PARTE 2: CIEN DÍAS TARDE

Siete días después, Nora aterrizó en Viena.

No dejó dirección.

No pidió explicaciones.

Solo recuperó algo que había abandonado años atrás por Julian: su carrera como bailarina.

Un antiguo maestro le había ofrecido dirigir un programa internacional de danza. La lesión ya no le permitía vivir sobre el escenario como antes, pero sí podía enseñar.

Mientras Nora reconstruía su vida, Julian comenzó sus cien días convencido de que todo seguía bajo control.

Hasta que llegó el día treinta.

Su abuelo salió del hospital y preguntó:

—¿Dónde está Nora?

Julian evitó responder.

Entonces el anciano vio el broche de zafiro sobre Evelyn.

—¿Quién te autorizó a usar eso?

Evelyn palideció.

—Julian dijo…

—Ese broche se lo entregué a Nora.

El abuelo miró a su nieto.

—Tráela.

—Está viajando.

—¿Dónde?

Julian abrió la boca.

No lo sabía.

Por primera vez sintió miedo.

Llamó.

Número cancelado.

Fue a su antiguo apartamento.

Vacío.

Buscó en su estudio de danza.

Nora había renunciado.

Entonces recordó el calendario.

Quedaban sesenta y nueve días.

“Volver a casarme con Julian Foster.”

Todavía creyó que regresaría.

Hasta que Evelyn dejó accidentalmente unos documentos sobre su escritorio.

Julian leyó la primera página.

El compromiso de cien días nunca había sido necesario para proteger la salud de su abuelo.

Era un acuerdo empresarial.

Y Evelyn había convencido a varios miembros de ambas familias de utilizar la operación del anciano para presionarlo.

—¿Tú sabías que Nora se iría? —preguntó.

Evelyn guardó silencio.

Eso bastó.

Julian canceló públicamente el compromiso.

Pero Nora no regresó.

El día cien llegó.

A las dos de la tarde, Julian estaba frente al Registro Civil.

Llevaba el mismo anillo con el que se había casado con ella cuatro años atrás.

2:05.

2:20.

3:00.

Nora nunca apareció.

Entonces recibió una notificación.

No provenía de ella.

Era una noticia internacional.

Abrió el enlace.

En la fotografía aparecía Nora en Viena, sonriendo junto al nuevo director artístico del programa que acababa de presentar.

Julian apenas reconoció aquella sonrisa.

Hacía años que ella no sonreía así a su lado.

Debajo había una entrevista.

Una sola frase lo dejó inmóvil:

“A veces perder el futuro que habías planeado es la única forma de recuperar tu propia vida.”

Julian miró el recordatorio todavía abierto.

Volver a casarme con Nora.

Por primera vez comprendió su error.

Había contado cien días pensando únicamente en cuándo recuperaría a su esposa.

Nunca se preguntó cuántos días necesitaba ella para descubrir que era más feliz sin él.

El teléfono vibró.

Era el abuelo.

—¿Volvió Nora?

Julian observó las puertas vacías del Registro Civil.

—No.

—Entonces ve por ella.

Julian cerró los ojos.

—No puedo.

—¿Por qué?

Miró la fotografía de Nora en Viena.

Y finalmente dijo la verdad:

—Porque marqué el día en que volveríamos a casarnos…

Su voz se quebró.

—pero olvidé preguntarle si todavía quería casarse conmigo.

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