Mateo guardó el teléfono justo cuando la puerta volvió a abrirse.
Valeria entró con una sonrisa impecable.
—¿Qué haces aquí?
El muchacho señaló la bolsa de suero.
—Revisaba al señor Salgado.
Valeria miró a Ernesto.
Él había cerrado los ojos y dejado caer la cabeza hacia un lado, fingiendo dormir.
—Entonces termina y vete.
Mateo obedeció.
Pero antes de salir, cruzó una última mirada con Ernesto.
El plan acababa de comenzar.
Julián Barragán llegó al hospital cuarenta minutos después.
No llevaba traje.
Había dejado el automóvil a tres calles y entrado por urgencias usando una gorra que Mateo le había conseguido.
Cuando escuchó la grabación completa, su expresión se endureció.
—Esto cambia todo.
Ernesto respiraba con dificultad.
—Quiero modificar el testamento esta noche.
—Podemos hacerlo, pero debemos demostrar que estás mentalmente capacitado.
Julián llamó discretamente a un médico independiente y a dos testigos.
Dos horas después, Ernesto firmó.
Valeria recibiría únicamente aquello que legalmente no pudiera excluirse.
El resto quedaría protegido mediante un fideicomiso.
La fábrica no sería vendida.
Una parte de los beneficios garantizaría empleos y prestaciones para sus trabajadores.
Alicia, la hermana que Valeria había conseguido apartar de él, recuperaría un papel central en la administración.
Y una cantidad específica cubriría la cirugía de Ximena.
Mateo no recibiría millones.
Ernesto había entendido su negativa.
En cambio, sería uno de los supervisores independientes encargados de alertar si alguien intentaba vaciar el patrimonio.
Cuando todo estuvo firmado, Julián guardó los documentos.
—Ahora debemos ir con la policía.
Ernesto negó.
—Primero necesito saber hasta dónde llega esto.
Julián frunció el ceño.
—Ya confesó.
—Confesó el veneno.
Ernesto respiró lentamente.
—Pero Iván trabaja dentro de mi empresa.
Compras.
Proveedores.
Cuentas.
Si planeaban mi muerte, quiero saber qué estaban preparando para después.
Julián comprendió.
—Entonces déjalos creer que siguen ganando.
A la mañana siguiente, Valeria apareció tomada del brazo de Iván.
Él fingió preocupación.
—Don Ernesto, qué tragedia.
Ernesto casi quiso reír.
Iván había trabajado para él durante dos años.
Lo había invitado a su casa.
Habían celebrado juntos Navidad.
Ahora sabía que aquel hombre esperaba su muerte.
Valeria se inclinó sobre la cama.
—El médico dice que estás más débil.
Ernesto dejó que sus párpados temblaran.
—Valeria…
—Aquí estoy, amor.
Ella interpretó perfectamente su papel porque una enfermera estaba presente.
Le acarició la frente.
—No tengas miedo.
Cuando quedaron solos, su sonrisa desapareció.
—Necesitamos una firma.
Iván sacó unos documentos.
—Son trámites administrativos de la fábrica.
Ernesto vio inmediatamente la trampa.
Era una autorización extraordinaria para que Iván controlara pagos y proveedores durante su incapacidad.
Ernesto fingió confusión.
—No veo…
Valeria acercó una pluma.
—Solo firma.
La puerta se abrió.
Mateo entró empujando una silla de ruedas.
—El doctor pidió que el señor Salgado vaya a estudios.
Valeria se irritó.
—Puede esperar cinco minutos.
—Dijo que era urgente.
Ernesto casi sonrió.
Mateo acababa de salvarle decenas de millones.
Mientras lo trasladaban, Ernesto susurró:
—Busca a Alicia.
Mateo lo miró.
—¿Su hermana?
—Dile que necesito verla.
—¿Y si no quiere venir?
Ernesto cerró los ojos.
Eso era posible.
Llevaba tres años sin hablar con ella.
La última conversación había terminado con Ernesto acusándola de querer destruir su matrimonio.
Ahora sabía que Alicia había intentado advertirle.
—Entonces dile que tenía razón.
Alicia llegó aquella tarde.
Entró a la habitación sin acercarse a la cama.
Tenía sesenta años, el cabello gris recogido y una expresión endurecida por años de resentimiento.
—Me dijeron que estás muriendo.
Ernesto asintió.
