Durante las semanas siguientes, Alexander empezó a vigilarme.
No porque sospechara una infidelidad.
Porque mi tranquilidad lo inquietaba.
Una noche encontró mi pasaporte sobre el escritorio.
—¿Vas a viajar?
—Sí.
—¿Adónde?
—California.
Entonces vio la carta de admisión.
Su rostro cambió.
—¿Un doctorado? ¿Cuándo decidiste esto?
—Después de perder a mi bebé.
Alexander quedó inmóvil.
—¿Y pensabas marcharte sin decírmelo?
Lo miré.
—Tú fuiste quien me enseñó a no meterme en asuntos que no me corresponden. Mi futuro tampoco te corresponde ya.
Aquella misma semana ocurrió algo peor.
Ethan fue suspendido después de una pelea y, durante la reunión escolar, gritó delante de Alexander:
—¡Mamá dijo que si Isabella perdía al bebé, papá volvería con nosotros!
El silencio fue absoluto.
Alexander palideció.
Por primera vez interrogó realmente a su hijo.
Y Ethan terminó confesando.
Victoria llevaba meses diciéndole que yo había destruido su familia. Le había prometido que, si conseguía que yo desapareciera, sus padres volverían a estar juntos.
Alexander revisó entonces las cámaras de aquella noche.
La grabación todavía existía.
Vio a Ethan empujarme.
Vio mi caída.
Vio cómo permaneció mirándome antes de pedir ayuda.
Cuando regresó a casa estaba destrozado.
—Isabella…
—Ya lo sé.
—Tenías razón.
Sonreí tristemente.
—También lo sabía.
Intentó acercarse.
Retrocedí.
—Voy a arreglarlo todo.
—No puedes.
—Puedo alejar a Victoria. Ethan recibirá ayuda. Podemos empezar otra vez.
Entonces saqué una carpeta.
Divorcio.
Alexander la miró como si fuera una sentencia.
—No.
—Ya está decidido.
—¡Perdimos una hija! —dijo con la voz quebrada—. No puedes simplemente marcharte.
Lo miré durante varios segundos.
—Yo perdí una hija. Y cuando desperté, tú me llamaste celosa y descuidada.
No tuvo respuesta.
Un mes después, abordé mi vuelo hacia California.

Alexander apareció en el aeropuerto.
Llegó demasiado tarde.
Desde detrás del control de seguridad lo vi detenerse.
Por primera vez parecía comprenderlo.
Yo no me había convertido en la esposa perfecta.
Simplemente había dejado de ser su esposa mucho antes de firmar el divorcio.
Y eso era lo que tanto miedo le había dado.