Durante las siguientes semanas dejé de preguntarle dónde estaba.
Daniel comenzó a llegar temprano.
Dejó de beber.
Incluso rechazó varias invitaciones de Teresa.
Pero ya era tarde.
Una noche encontró mi pasaporte y la carta de traslado sobre la mesa.
—¿Te vas?
—Sí. El próximo mes.
Su rostro cambió.
—¿Y nuestro bebé?
Guardé silencio.
Daniel palideció.
—Luna… ¿qué pasó?
Saqué del cajón el informe del hospital.
Lo leyó una vez.
Después otra.
La fecha era nuestro aniversario.
La hora coincidía exactamente con aquella cena en la que él había elegido acompañar a Teresa.
—¿Perdiste al bebé ese día?
Asentí.
Daniel se dejó caer en una silla.
—¿Por qué no me llamaste?
Lo miré.
—Lo hice.
Entonces recordó mi mensaje.
“Me caí. ¿Puedes venir a recogerme?”
Su rostro se derrumbó.
—Pensé que solo era el tobillo.
—Nunca preguntaste.
Intentó tomarme la mano.
La retiré.
—Puedo cambiar, Luna.
—Ya cambiaste.
Lo miré serenamente.
—Ahora vuelves temprano porque tienes miedo de perderme. Antes no volvías porque estabas seguro de que yo jamás me iría.
Dos días después apareció Teresa.
Quería explicarme que entre ellos nunca había ocurrido nada.
—Te creo —respondí.
Aquello pareció sorprenderlos a ambos.
—Entonces podemos arreglarlo —dijo Daniel.
Negué.
—Nunca necesité demostrar que me engañabas. El problema era que yo estaba sola incluso estando casada.
Le entregué los documentos del divorcio.
Un mes después acepté el traslado.
Daniel fue al aeropuerto.
Por primera vez era él quien llamaba una y otra vez.
Yo no contesté.
Antes de embarcar recibí su último mensaje:
“¿De verdad puedes dejarme así?”
Miré aquellas palabras y comprendí la ironía.
Durante años Daniel había pedido libertad.
Libertad de mis llamadas.
De mis preguntas.
De mis cuidados.

Finalmente se la había dado.
Y solo entonces descubrió que aquello que llamaba vigilancia había sido una mujer intentando mantener vivo un matrimonio que él daba por garantizado.
Apagué el teléfono y subí al avión.
Esta vez, cuando Daniel no supiera dónde estaba, con quién cenaba o cuándo volvería…
ya no sería porque yo hubiera dejado de vigilarlo.
Sería porque había dejado de ser su esposa.