—Y ahora te acuerdas de que tienes hermana.
Aquello dolió porque era verdad.
—Perdóname.
Alicia soltó una risa amarga.
—Valeria decía que yo quería tu dinero y tú me sacaste de tu vida.
—Me equivoqué.
—Eso no devuelve tres años.
—No.
Ernesto señaló el teléfono.
—Pero quizá esto explique por qué necesito tu ayuda.
Alicia escuchó la grabación.
Su rostro cambió.
Cuando terminó, permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿La policía sabe?
—Mi abogado está preparando todo.
—¿Y por qué esa mujer sigue entrando aquí?
—Porque necesito que cometa un último error.
Alicia lo miró como cuando eran jóvenes y Ernesto acababa de hacer alguna estupidez.
—Sigues siendo un terco.
Por primera vez en días, Ernesto sonrió.
—¿Me ayudarás?
Alicia se acercó.
Tomó su mano.
—No por los ochenta millones.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque sigues siendo mi hermano idiota.
Aquella noche llegó la primera gran revelación.
Julián había revisado las cuentas de Muebles Salgado.
Encontró once proveedores creados durante los últimos dieciocho meses.
Todos habían sido autorizados por Iván.
Las empresas cobraban precios inflados.
Después transferían parte del dinero a otras cuentas.
—¿Cuánto? —preguntó Ernesto.
Julián dejó una carpeta sobre la cama.
—Dieciséis millones de pesos.
Ernesto cerró los ojos.
—¿Valeria?
—Aparece vinculada indirectamente a dos cuentas.
—Entonces no esperaban simplemente heredar.
—No.
Julián señaló otro documento.
—Llevaban meses robándote.
Ernesto sintió algo más frío que rabia.
Había construido aquella fábrica durante treinta años.
Había hipotecado su primera casa.
Había dormido en el piso del taller.
Y mientras él enfermaba, Valeria e Iván vaciaban lentamente su empresa.
—Entrega todo a la fiscalía.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces esto termina mañana.
Ernesto negó.
—Mañana empieza.
Al día siguiente, el médico anunció delante de Valeria:
—El estado del señor Salgado se ha deteriorado.
Era parte del plan.
Valeria bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Horas después volvió con Iván.
Esta vez trajeron un notario que ninguno de los abogados de Ernesto conocía.
—Cariño —susurró Valeria—, necesitamos dejar algunas cosas organizadas.
Ernesto apenas abrió los ojos.
Iván colocó los documentos frente a él.
No era únicamente un poder.
Era una cesión de acciones.
Si Ernesto firmaba, Valeria obtendría control de la fábrica inmediatamente.
—Firma aquí —dijo ella.
Ernesto tomó la pluma.
Su mano temblaba.
Valeria contuvo la respiración.
Iván sonrió.
Entonces Ernesto dejó caer la pluma.
—No puedo.
—Yo te ayudo.
Valeria tomó su mano.
La puerta se abrió.
—No será necesario.
Julián Barragán entró acompañado por Alicia y dos agentes.
Valeria quedó blanca.
Iván retrocedió.
—¿Qué significa esto?
Ernesto abrió completamente los ojos.
Y por primera vez desde aquella confesión, su voz salió clara.
—Significa que escuché cada palabra.
Valeria lo miró horrorizada.
—¿Qué?
Mateo apareció detrás de los policías con el teléfono.
Presionó reproducir.
La voz de Valeria llenó la habitación:
—Por fin te vas a morir, Ernesto…
Las piernas de la mujer parecieron perder fuerza.
Iván corrió hacia la puerta.
Un agente lo detuvo.
—Iván Rojas, no salga.
—¡Yo no hice nada!
Julián levantó una carpeta.
—Tenemos transferencias, empresas fantasma y registros bancarios.
Iván miró a Valeria.
—¡Ella planeó todo!
—¡Mentiroso! —gritó Valeria.
La máscara finalmente cayó.
—¡Tú conseguiste las pastillas!
La habitación quedó en silencio.
Iván comprendió demasiado tarde lo que acababa de ocurrir.
—Yo no dije…
Ernesto lo miró.
—Pero ella sí.
Valeria se llevó las manos a la boca.
Los agentes se acercaron.
—Valeria Salgado e Iván Rojas, quedan detenidos mientras se investigan estos hechos.
Valeria comenzó a gritar.
—¡Soy su esposa! ¡Tengo derechos!
