí ayuda.
Elena habló sin levantar la voz.
—Tú elegiste irte.
Por primera vez, Daniel no tuvo ninguna explicación.
Entonces apareció Marta corriendo.
—Daniel, Mateo te está buscando.
Él ni siquiera la miró.
—¿Por qué Mateo empujó a Elena?
Marta se quedó rígida.
—Es un niño…
—¿Y quién le enseñó que Elena no podía tener hijos?
Silencio.
La respuesta estaba escrita en su rostro.
Daniel comprendió demasiado tarde cuánto había permitido.
Elena le entregó un sobre.
—¿Qué es?
—El divorcio.
—Elena, dame una oportunidad.
Ella negó lentamente.
—Te di seis años.
Subió al vehículo.
Daniel golpeó la puerta.
—¡Yo no sabía lo del bebé!
Elena lo miró por última vez.
—Ese es precisamente el problema, Daniel.
—Nunca supiste nada de mí porque siempre estabas demasiado ocupado salvando a otra persona.
El vehículo arrancó.
Daniel permaneció inmóvil con los documentos del divorcio en una mano y el informe del hijo que había perdido en la otra.
Semanas después, una investigación interna descubrió que él había utilizado su rango para modificar irregularmente la plaza de capacitación y favorecer a Marta. Fue apartado temporalmente de sus funciones mientras revisaban el caso.
Elena no regresó.
En la frontera recuperó aquello que durante años había ido entregando poco a poco:
su carrera,
su dignidad,

y su propia vida.
Daniel había pensado que ella siempre estaría esperando en aquel viejo dormitorio.
Solo comprendió cuánto valía su esposa cuando abrió la puerta una noche y encontró la habitación completamente vacía.