Alejandro miró a Lucía.
Después me miró a mí.
—¿Qué foto?
Sentí que me faltaba aire.
Lucía, todavía débil, señaló inocentemente mi bolso.
—Mami tiene una foto de usted. Está con ella cuando era más joven.
Alejandro dejó lentamente el café sobre la mesa.
—Mariana…
Mi nombre en sus labios me paralizó.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Él se llevó una mano a la sien.
—No lo sé.
Se levantó, inquieto.
—Desde que entraste sentí que te conocía. Tu voz… tu cara…
Entonces entendí que había algo todavía más extraño.
—Alejandro, ¿qué recuerdas del accidente de hace cinco años?
Su expresión cambió.
—¿Cómo sabes del accidente?
No respondí.
Él continuó:
—Tuve un traumatismo grave. Perdí varios meses de recuerdos anteriores al choque. Mi madre dijo que estaba trabajando demasiado, que no había nada importante que necesitara recordar.
Sentí frío.
Beatriz no solo me había dicho que Alejandro había muerto.
También había aprovechado su pérdida de memoria para borrarme de su vida.
Abrí mi teléfono.
Busqué una fotografía que nunca había conseguido eliminar.
Alejandro y yo aparecíamos abrazados frente a la universidad. Él tenía una mano sobre mi vientre.
Se la mostré.
Su rostro perdió el color.
—¿Quién…?
—Tú.
Pasé a otra.
Nuestro pequeño departamento.
Otra.
Una ecografía.
En la esquina aparecía una nota escrita con su letra:
“Nuestra pequeña familia.”
Alejandro tuvo que sentarse.
—No.
—Sí.
—Mi madre dijo que antes del accidente yo no tenía ninguna relación seria.
Solté una risa amarga.
—Tu madre me dijo que estabas muerto.
El silencio fue absoluto.
Alejandro levantó los ojos.
—¿Qué?
—Fui al hospital aquella noche. Ella estaba allí. Me dijo que habías muerto y que yo había provocado el accidente. No me permitió verte. Después llegaron cartas de abogados exigiéndome que desapareciera.
Saqué mi teléfono y encontré fotografías de aquellas cartas que había conservado durante años.
Alejandro leyó una.
Luego otra.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Yo desperté casi tres semanas después —murmuró—. Mi madre dijo que nadie había preguntado por mí.
Cerré los ojos.
Cinco años.
Habíamos vivido cinco años separados porque una mujer había construido dos mentiras perfectamente opuestas.
A mí me hizo creer que Alejandro estaba muerto.
A él le hizo creer que yo jamás había existido.
Entonces Lucía se movió en la cama.
Alejandro volvió la cabeza.
Por primera vez la observó no como médico.
La miró realmente.
Los ojos oscuros.
El pequeño hoyuelo.
La forma de fruncir el ceño.
Después miró la ecografía en mi teléfono.
Hizo la cuenta.
Su respiración cambió.
—Mariana…
Sabía qué pregunta venía.
—¿Quién es el padre de Lucía?
No pude seguir protegiendo una mentira que ya no protegía a nadie.
—Tú.
Alejandro quedó completamente inmóvil.
Lucía nos observó confundida.
Él se levantó, pero tuvo que apoyarse en la silla.
—¿Ella es… mi hija?
—Sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tengo una hija.
No sonó como una pregunta.
Sonó como un hombre descubriendo que le habían robado una vida entera.
Pero antes de que pudiera acercarse a Lucía, levanté una mano.
—No.
Alejandro se detuvo.
—Ella cree que su padre murió. No vas a entrar en su vida esta noche solo porque acabas de descubrir la verdad.
Dolió decirlo.
Pero Lucía no era una fotografía perdida que pudiera devolvérsele.
Era una niña.
—Primero confirmaremos todo legalmente —continué—. Después hablaremos con ella de una manera que pueda entender.
Alejandro asintió.
No discutió.
Y eso fue lo primero que me hizo reconocer al hombre que había amado.
La fiebre de Lucía comenzó a bajar durante la madrugada.
Alejandro consiguió que otro pediatra asumiera su atención para evitar cualquier conflicto y permaneció cerca.
A las seis de la mañana apareció Beatriz Mendoza.
Entró apresurada.
—Alejandro, me dijeron que estabas aquí desde anoche y…
Entonces me vio.
Se detuvo.
No necesitó preguntar quién era.
Su rostro lo confesó todo.
Alejandro se levantó.
—Mamá, ¿conoces a Mariana?
Beatriz tardó demasiado en responder.
—No sé quién es.
Alejandro sacó una de las cartas.
—Entonces explícame por qué un despacho que trabajaba para nuestra familia le envió esto después de mi accidente.
Beatriz palideció.
—Alejandro, estás confundido.
—¿Le dijiste que yo había muerto?
Silencio.
—¿Me dijiste que ella nunca vino al hospital?
Beatriz miró hacia Lucía.
Y cometió el error definitivo.
—Esa niña nunca debió formar parte de tu vida.
Alejandro dejó de respirar por un segundo.
Yo también.
Porque nadie le había dicho todavía que Lucía era su hija.
—¿Cómo sabes quién es ella? —preguntó Alejandro.
Beatriz comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.
—Yo…
—¿Sabías que tenía una hija?
Su voz se quebró.
Beatriz intentó acercarse.
—Todo lo hice para protegerte.
Alejandro retrocedió.
—Me robaste cinco años.
—¡Eras joven! Ibas a destruir tu carrera por una muchacha sin futuro.
Alejandro señaló la cama.
—Esa “muchacha” crió sola a mi hija porque tú la hiciste asistir a mi funeral sin siquiera haber un cadáver.
Beatriz comenzó a llorar.
Pero esta vez nadie corrió a consolarla.
Alejandro se volvió hacia mí.
—No puedo devolverte esos años.
Miró después a Lucía.
—Ni a ella.
Su voz bajó.
—Pero si me permites conocerla, no pienso perder voluntariamente ni un día más.
Lucía abrió los ojos lentamente.
—Mami…
Me acerqué.
—Aquí estoy.
Miró a Alejandro.
—¿El doctor está llorando?
Me temblaron los labios.
—Sí, cariño.
—¿Por qué?
Alejandro me miró, esperando mi permiso.
Por primera vez desde que nos reencontramos, no intentó decidir por mí.
Tomé la mano de mi hija.
—Porque acaba de descubrir que aquella foto que viste cuenta una historia muy importante.
Lucía frunció el ceño.
—¿La de mi papá?

Alejandro cerró los ojos.
Y mientras las lágrimas finalmente recorrían su rostro, comprendí que la verdad no podía devolvernos los cinco años perdidos.
Pero sí podía impedir que Beatriz nos robara el sexto.