Ernesto sostuvo su mirada.
—También eras mi esposa cuando intentaste matarme.
Cuando se la llevaban, ella se volvió.
—¡De todas formas vas a morir!
Ernesto no respondió.
Porque había algo que Valeria todavía no sabía.
Dos días después, un toxicólogo revisó los análisis completos.
Entró acompañado por el cardiólogo.
—Señor Salgado, tenemos noticias.
Ernesto apretó la mano de Alicia.
—Dígame.
—Su corazón está afectado, pero parte del cuadro que interpretamos como deterioro irreversible podría estar relacionado con la intoxicación.
Ernesto parpadeó.
—¿Qué significa?
—Que no podemos mantener el pronóstico inicial de cinco días.
Alicia se levantó.
—¿Puede sobrevivir?
El médico fue prudente.
—No puedo prometerlo. Pero ahora existe una posibilidad real de recuperación si responde al tratamiento.
Ernesto cerró los ojos.
Por primera vez desde que había recibido la sentencia, lloró porque quería vivir.
Semanas después, todavía débil, recibió una visita.
Mateo entró acompañado de Ximena.
La adolescente llevaba una pequeña tarjeta hecha a mano.
—Gracias por ayudarme con mi operación.
Ernesto sonrió.
—Tu hermano hizo bastante más por mí.
Mateo negó.
—Solo hice lo correcto.
—Eso es precisamente lo difícil.
Ximena dejó la tarjeta sobre la mesa.
Ernesto la abrió cuando se marcharon.
Dentro había escrito:
“Gracias por darle una oportunidad a mi corazón.”
Ernesto permaneció largo rato mirando aquellas palabras.
Porque, sin saberlo, Ximena también había descrito lo que Mateo le había dado a él.
Una segunda oportunidad.
Tres meses después, Ernesto regresó a Muebles Salgado caminando con bastón.
Los trabajadores dejaron las máquinas y comenzaron a aplaudir.
Alicia estaba a su lado.
La investigación contra Valeria e Iván seguía avanzando y parte del dinero desviado había sido localizado.
Pero Ernesto ya no pensaba obsesionarse con la venganza.
Había aprendido cuánto podía costar confiar ciegamente.
Y cuánto podía valer una persona que hacía lo correcto sin esperar recompensa.
Cuando llegó a su oficina, encontró una carpeta sobre el escritorio.
Julián lo esperaba.
—Tenemos un problema.
Ernesto se sentó.
—¿Qué ocurrió?
El abogado abrió la carpeta.
—Revisamos el origen de las cápsulas que Valeria te administraba.
—¿Y?
—Iván no las consiguió.
Ernesto frunció el ceño.
—Pero Valeria dijo que sí.
—Mintió.
Julián deslizó una fotografía sobre la mesa.
Era una captura de seguridad de una farmacia privada.
Valeria aparecía recibiendo una bolsa.
Frente a ella había un hombre.
Ernesto reconoció inmediatamente aquel rostro.
Su mano comenzó a temblar.
—No puede ser.
Julián asintió lentamente.
—Llevamos semanas verificándolo.
Ernesto volvió a mirar la fotografía.
El hombre que había entregado las sustancias a su esposa no era Iván.
Era alguien que conocía las cuentas de la empresa.
Alguien que conocía su historial médico.
Alguien que había cenado en su casa durante más de veinte años.
Su socio fundador.
Su mejor amigo.
Rafael Mendoza.
Julián cerró la carpeta.
—Valeria quería tu dinero.
Hizo una pausa.
—Pero parece que Rafael quería algo mucho más grande.
Ernesto levantó la mirada.
—¿Qué?
Julián puso un segundo documento sobre el escritorio.
Era un contrato relacionado con el terreno donde funcionaba la fábrica.
Y al ver la cifra escrita al final de la página, Ernesto comprendió que los 82 millones de pesos nunca habían sido el verdadero motivo.
—Ernesto —dijo Julián—, alguien ofreció seiscientos millones por los terrenos de Muebles Salgado.
El silencio llenó la oficina.
Ernesto miró nuevamente la fotografía de Rafael.

Valeria había querido verlo muerto.
Iván había querido enriquecerse.
Pero el hombre que había ayudado a Ernesto a construir su imperio llevaba años esperando quedarse con aquello que estaba debajo de él.
Y esa guerra apenas comenzaba.