PARTE 2: CAMBIÉ AL NOVIO

—Retira la denuncia —dijo Gabriel en el pasillo de la comisaría—. Ivy ya despidió al conductor. ¿Qué más quieres?

Lo miré durante varios segundos.

—¿Sabías lo que hizo?

—Fue una estupidez.

—Estoy embarazada de seis meses.

—Precisamente por eso deberías dejar de buscar problemas.

Ahí terminó todo.

No nuestra discusión.

Nuestro compromiso.

Mi madre llegó veinte minutos después acompañada por mi hermano mayor, Adrián Ning.

Gabriel palideció al verlo.

Durante años había despreciado a mi familia porque vivíamos lejos de la ciudad y nunca hablábamos de dinero. No sabía que Adrián dirigía la empresa familiar que mi padre había construido discretamente durante décadas.

Mi hermano no amenazó a nadie.

Solo me preguntó:

—¿Quieres volver a casa?

—Sí.

—Entonces vámonos.

Gabriel intentó detenerme.

—Nadia, tenemos una boda pendiente.

Me quité el anillo.

Lo dejé en su mano.

—Tú tienes una boda pendiente. Yo ya no.

Aquella noche fui examinada de nuevo por médicos.

Mi bebé seguía conmigo.

Después hablé durante horas con la especialista que había contactado.

No permití que Gabriel, Ivy ni los rumores del pueblo decidieran qué debía hacer con mi embarazo.

La decisión sería mía, tomada con información médica y sin amenazas.

Y decidí continuar.

No porque quisiera conservar un vínculo con Gabriel.

Porque cuando eliminé de la ecuación el miedo, la vergüenza y su apellido, comprendí que seguía queriendo a mi hijo.

Lo que no quería era al hombre que pretendía utilizarlo para mantenerme obediente.

Dos semanas después, la familia Quinn recibió la devolución formal de los regalos de compromiso.

Gabriel apareció furioso en casa de mis padres.

—¡Estás haciendo el ridículo!

Mi padre abrió la puerta.

—Mi hija no quiere casarse contigo.

—Está embarazada de mi hijo.

—Eso puede convertirte en padre —respondió mi madre desde detrás—. No en propietario de Nadia.

Gabriel exigió verme.

Acepté.

Pero no estuvimos solos.

Mi abogado estaba presente.

También mi hermano.

—¿Qué significa esto? —preguntó Gabriel.

—Que cualquier asunto relacionado con el bebé se resolverá correctamente cuando corresponda.

—¿Y nuestra boda?

—Cancelada.

Se rio.

—Nadie va a casarse contigo ahora.

Aquella frase ya no me dolió.

—Entonces será un problema bastante pequeño.

Su sonrisa desapareció.

Fue entonces cuando mi hermano dejó una carpeta sobre la mesa.

Gabriel la reconoció.

Su empresa llevaba meses intentando conseguir un contrato logístico con Ning Holdings.

Adrián abrió la carpeta.

—Antes de que empieces a imaginar cosas, Nadia no ha pedido que cancelemos ningún acuerdo por vuestra relación.

Gabriel pareció respirar.

—La evaluación comercial seguirá independiente —continuó mi hermano—. Pero después de lo ocurrido, cualquier contacto personal con mi hermana termina aquí.

Eso fue peor para Gabriel.

No podía decir que yo había utilizado a mi familia para destruirlo.

Simplemente ya no podía utilizarme.

Ivy me escribió aquella noche.

¿De verdad vas a criar sola al bebé solo para castigar a Gaby?

La bloqueé.

La investigación sobre el conductor siguió su propio curso. Entregué mi declaración y dejé que las autoridades determinaran responsabilidades.

No perseguí a Ivy.

Tenía cosas más importantes que hacer.

Como respirar.

Dormir.

Preparar una habitación para mi hijo.

Y volver a reconocer a la mujer que existía antes de Gabriel Quinn.

Tres meses después, regresé a la boutique.

La misma empleada me reconoció.

—Señorita Nadia.

Miró mi vientre.

Después bajó la voz.

—Tengo que preguntarle algo. El traje que encargó…

Sonreí.

—¿Está terminado?

—Sí. Pero las medidas son completamente diferentes a las del señor Quinn.

—Lo sé.

Me condujo hasta el probador.

Allí estaba.

Un traje azul oscuro, pequeño.

Ridículamente pequeño.

Talla infantil.

La mujer me miró confundida.

—¿El novio es un niño?

Me reí por primera vez en meses.

—No hay novio.

Pasé los dedos sobre la chaqueta diminuta.

—Es para mi hijo.

Había encargado aquel traje cuando salí de la comisaría.

No para una boda.

Para una fotografía.

La fotografía que pensaba enviar a mis padres cuando naciera el bebé, como agradecimiento por haberme recibido sin preguntarme qué diría la gente.

Mi hijo nació sano semanas después.

Lo llamé Nicolás Ning.

Gabriel conoció a su hijo más adelante bajo acuerdos claros y sin utilizarlo como camino de regreso hacia mí.

Nunca le impedí ser padre por haber fracasado como prometido.

Pero tampoco permití que confundiera una cosa con la otra.

Ivy finalmente celebró su boda.

No fue una boda de cuatro personas.

Gabriel no estaba junto a ella vestido de novio.

Y yo tampoco estaba esperando una fecha.

Meses después llevé a Nicolás a la boutique.

La empleada le puso aquel pequeño traje azul.

Mi madre sostuvo al bebé mientras el fotógrafo preparaba la cámara.

—¿Todo esto era por el traje? —preguntó.

Negué.

—No.

Miré a mi hijo.

—Era para recordarme algo.

Durante meses Gabriel creyó que mi embarazo garantizaba que yo aceptaría cualquier fecha, cualquier humillación y cualquier condición con tal de conseguir que él se pusiera el traje de novio.

Se equivocó.

No necesitaba cambiar de hombre para escapar de una mala boda.

Solo necesitaba comprender que podía cancelar la boda por completo.

Así que cambié las medidas del traje.

Y cuando finalmente llegó el día de usarlo, no lo llevaba ningún hombre que hubiera tenido que ser convencido de elegirme.

Lo llevaba mi hijo.

La única persona por la que aquella historia realmente merecía empezar de nuevo.

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